sábado, 25 de febrero de 2012

Galaicos y otros pueblos de la Edad de Hierro

Los pueblos indoeuropeos

Durante el período del Bronce Final y los inicios de la Edad de Hierro, la síntesis entre las influencias indoeuropeas y las culturas autóctonas dio lugar a la formación de una serie de pueblos indoeuropeizados que constituyeron las distintas etnias y culturas peninsulares.

Petroglifo de esvástica. Viascón

Todos los pueblos indoeuropeos eran muy afines y sobre su origen se plantean dos hipótesis:

• Una hace referencia a la cultura neolítica Danubiana, que desde el VII milenio a.C se extiende por los Balcanes, Hungría, Rumania y parte de Ucrania en el V milenio a.C, dando lugar a la Cultura de Starcevo-Körôs.

• La otra hipótesis es la de la cultura de los Kurganes, formada a partir del V milenio a.C en las estepas entre el Dnieper y los Urales con influencias del Próximo Oriente y que se caracterizaba por las  tumbas en forma de túmulo. La hipóteiss de los Kurganes es la más admitida actualmente. Según ella  los Kurganes habrían extendido su etnia y/o cultura (armas y tipos de sepultura) por toda Europa central en una serie de oleadas. Esta expansión continuó entre los milenios V y II a.C, a partir del cual serían las culturas indoeuropeizadas las encargadas de continuar su difusión.

Una de estas culturas indoeuropeas, la de los Campos de Urnas, llegó al NE de la Península Ibérica a partir del año 1100 a.C, aportando los primeros influjos culturales indoeuropeos. Se desconoce si estas influencias fueron sólo culturales o si también supusieron la presencia de grupos humanos. 


Callaecia en la Edad de Hierro

Previamente a la aparición de la metalurgia del hierro, Callaecia estaba incluida en la koiné del denominado circuito del Bronce Atlántico que se extendía por toda la fachada atlántica europea llegando hasta el mar Báltico. Se trataba de una amplia red de intercambios comerciales que conectaba las zonas productoras de cobre del SO español y Portugal y las dedicadas a la minería del estaño que iban desde el Tajo a Callaecia.

Por lo tanto, desde finales de la Edad de Bronce, la producción de oro y estaño habían convertido el NO peninsular en un polo económico de primer orden, un eje comercial de la Europa Occidental por el que transitaban productos de alto valor, tanto del área atlántica como mediterránea.

Dentro de este comercio tuvo especial importancia el intenso tráfico de armas, que estimuló la producción local y provocó la aparición de sociedades guerreras. 

Petroglifo del Guerrero de Río Loureiro. Aldán (Cangas)

De este modo, en el SE peninsular hallamos las características estelas de guerreros de carácter orientalizante, en las que aparecen representadas las armas típicas del Bronce, el escudo con escotadura “en V”, carros de dos ruedas y liras. También en Galicia se ha encontrado una estela de este tipo en Castrelo do Val, cerca de Verín (Ourense).

Estela Pedra Alta de Castrelo del Val

La Edad de Hierro en Galicia comenzó en el período del Hierro I (800/700-600 a.C) y supuso la crisis del circuito atlántico por la competencia del comercio fenicio y la generalización del uso del hierro. Es el momento de aparición de las denominadas culturas atlánticas.

Durante el período del Hierro II (600-19 a.C) cristalizaron las distintas culturas peninsulares: Calaicos, celtíberos, vacceos, vetones, lusitanos, célticos e iberos. 

En Callaecia la cultura indoeuropea arcaica y precelta tuvo como principal aportación el grupo lingüístico galaico-lusitano (Antonio Tovar), que presenta claras innovaciones, como la de contar con cinco timbres vocálicos. Además conserva el fonema indoeuropeo labial sordo [P], lo que lo distingue del céltico común (celtibérico, galo, gaélico, escocés o bretón) en el que este fonema ha sido eliminado (Moralejo).

Actualmente se conservan multitud de hidrónimos prerromanos, entre los que podemos citar Arnoia, Avia, Deva, Eo, Eume, Lérez, Limia, Mandeo, Mao, Mero, Miño, Miñor, Navia, Sar, Sil, Tambre, Tea, Ulla

Encontramos también gran cantidad de antropónimos indoeuropeos (Alluquius, Ambatus, Arrenus, Balaesus, Bedanus, Boutius, Camalus, Cloutius, Clutamus, Dovitena, Magilo, Magana, Reburina, Tritius) y de teónimos prerromanos (Bandue, Cossue, Nabiae, Munidi, Reve, Tongoe).

Los vocablos indígenas prelatinos también perviven en términos relacionados con los no cultivado (amieiro, bidueiro, carballo, carrasca, caxigo, toxo), en los nombres de algunos tipos de terreno (balsa, barcia, braña, breña, bouza, cádavo, coto, croio, gándara, laxe, leira, pena, veiga) y en otros muchos vocablos (banzo, beizo, berce, braga, boa, bugallo, busto, cantiga, combarro, lousa, reo, rodaballo, seara, senra, tranca, varanda, verea) (Moralejo).

