jueves, 6 de diciembre de 2012

Laberintos de Mogor (Marín)

El laberinto de Mogor

En la parroquia de San Xurxo de Mogor, perteneciente al concello de Marín, se encuentra una de las estaciones arqueológicas más conocidas de Galicia.


Situada en una colina al NE de la playa de Mogor, al lado de la Barriada de Pescadores, estaba formada originalmente  por seis grupos de grabados rupestres. 

El primero de ellos, en el lugar de As Fontiñas, es el conocido como Pedra dos Mouros.


Sobre una roca de granito de grano fino y un superficie de 10X8 m, encontramos en su mitad S veintiséis combinaciones circulares con cazoleta central unidas por trazos largos, dos combinaciones pseudolaberínticas, cuatro círculos sencillos y un cérvido apenas perceptible debido al gran desgaste que presenta.


A un par de metros al NE del anterior se encuentra el segundo grupo sobre una roca plana a ras de suelo, en la que aparece una combinación de círculos concéntricos unida a otras figuras atípicas. En el tercer grupo, en una roca a ras de suelo, vemos una pequeña combinación circular con un trazo recto que parte de su centro. 

A unos 30 m al O del anterior está el cuarto grupo: la famosa Pedra do Labrinto


Se halla sobre una roca de forma alargada en sentido N-S, de 5 m X 1,5 m, en cuya cara E aparecen los grabados del mencionado laberinto, del tipo de cruz en la entrada, varias combinaciones circulares con cazoleta en el centro, círculos sencillos y otros trazos atípicos.


El quinto grupo se conoce como Os Campiños y se localiza a 15 m al N de la Pedra do Labrinto, sobre una roca granítica plana, inclinada hacia el SO. En ella se representa un laberinto semejante al anterior pero más borroso debido al desgaste. La roca está actualmente cortada, afectando ligeramente a la parte superior del laberinto.


Los grupos seis y siete han desaparecido. El grupo seis fue destruido cuando se construyó la carretera costera de Mogor a Aguete y al parecer tenía grabada la figura de un ciervo. El grupo siete estaba en el lugar de Teixugueira, donde actualmente está la Barriada de Pescadores. Era una roca plana con los grabados de cinco cuadrúpedos, combinaciones circulares, círculos sencillos y cazoletas. En el Museo de Pontevedra se conserva un dibujo de este grupo, realizado en 1907 por E. Campo.

En la actualidad en Galicia sólo se conservan seis laberintos todos ellos, excepto uno, en la costa S de la provincia de Pontevedra: Mogor y Os Campiños (Marín), Chán do Rei (Marzán, O Rosal), Pena Escrita (Burgueira, Oia), Outeiro do Cribo (Armenteira) y Pé de Mula (Sabaxans, Mondariz).

Antigüedad de los laberintos

La datación de la antigüedad de las distintas representaciones del laberinto es un aspecto sumamente controvertido y para el que no existe consenso. Su cronología va desde la Antigua Edad del Bronce en el Oriente Próximo, hasta épocas relativamente recientes en América del Norte.

La imagen mitológica del laberinto aparece en Europa de la mano de las más antiguas culturas mediterráneas y atlántico-occidentales, las cuales estaban conectadas en  el denominado Circuito Atlántico del Bronce, en la ruta del estaño. 


Los petroglifos de las rías de Vigo y Pontevedra pueden considerarse como unas de las muestras más antiguas de representaciones de laberintos del segundo milenio a.C. De todos modos, no resulta posible establecer de manera precisa su cronología debido a la falta de dataciones científicas.



Según Peña Santos y otros autores, los laberintos del tipo Mogor ó mediterráneo, al  igual que otros motivos como las esvásticas y las paletas, experimentaron una difusión desde su origen exterior y fueron asimilados por el grupo de arte rupestre gallego a finales de la Edad del Bronce. Sin embargo, actualmente se está replanteando la situación y varios autores postulan que el Grupo Galaico de arte rupestre se debe a alguna/s de las comunidades humanas asentadas en nuestro territorio durante la transición entre el III y el II milenio a.C. y rechazan los criterios difusionistas que tomaban como referencia figuras semejantes procedentes de contextos diversos y de cronologías dudosas.

En Europa sólo compiten en antigüedad los más de 30 laberintos de las Islas Soloverskie, que pueden ser del segundo o incluso el tercer milenio a.C y que probablemente fueron realizados por los antiguos pobladores lapones de estas islas. En Asia los más antiguos conocidos son los laberintos de Goa a orillas del río Painsamol, sobre los que existe gran controversia en lo que se refiere a su datación y que algunos autores piensan que puede ser de unos 4500 años (Kraft, 2005).

