domingo, 7 de abril de 2013

Monte Galiñeiro y petroglifos de Auga da Laxe


El Monte Galiñeiro se encuentra en la parte N de la sierra del Galiñeiro, en la parroquia de Vincios del concello de Gondomar, justo en el límite con los concellos de Vigo y O Porriño. 

Cumbre del Galiñeiro


Se trata de una masa rocosa, sin apenas vegetación, que domina toda la comarca. 


Desde la cumbre se contemplan las rías de Vigo, Baiona, Pontevedra y Arousa; el valle del Fragoso; el valle del Miñor; Mos, Porriño y Ponteareas. 



A sus pies se encuentra el embalse del río Zamáns, que recoge el agua procedente de los regatos que bajan por la ladera occidental del Monte Galiñeiro y luego sigue su curso hacia Vilaza hasta llegar a Gondomar, donde se une a otros afluentes que vienen de Morgadáns para formar el río Miñor.

Embalse de Zamáns desde la cumbre del Galiñeiro

La sierra del Galiñeiro se extiende en dirección N-S a lo largo de unos 8 km, desde Zamáns en el S de Vigo, hasta el Monte Aloia en el NO de Tui. Sus principales cumbres son los montes Galiñeiro (705 m) y Aloia o San Xulián (631 m). La sierra se localiza en la parte S de la Depresión Meridiana, una fosa tectónica profunda y estrecha de unos 140 km de largo que atraviesa Galicia de N a S, desde Carballo hasta Tui. Al N de la sierra se encuentra el Valle del Fragoso y la Ría de Vigo; al E el Valle del Louro, afluente del Miño en cuyo curso se encuentra el importante enclave natural, ornitológico y arqueológico de las Gándaras de Budiño; al S está el río Miño que marca la frontera con Portugal; al O el Valle del Miñor.

La Sierra do Galiñeiro se originó a finales de la era Terciaria como una consecuencia de los hundimientos y levantamientos producidos por la Orogénesis Alpina. El material predominante es el gneis formado durante la Orogénesis Herciniana, en la era Primaria. La sierra es rica en diversos minerales entre los que podemos destacar el feldespato, cuarzo, moscovita, wolframita, pirita, berilo, fosfatos radiactivos (torbernita y autunita), turmalina, microclina, arsenopirita, hornblenda, vivianita, petchblenda, lazulita, escorodita, cacoxeno, ghanita, almandino y riebeckita.

En toda la sierra existen numerosas cuevas graníticas formadas durante el Cuaternario o finales del Terciario y sometidas al modelado periglaciar durante el período Würm, que comenzó hace unos ochenta mil años y terminó hace unos diez mil. Para las personas interesadas en la espeleología recomiendo el libro As Covas de Vincios, editado por la Comunidade de Montes Veciñais en Man Común de Vincios, donde se describen veinte de estas cuevas. Destaca especialmente la cueva de A Trapa, considerada la segunda cueva más grande de Europa.
(http://elpais.com/diario/2011/04/21/galicia/1303381102_850215.html).

El topónimo “Galiñeiro” deriva de la misma raíz indoeuropea que encontramos en “Galicia”. En las lenguas indoeuropeas prelatinas aparece frecuentemente el fonema velar sordo [k] en posición inicial, así como la repetición del fonema líquido [l] intervocálico. En estas lenguas indoeuropeas también encontramos constantemente el sufijo –aik (ía), -aik-o- (en su traducción griega) o aec, aic-o- (en su traducción latina), que aparece frecuentemente en las denominaciones que helenos y romanos daban al NO de la Península Ibérica (Kallaikía, Kallaikós, Callaecia, Callaicus..).

De acuerdo con lo planteado por Carlos Búa (Dialectos indoeuropeos na franxa occidental hispánica) el nombre de Galicia procede del indoeuropeo  kal-n-e (montaña)  y por lo tanto los Callaici eran “los montañeses” y Callaecia “la tierra montañosa”. Esta interpretación explica a la perfección el nombre que reciben tres sierras del SO de Galicia que se alinean en dirección N-S: Serra do Galleiro (Pazos de Borbén, Mos y Ponteareas), Serra do Galiñeiro (Gondomar) y Serra do Argallo (Baixo Miño). Como vemos en las tres aparece la raíz “gal” que identifica el carácter montañoso de estas zonas. 

Esta denominación concuerda con la presencia romana en tierras gallegas, ya que existieron varias explotaciones auríferas en zonas cercanas de la cuenca del Miño (Tui, Goián y O Rosal). 

En la cumbre del Galiñeiro se conservan los restos de lo pudieran ser los restos de alguna fortaleza medieval.


La Sierra del Galiñeiro se halla sometida a una permanente agresión humana en forma de incendios, canteras y pistas forestales. El último episodio de esta larga serie de amenazas es el proyecto de construcción de un parque eólico, proyecto que cuenta con la oposición de los vecinos de la zona y de diversas organizaciones ecologistas, culturales y políticas.

Megalitismo

Como sucede con el resto de planaltos de la Ría de Vigo, las penillanuras de la Sierra del Galiñeiro destacan por su riqueza arqueológica y por la abundancia de restos megalíticos. Así, al NE de la sierra encontramos el lugar denominado Virxe das Neves, con presencia de túmulos y un castro; al NO está la zona de Auga da Laxe y Seixiños Brancos, con al menos cuatro mámoas; al S se localiza la necrópolis de Chan de Prado.

En la penillanura de A Chan de Prado existían nueve túmulos de los que en la actualidad sólo se conservan siete, uno de ellos semidestruido por una máquina excavadora. El más importante es el estudiado por Abad Gallego (1995). Se trata de una mámoa de 17 m de diámetro por 1,30 m de altura, con un anillo perimetral y otro exterior. Para la construcción del túmulo se emplearon aportes de tierra de al menos dos tipos diferentes. Presenta una pequeña cámara poligonal simple que conserva cuatro ortostatos “in situ”, en la que se halló un microlito de sílex y varios fragmentos de cerámica campaniforme. La datación radiocarbónica dio un resultado sorprendente: 6575 a.C. Dicha datación se realizó a través de muestras de carbón encontradas en el interior del túmulo, por lo que esta estimación no es tenida en cuenta ya que esos restos no tendrían por qué corresponderse con la fecha de construcción y utilización del túmulo y podrían ser parte del sustrato preexistente en el suelo, lo que explicaría una cronología atípica para el megalitismo gallego.

Otro  campo de mámoas es el del Monte dos Arruidos, localizado en un planalto al pié del Monte Galiñeiro, a 460 m de altitud sobre el nivel del mar. 

Monte dos Arruidos

En esta penillanura abundan los batolitos graníticos de gran tamaño y por ella cruza el camino que une la cumbre con el valle de Vincios. 

Penillanura desde el Galiñeiro (Vincios y Baiona al fondo)

Se trata de una zona muy húmeda que recoge el agua que baja del monte y en la que se forman charcas durante las temporadas de lluvias.


El campo de mámoas de Monte Arruidos se compone de al menos tres túmulos.

La mámoa I tiene unos 20 m de diámetro por 1 m de altura, conserva cuatro ortostatos que pudieran ser parte del corredor y su estado de conservación es malo, apreciándose claramente el cono de violación. Se trata de un dolmen de corredor que podría datar del IV o mediados del III milenio a.C. 


La mámoa II es una cista de la que se conservan tres ortostatos y está a unos 30 m al SO de la anterior. Su diámetro es de aproximadamente 15 m y su altura es de algo más 0,5 m. 



La mámoa III es otro enterramiento en cista que se localiza a unos 10 m hacia el SO de la anterior. El túmulo mide unos 14 m de diámetro, tiene 0,5 m de altura y conserva algunas piedras que formaban parte de la coraza, apreciándose claramente el cono de violación.

 


Las mámoas II y III debido a su escaso tamaño y a lo simple de su estructura, pudieran corresponder a un megalitismo tardío, quizás del Calcolítico o incluso posterior (III-II milenio a.C). Este tipo de enterramientos individuales es característico de un momento en el que la sociedad estaba más jerarquizada y en la que sólo los personajes más importantes eran enterrados en este tipo de construcciones.

Petroglifos de Auga da Laxe

En la ladera occidental del Monte Galiñeiro, muy cerca del campo de mámoas del Monte dos Arruidos, se localizan los petroglifos de Auga da Laxe, descubiertos en 1983 por miembros del Departamento de Prehistoria y Arqueología del Museo Municipal Quiñones de León de Vigo.