Otros petroglifos conocidos son los laberintos de Tintagel en Cornualles o el de Hollywood (Irlanda), pero el carácter prehistórico de este último es muy dudoso y probablemente sea del 500 d.C.

Una de las representaciones más antiguas del laberinto es la aparecida en una tablilla de arcilla inscrita hallada en el palacio micénico de Pilos, en el S de Grecia y que pudiera ser del 1250 a.C, época en la que Herodoto dice que tuvo lugar la guerra de Troya. 


De época posterior es la jarra de vino etrusca hallada en Tragliatella (Italia) de finales del siglo VII a.C en la que aparece un laberinto, jinetes y la palabra TRVIA (Troya). 


También se han hallado frescos minoicos en Avaris (Egipto) del 1550 a.C, que hacen referencia a la historia del Minotauro y el laberinto.

En Val Camonica se han encontrado petroglifos de laberintos, algunos de ellos rodeados de figuras de guerreros, que se suelen datar en la Edad de Hierro (750-500 a. C). 



Las representaciones de laberintos se extienden por varios lugares del área mediterránea: Gordion (Turquía), dos  laberintos datados en el 750 a.C; Taouz (Marruecos) datados en el 500 a.C;  Delos (Grecia), Egipto y Jordania, la mayor parte de ellos correspondientes al siglo IV a.C y de clara influencia romana y griega; del siglo III a.C. son las monedas decoradas con laberintos encontradas en Cnossos (Creta), acuñadas mucho tiempo después de la última destrucción y abandono del palacio de Cnossos (1380 a.C). Más recientes son los laberintos de las pinturas de los indios Hopi  y Pima de Arizona y Nuevo Méjico, del año 1200 de nuestra era.



El laberinto en Egipto


Algunas de las más antiguas representaciones de laberintos las hallamos en el palacio de Avaris y corresponden al reinado del faraón hicso Apofis I o Apepsis.

Los hicsos (“gobernantes extranjeros”) eran oriundos de Canaán (las actuales Palestina y Siria) e invadieron el Bajo Egipto a mediados del siglo XVII a. C aprovechando la crisis interna que vivía Egipto y gracias a la ventaja militar que le brindaban sus armas de bronce. Fundaron las dinastías XV y XVI e introdujeron en Egipto el caballo y el carro de guerra. Los hicsos eran grandes comerciantes y tenían contactos con Cnosos, Bagdad y el S de la Península Ibérica, como lo demuestra la jarra de alabastro encontrada en Almuñécar (Granada) con la inscripción del nombre de Apofis I.

Apofis I o Apepsis fue el quinto faraón hicso de la XV dinastía que gobernó Egipto de 1574 a 1534 a.C. Fijó la capital del reino en Avaris, la cual llegó a convertirse en la principal ciudad de Oriente Próximo. Contaba con una ciudadela fortificada y a su puerto arribaban los barcos los aqueos griegos y cretenses, como queda reflejado en las pinturas minoicas de Avaris de finales del imperio hicso y comienzos del Imperio Nuevo. Se trata de unas serie de murales en los que aparecen representados paisajes cretenses, acróbatas saltando y laberintos. 

En Avaris se rendía culto a Set, dios de la la violencia y la guerra, que cada día robaba el sol y traía la oscuridad. La cosmogonía egipcia asumía la preexistencia de la materia y la formación del universo a partir de elementos que se hallaban en el caos. Tan pronto surgió el universo comenzó la lucha entre Osiris, dios del bien, y Set, dios del mal. El laberinto era fundamental en el sistema de creencias egipcio, al tratarse del lugar que protegía el cuerpo de Osiris de sus enemigos e incluso de la muerte ya que resucitó, por lo que se trata del primer culto conocido que creía en la inmortalidad del alma humana, una idea que arraigó profundamente en Egipto y se difundió por el mundo antiguo. Esta creencia se basaba por una parte en la existencia de una vida subterránea asociada a la conservación del cuerpo y, por otra parte, en la supervivencia del espíritu en el reino de los dioses.