Se trata de cuatro estaciones rupestres de las que destaca el grupo I, situado en un gran batolito granítico con unas piletas naturales en su parte superior. 



La cara SE de esta roca presenta una superficie inclinada de 10,30 X 4,60 m sobre la que aparecen grabadas veintiséis armas: once puñales o espadas cortas, una espada grande, seis alabardas enmangadas y ocho escudos. 



En los otros grupos podemos encontrar más alabardas, puñales, un escutiforme, círculos y cazoletas. 


Estos petroglifos estuvieron en serio peligro de destrucción debido a las obras de prospección de una cantera, cuyas huellas pueden apreciarse en la roca de uno de los grupos (Faro de Vigo 26.01.2002).

Las representaciones de armas en los petroglifos de Galicia son básicamente características de las Rías Baixas, con algún otro ejemplo localizado hacia el interior como en el caso de Castriño de Conxo (Santiago de Compostela). Las armas corresponden al equipamiento bélico de los guerreros de Europa Occidental en los primeros tiempos de la metalurgia (segunda mitad del III milenio), época que coincide además con el uso del caballo como montura.

Auga da Laxe I es uno de los mejores ejemplos de lo que se ha dado en llamar “rocas panoplia”, que destacan por su alta inclinación y por hallarse en lugares que pueden ser vistos desde lejos. Sobre este tipo de soportes se exhiben diversas clases de armas con una clara función simbólica y de ostentación de poder y estatus social. 


Este aspecto simbólico viene corroborado por el hecho de que sólo se representen armas y nunca aparezcan otro tipo de objetos metálicos relacionados con el uso diario, como hachas, aperos de labranza y demás útiles.

Las armas representadas en Auga da Laxe corresponden a la transición entre el Período del Cobre y el comienzo de la Edad del Bronce, entre el III y II milenio a.C. y por lo tanto estarían vinculadas al fenómeno campaniforme o epicampaniforme. Los motivos aparecen alineados y equidistantes, por lo que se supone que fueron grabados todos en el mismo tiempo y respetando un diseño general de composición.

La única duda que se plantea se refiere a la gran espada de Auga da Laxe. Según unos autores (Costas y Novoa) se trata de un arma del Bronce Inicial, al igual que el resto de las armas que aparecen grabadas. Lo que sucede es que simplemente se representó a una escala exagerada, hecho que por otra parte no es extraño ya que podemos encontrar un caso parecido en la Laxe das Ferraduras de Fentáns (Cotobade), en la que se ve a un humano blandiendo una espada que cuadriplica su propio tamaño

Sin embargo otros estudios (Vázquez Varela), coinciden con esta datación para todos los motivos que aparecen grabados salvo en lo que se refiere a la gran espada. Estos autores entienden que esta espada debería ser interpretada de manera distinta al resto del conjunto, puesto que su tipología recuerda en muchos detalles a las grandes espadas del Bronce Final. 

Para Vázquez Varela su tamaño desproporcionado en comparación con los puñales y alabardas, el distinto perfil y grosor de los surcos y determinadas diferencias en su pátina, le llevan a interpretar que lo que aparece representado es una espada de lengua de carpa característica del Bronce Final y que por lo tanto habría sido incorporada al conjunto varios siglos después. Este hecho, según Vázquez Varela, prueba que Auga da Laxe fue un lugar donde los guerreros se reunieron durante varios siglos, en una tradición que perviviría entre seiscientos y mil años.

La gran espada de Auga da Laxe mide 2,40 m de largo y 43 cm de ancho en la zona de unión con la empuñadura, donde presenta tres cazoletas a modo de remaches. La hoja de la espada se estrecha más allá de su mitad y luego se vuelve a ensanchar. Presenta unos espacios  cerca de la empuñadura que pudieran ser las escotaduras que suelen tener este tipo de espadas.


Por todas estas características podría ser una espada pistiliforme, cuya aparición en Galicia y N de Portugal data del período del Bronce Final I (1200-1050 a.C) y cuyo uso se generalizará durante el Bronce final II (1050-900). En Galicia se han hallado dos espadas de este tipo, una en Isorna (Rianxo) y otra en Catoira. Si la de Auga da Laxe fuera una espada pistiliforme arcaica su datación estaría entre el 1200 y el 1000 a.C, es decir, de un momento tardío dentro de la Edad del Bronce.