Tanto la cultura egipcia como la mesopotámica ejercieron una gran influencia sobre la griega a través de las importantes relaciones comerciales que se mantuvieron durante el segundo milenio y que pudieron ser el vehículo mediante el cual se transmitieron aportaciones culturales, costumbres, ritos e ideas religiosas. Esta influencia de Egipto sobre Grecia la podemos encontrar en Herodoto, que visitó el laberíntico complejo arquitectónico del faraón Amenemhet III (que reinó entre 1824 y 1797 a.C), anterior a la construcción del palacio de Cnossos (1700-1660 a.C). Este templo-palacio con sus más de tres mil cámaras, era considerado el mayor laberinto del mundo y se hallaba junto al lago Moeris o lago de Osiris. Herodoto lo describe así:

“...reinando, pues, con tal unión, acordaron dejar un monumento en nombre común de todos, y con este objeto construyeron el laberinto, algo más allá de la laguna Meris, hacia la ciudad llamada de los Cocodrilos. Quise verlo por mí mismo, y me pareció mayor aún de lo que suele decirse y encarecerse. Me atreveré a decir que cualquiera que recorriese las fortalezas, muros y otras fábricas de los griegos, que hacen alarde de su grandeza, ninguna hallará entre todas que no sea menor e inferior en costa y en trabajo a dicho laberinto". 

El laberinto y el Minotauro

Sin duda la referencia más conocida al laberinto es la leyenda griega del rey cretense Minos, de cuyo palacio construido dos mil años a.C. aún se conservan sus restos.


La cultura minoica dominó Creta a partir del 1900 a.C. y a ella se deben los palacios de Cnossos, Festos, Malia y Zacro. Existen serias dudas sobre la existencia real del laberinto de Creta. Se creía que podía ser el palacio de Cnossos, pero en ninguna de las excavaciones realizadas se ha encontrado el menor resto del mismo. También se ha planteado la posibilidad de que el laberinto cretense estuviera en la cueva de Gortyna, situada al pié del monte Ida, ya que las cuevas tenían gran importancia en los mitos de la Grecia Clásica.

Por lo que se refiere al mito del Minotaruro, cuenta Ovidio que Poseidón, dios de los océanos, regaló un toro blanco al rey Minos de Creta para que se lo ofreciera en sacrificio, pero Minos en vez de sacrificarlo se lo llevó a su palacio de Cnossos. Para castigarlo Poseidón hizo que Pasifae, mujer de Minos, se enamorara del toro blanco y fruto de su relación nació un monstruoso ser de cuerpo de hombre y cabeza de toro. Para esconder su vergüenza y encerrar al Minotauro, Minos encargó la construcción de un laberinto a Dédalo, padre de Ícaro. Para los griegos Dédalo personificaba el ideal del constructor, la destreza artesana, la habilidad manual, así como la invención del hacha y de otros muchos utensilios y herramientas.

Cada año Atenas estaba obligada a pagar un tributo al rey Minos de Creta, consistente en siete doncellas y siete jóvenes varones que eran arrojados al laberinto para que el Minotauro los devorara. Pero cuando los atenienses iban a realizar el tercer envío de muchachos griegos, un joven llamado Teseo, hijo de Egeo rey de Atenas, pidió a su padre que le dejara ir a Creta con ellos para intentar matar al Minotauro.


Al poco de arribar Teseo a las costas cretenses, Ariadna, la hija del rey Minos, se enamoró de él y le propuso ayudarle a matar al Minotauro con la condición de que se casara con ella y la llevara a Atenas. Ariadna le dió a Teseo un ovillo de hilo para que lo fuera desenrollando a medida que se adentraba en el laberinto y así poder encontrar el camino de salida. 
Teseo logró matar al Minotauro y embarcó de vuelta a Atenas después de destruir la flota cretense para que no pudieran ir en su busca. Con él iban los jóvenes atenienses a los que había rescatado y Ariadna, a la que abandonó en la isla de Naxos.

Plutarco nos narra una versión distinta sobre este mito, según la cual el rey Minos celebraba unos juegos gimnásticos en memoria de su hijo Androgeo. A los vencedores se les entregaban como premio los jóvenes atenienses que estaban confinados en la prisión del Laberinto. El ganador era siempre el general Tauro y los jóvenes envejecían trabajando como esclavos en Creta. Pero cuando llegó el momento de realizar el pago del tercer tributo, los padres atenienses se quejaron a Egeo, rey del Ática, y su hijo Teseo se ofreció voluntario para liberar a sus compatriotas. Como a oídos de Minos había llegado el rumor de que Tauro mantenía relaciones con Pasífae, permitió a Teseo participar en el campeonato y éste venció a todos sus oponentes ante la mirada de Ariadna. Satisfecho Minos por la victoria de Teseo le permitió volver a Atenas con los jóvenes y perdonó el tributo a la ciudad.