Pero también existe la posibilidad de que se trate de una espada de lengua de carpa del Bronce Final III (900-700), de puño hendido y punta afilada y que se caracteriza por su gran variabilidad morfológica.

Espadas de lengua de carpa (Museo arqueológico Huelva)

Por mi parte encuentro que existe una clara similitud entre la gran espada de Auga da Laxe y la espada de lengua de carpa tipo Huelva variante Oissel, ya que en ambas se aprecian los tres remaches individuales en la empuñadura, presentan lados paralelos y tienen pomo en forma de T. Esta variante de espada procedente de la bahía de Huelva, es la que presenta una mayor variedad y su difusión abarca Andalucía occidental, norte de Francia y también existe un hallazgo en el centro de Alemania.

Espada Huelva tipo Oissel / Espada de Auga da Laxe


Un dato que puede ser revelador es que en Hío (Cangas de O Morrazo), se ha encontrado una espada tipo Huelva y variante Oissel que apareció junto con puntas de lanza de sección romboidal datadas en la fase Wilburton de Gran Bretaña (1100-900 a.C), lo que supone una cronología temprana para este tipo de espadas. Las espadas de lengua de carpa son abundantes en el occidente de Europa y también se han hallado en Galicia. Generalmente aparecen en los lechos de los ríos, lo que sugiere que fueron arrojadas a éstos en el transcurso de algún ritual religioso. Pero en el caso de Hío nos hallamos ante un yacimiento que estaba enterrado y en el que además de la espada antes citada se encontraron calderos de la clase A0, según la tipología de Coffyn, característicos del Bronce Final Atlántico (Dirk Brandherm y Magdalena Moskal-del Hoyo). Otros autores opinan que la espada de Hío correspondería a un tipo arcaico de pistiliforme provista de lengüeta calada y característica del período Bronce Final I-II.

En conclusión podemos decir que si la tipología de la espada de Auga da Laxe es coetánea del resto de armas representadas, nos hallaríamos ante un arma del Calcolítico o principios de la Edad del Bronce. Si por el contrario se trata de una espada pistiliforme o de lengua de carpa, estaríamos hablando de un momento tardío de la Edad del Bronce y por lo tanto habría sido incorporada al grupo con posterioridad.

Por lo que se refiere a los puñales o espadas cortas que aparecen en Auga da Laxe, como hemos visto, existe acuerdo en que se trata de armas propias de la transición entre el Período del Cobre y el comienzo de la Edad del Bronce, entre el III y II milenio a.C. 


Todos presentan una hoja triangular y en alguno se distingue la nervadura central o cresta. Es de destacar su gran semejanza con los puñales que aparecen en Bretaña y las Islas Británicas.

Otro de los motivos que aparece en Auga da Laxe es la típica alabarda de la Edad del Bronce del III-II milenio a.C, frecuentemente representada en las insculturas gallegas. Los grabados de Auga da Laxe corresponden al tipo de alabarda atlántico denominado Carrapatas, cuyas características son muy similares a las halladas en Irlanda. Todas presentan nervadura o cresta central y algunas muestran rasgos de lo que pudiera ser un biselado. Por lo que se refiere a su tamaño, la mayor de ellas tiene un ástil de 1,35 m y la hoja mide 43 X 32 cm.


Es probable que la alabarda tuviera su origen en la Península Ibérica ya que se han hallado precursores del arma en sílex (Hubert Schmidt). Desde la Península, el uso de la alabarda se fue extendiendo por la fachada atlántica entre el 1.550 al 1.450 a.de. J.C, hasta llegar a Irlanda.

Otro tipo de motivos que aparecen en Auga da Laxe son las representaciones de escudos, que también corresponderían a la transición entre el III y II milenio a.C. La forma de este tipo de escudo es la de un triángulo isósceles con el ángulo menor apuntando hacia abajo y provisto de lo que pudieran ser asas situadas a cada uno de los lados, lo cual le confiere un cierto aspecto de cara y por eso algunos autores creyeron distinguir un tipo de ídolo antropomorfo. 


El hecho de que estos escudos hubieran sido manufacturados con materiales perecederos, como madera y cuero, podría explicar el hecho de que hasta el momento no se haya recuperado ninguno. 

Por último decir que aparece un único motivo con forma de peine sobre cuyo significado esta actualmente pendiente de aclarar.


Aspectos sociales y rituales bélicos

Las sociedades de cazadores y recolectores del paleolítico eran grupos nómadas que carecían de organización política y que vivían de la caza y la pesca utilizando medios técnicos muy primitivos, lo que hacía innecesaria cualquier tipo de división del trabajo. Posteriormente, durante el Neolítico, el desarrollo de la agricultura lleva al sedentarismo y a la formación de grupos humanos cada vez mayores, que explotan la tierra de manera comunal mediante técnicas de trabajo arcaicas, por lo que la productividad era muy baja. La organización social de estas comunidades era básica y se limitaba a la familia y a los lazos de parentesco, por lo que la jerarquía social era prácticamente inexistente.

El inicio de la territorialidad provoca un incremento de actividades bélicas con respecto a lo que sucedía en el Paleolítico, donde la guerra era practicada a pequeña escala y esporádicamente. Puesto que las comunidades se organizan en función del parentesco, es muy probable que cuando se producía el homicidio de un miembro del grupo, la única respuesta adecuada fuera matar al asesino o a un miembro de su grupo de parentesco.

Con el desarrollo de la metalurgia se obtienen nuevos instrumentos de labranza más efectivos, que permiten incrementar la productividad de la tierra y por lo tanto el tamaño de las comunidades, las cuáles gradualmente se van haciendo más heterogéneas a medida que se integran grupos diferentes. Paralelamente las funciones económicas se multiplican, lo que exige una división de las tareas cada vez más elevada, surgiendo una jerarquización que lleva a la configuración de una autoridad política organizada, que puede ser estable y permanente u ocasional. También existen niveles intermedios de autoridad, como por ejemplo los jefes de familia o de clan, los jefes militares o los religiosos.

Siguen siendo comunidades agrícolas basadas en la propiedad y la explotación del suelo, en las que la familia constituye la base a través de la que se transmite la propiedad de los bienes, el poder político y el sacerdotal. Pero gradualmente se producirá un incremento de la centralización, surgiendo una rígida jerarquía que administrará la sociedad de una manera militar. La organización del trabajo a menudo se establece con las mismas bases por las que se rige el modelo militar, por lo que los miembros del grupo serán obligados a cooperar (Spencer). No sería nada extraño que en las sociedades gallegas de la Edad del Bronce existiera la esclavitud, lo que unido a los nuevos instrumentos de labranza permitiría incrementar la producción agrícola. El aumento de excedentes y el progreso de los medios de transporte posibilitarán que se incremente la actividad comercial.

La organización política de estas comunidades se configura de modo que los poderes político, religioso y militar son uno mismo o apenas están diferenciados, por lo que el jefe de la tribu está investido de un carácter sagrado. En el caso de que existiese diferenciación entre la autoridad civil y la religiosa a menudo se producirían conflictos entre ambas, aunque una y otra se apoyasen mutuamente.

La religión funciona exactamente como la organización militar y exige sumisión completa y obediencia ciega. Al carecer de conocimientos científicos no existía el laicismo, ya que toda la sabiduría era predominantemente teológica. La religión no tenía carácter universal si no que estaba íntimamente vinculada a cada sociedad particular, lo que se plasma especialmente en las creencias y los ritos cuya función es expresar los orígenes y la historia de la tribu. La magia constituye un complemento de las técnicas empleadas para la caza, la agricultura y la guerra, por lo que sería una especie de “tecnología" propia de cada sociedad.