Teseo es un héroe de simbología solar que tras el rapto de Helena fué hecho prisionero por Plutón, dios de la muerte, y llevado al inframundo de donde lo rescató Hércules. En todas las mitologías indoeuropeas se representa la lucha entre la luz y la oscuridad, cuando llegado el crepúsculo el sol desaparece y es hecho prisionero por la noche. Esta lucha continua constituye para muchas culturas una cosmogonía sobre los orígenes del mundo: la permanente pugna entre el día y la noche, el bien y el mal, la vida y la muerte. 


A menudo la luz es representada como una mujer de cabellos rubios, que simbolizan los rayos del sol, que es capturada y llevada al reino de la  oscuridad de donde será rescatada por un héroe que se enfrentará a los señores de la noche. Con su liberación surgen los primeros rayos del amanecer que escapan de su cautiverio. En la mitología griega existe una diosa de la madrugada llamada Eos, que en sánscrito védico es conocida como Ushas. Eos es también conocida como la que trae la luz a los mortalesla hija de la mañana la de rosados dedos.
          
El significado del laberinto


El diseño clásico del laberinto viene dado por  una serie de siete vías concéntricas conectadas entre si y situadas alrededor de un objetivo central: un único camino que conduce desde la entrada al centro sin posibilidad de extravío o desvío. 



A diferencia de otras representaciones, el laberinto no posee un significado evidente y su complejidad requiere de una explicación por parte de una persona iniciada que conozca su simbolismo y lo transmita. El conocimiento de su significado y de los ritos asociados era patrimonio de chamanes o sacerdotes, lo que evidentemente les otorgaría el estatus más elevado dentro de la comunidad. Además, los gobernantes utilizarían estos ritos como una muestra de su poder y como una forma de demostrar su propia legitimación por parte de entidades superiores.
Existe abundante literatura sobre los laberintos y su difusión por Europa, así como la presencia de figuras similares en América y Asia. Por lo tanto se trata de la representación simbólica de un arquetipo que forma parte del inconsciente colectivo y que no se refiere a ningún hecho material concreto, sino que se incluye dentro de las nociones culturales fundamentales de todos los seres humanos, como las referidas a la vida y la muerte, lo que explica su presencia en diversos lugares del planeta y en distintas zonas geográfica, épocas y contextos culturales. 

La representación del laberinto implica por una parte la existencia de un sistema de creencias basado en un alto nivel de abstracción y a la vez una necesidad de exteriorizarlo en una imagen concreta, que carece de explicación racional debido a su carácter misterioso, por lo que su interpretación sólo puede ser alcanzada a través de una experiencia de índole personal y de carácter místico/religioso.

Por lo tanto el laberinto es un símbolo concreto de un proceso iniciático que bien pudiera relacionarse con un ritual funerario vinculado al ciclo continuo de vida, muerte y renacer. El laberinto podría estar mostrando el tránsito desde el nacimiento y el posterior paso por las distintas etapas de la vida hasta alcanzar la muerte, tras la cual comienza un nuevo viaje vinculado a la regeneración.

Otra posibilidad es la que se plantea como explicación para los laberintos aparecidos en la India, datado en tiempos históricos y vinculados a ritos budistas o hinduístas. En estos casos, el laberinto representaría un proceso de iniciación entendido desde un punto de vista introspectivo que nos lleva a alcanzar nuestro yo inconsciente, nuestra parte oculta y desconocida que se encontraría en el centro del laberinto. Se trata por lo tanto de un proceso de autoconocimiento personal que surge de la meditación y tras el cual el iniciado alcanza un estado de mayor comprensión de su propia realidad y de su posición en el mundo. 

Otras teorías vinculan las representaciones de laberintos europeas con dibujos de coreografías de danzas rituales, como la de la "perdiz": una danza erótica en honor a la diosa Luna que aparece representada en una jarra de vino etrusca hallada en Tagliatellla. Este tipo de danzas laberínticas en las que los jóvenes giraban hacia un centro para alejarse después, descenderían del antiguo baile del Géranos, una danza ritual que se bailaba en Creta y Delos hace más de 3000 años y que recibía su nombre por su semejanza con el vuelo de las grullas. En la Ilíada se dice que fue el baile que  realizaron Teseo y sus acompañantes en la isla de Naxos, tras haber vencido al Minotauro y escapado del laberinto.

Una última interpretación del significado del laberinto la aporta Frank Waters en su estudio de los indios Hopi (Book of the Hopi). Para el pueblo Hopi el laberinto es una representación de los caminos del espíritu que parten del centro y terminan en cuatro puntos muertos. El laberinto representa a la diosa madre, siendo la parte exterior del laberinto el brazo de la diosa y la parte interior su matriz con el feto dentro. La comprensión de este símbolo tiene un carácter iniciático que permite el renacimiento a una esfera superior de conocimiento.