En cuanto a la proporción de guerreros que habría en una comunidad de esta época, primero sería necesario saber si todos los varones adultos participaban en la contienda o si por el contrario existía una casta militar dedicada exclusivamente a la guerra. Vázquez Varela realiza un cálculo de cuántas personas podían constituir la comunidad que habitaba en las inmediaciones de Auga da Laxe. Para ello tiene en cuenta el número de armas representadas (26) y estableciendo una proporción, que él estima razonable, de un guerrero por cada diez miembros de la comunidad con independencia de su edad o sexo, llega a la conclusión de que se trataría de un grupo humano de unos 260 individuos. Vazquez Varela obtiene un resultado idéntico empleando otro método de cálculo, basado en la estimación de la densidad de población por km2. Puesto que se calcula que la densidad de población en la época megalítica avanzada era de 1,4 habitantes por km2 y como el territorio circundante que se divisa desde Auga da Laxe es de unos 100 km2, el resultado para esa época sería de unas 140 personas. Para la época castreña, cercana al cambio de era, se suele aplicar una proporción de 10 habitantes por km2, lo cual daría una población de mil personas. Puesto que los petroglifos de Auga da Laxe corresponden aproximadamente al 1800 a.C, Vazquez Varela estima que el cálculo de 250 personas se ajustaría de manera bastante fidedigna a la población real de esta comunidad.

De las representaciones de armas de Auga da Laxe no se puede deducir que esta comunidad viviera en una situación de guerra constante, sino que más bien son una muestra del prestigio que tenía todo lo relacionado con lo bélico. De todos modos, en otras ocasiones la guerra entre cultivadores que vivían en aldeas implicaba a menudo un esfuerzo colectivo total, ya que se combatía por un territorio y la derrota podía acarrear la expulsión de una comunidad entera de sus campos, viviendas y recursos materiales (Marvin Harris).

En el caso de que existieran bandas de guerreros más o menos permanentes, es probable que practicaran razias o ataques sorpresas contra asentamientos vecinos y otros tipos de actos de pillaje, como el robo de ganado. La presencia de grabados de armas como los de Auga da Laxe, son un testimonio de la importancia que tenían las actividades propias de los varones, como la guerra y la caza. Además reflejan un culto a las armas y la sacralización de figuras como los escudos y espadas, que en este caso se disponen en una escena organizada en la que los guerreros están representados por sus armas, formando un cortejo o un desfile militar mientras marchan hacia el combate, o se dirigen hacia un lugar de reunión para realizar algún tipo de ritual o danza. Esta apariencia de movimiento que transmite el conjunto de grabados ha motivado que los lugareños le hayan dado la denominación de Pedra das Procesións.

Los emblemas representados en Auga da Laxe servían para identificar a los miembros del grupo y para diferenciarlos de los clanes vecinos. En ese sentido podrían tener una función similar a la de los tótems, creando una relación de filiación entre los miembros de la comunidad y sus antepasados. Los cultos comunitarios que implican rituales públicos de solidaridad son considerados esenciales para la supervivencia de todo el grupo, puesto que reafirman el sentido de identidad del clan, coordinan la acción de los individuos y preparan al grupo para cooperar ante el enfrentamiento bélico.



Auga da Laxe se encuentra en las proximidades de la principal vía de comunicación que cruza la sierra, uniendo los diversos valles, en la que confluyen los distintos caminos de acceso al monte. 


El lugar donde se asienta la roca es amplio y permite que se pudiera acomodar un público numeroso. Todo ello nos lleva a pensar que es muy probable que Auga da Laxe fuera el escenario donde se llevaban a cabo ceremonias masculinas de exaltación guerrera, en las que los participantes danzaban antes de entrar en combate.


Puede que los guerreros formaran un círculo entorno a sus magos y que éstos consumieran sustancias psicotrópicas para entrar en contacto con sus antepasados y mediante la realización de ritos, pidieran su apoyo y ayuda en la batalla. También es posible que en el ritual participara toda la comunidad, reuniéndose a tal fin las distintas familias y clanes que se hallaban dispersos por amplias zonas del territorio, desde la costa hasta la montaña.


Mediante este tipo de actos en este lugar, la comunidad reforzaba su unión y sentido de pertenencia, su propia identidad como grupo diferenciado y la integración y solidaridad entre sus miembros.

Conclusión

Debido a la importancia de la Serra do Galiñeiro, a sus valores ecológicos, paisajísticos, históricos y arqueológicos, resulta imprescindible que de manera urgente las autoridades adopten las medidas necesarias para garantizar su total protección y eviten las inminentes amenazas que se ciernen sobre este lugar, patrimonio histórico y cultural de Vigo y su comarca.

Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Nota: Los dibujos de petroglifos que aparecen en este artículo han sido realizados mediante una aplicación informática para la edición y retoque fotográfico.