Otra muestra cultural característica de las poblaciones galaicas es la cultura castreña. Los castros eran poblados de viviendas familiares de mampostería situados sobre colinas, provistos de defensas formadas por murallas y/o fosos, en los que residen grupos humanos muy relacionados entre sí, poco jerarquizados y autosuficientes en recursos. Se ubicaban en lugares desde de donde sus habitantes podían dominar visualmente los campos, playas o prados que explotaban y de los que obtenían alimentos. Los castros servían como hogares, refugios defensivos y marcas de territorio frente a  otras comunidades vecinas. 

La cultura castreña se caracteriza por las cabañas de  planta circular y cubierta de ramas. Posteriormente aparecen técnicas de organización del espacio mediante calles e incluso barrios, como en el caso de la citania de Santa Tegra y especialmente en la citania de Briteiros. En los castros de influencia romana las viviendas pasaron a ser de planta cuadrangular, al igual que los poblados celtíberos, y los techos se construyeron con tejas en vez de la cubierta vegetal. 

Castro de Santa Tegra

Desde la Edad de Bronce la población indígena galaica ya habitaba en castros, pero en la Edad de Hierro se incrementó el proceso de construcción hasta alcanzar su apogeo entre los siglos IV y I a.C, para posteriormente declinar a partir del siglo II d.C.

Las grandes citanias del NO peninsular fueron construidas siguiendo un “proto-urbanismo castreño de influencia mediterránea” (Sande Lemos),  que se caracterizaba por un diseño basado en un eje principal, de N a S, que se ramificaba ortogonalmente en calles transversales formando barrios, los cuales a su vez se subdividían en unidades habitacionales en cada una de las cuales residían los miembros de una familia extensa. Estas citanias del SO de Galicia y el N de Portugal constituyeron en su momento la arquitectura doméstica y el urbanismo más complejo y monumental de toda la Europa Atlántica.

En algunas de estas citanias, como en la de Briteiros, se conservan restos de las saunas descritas por Estrabón (III, 3, 6) donde los habitantes de los castros tomaban baños de vapor y después se lavaban con agua fría. Los usuarios bajaban por unas escaleras hasta el patio exterior, donde se desvestían y lavaban. Luego, para ir aclimatándose, pasaban a la antecámara donde había una temperatura templada. Desde aquí, a través del agujero de la pedra formosa, accedían a la sauna de la cámara y después realizaban el recorrido en sentido inverso para finalizar en el patio donde se daban un vigorizante baño frío.

Recreación de la sauna de Briteiros. Centro de interpretación castro de S. Cibrán de Las.

Otros restos arqueológicos característicos de la cultura galaica son las estatuas de guerreros encontradas en el S de Galicia y N de Portugal. Se trata de representaciones bastante rudimentarias de guerreros armados con pequeños escudos circulares y puñales de puño redondo, vestidos con túnicas ceñidas con cinturón, con torques en el cuello y brazaletes en los brazos. 


También son de destacar las esculturas utilizadas en la decoración de las cabañas y en las que predominan los motivos solares típicos de la cultura indoeuropea, como son los trískeles, tetraskeles y esvásticas, como las representaciones de esvásticas y tetraskeles las del castro portugués de Briteiros, los de Santa Tegra y A Troña.



Pueblos indígenas de la Callaecia

Tradicionalmente se denominan Oestrymnios a los aborígenes del NO de la Península Ibérica. Se trata de una antigua población eneolítica y posteriormente de la Edad de Bronce, probablemente procedente del N de África. 

Recreación de indígenas galaicos. Centro de interpretación castro de S. Cibrán de Las.

De acuerdo con lo planteado por Carlos Búa (Dialectos indoeuropeos na franxa occidental hispánica) el nombre de Callaecia procede del indoeuropeo  kal-n-e (montaña)  y por lo tanto los Callaici eran “los montañeses” y Callaecia  “la tierra montañosa”. Esta interpretación explica a la perfección el nombre que reciben tres sierras del SO de Galicia que se alinean en dirección N-S: Serra do Galleiro (Pazos de Borbén, Mos y Ponteareas), Serra do Galiñeiro (Gondomar) y Serra do Argallo (Baixo Miño).

Autores como Ptolomeo, Plinio y Mela describen a las tribus prerromanas que habitaban el SO de Galicia y NO de Portugal: groviilimicileuni, seurbi, brácari...  A ojos de los geógrafos e historiadores griegos y romanos, estas tribus constituidas de manera natural por familias y clanes, formaban un pueblo salvaje que había convertido la guerra en una de sus principales ocupaciones. Las primeras referencias en textos históricos sobre estas poblaciones indígenas son las que aparecen cuando se incorporaron como mercenarios en los ejércitos cartagineses de Aníbal en el siglo III a.C.

A pesar de esto, actualmente son muchos los autores que ponen en cuestión el carácter guerrero de estas poblaciones y consideran que sus principales ocupaciones eran la agricultura y la ganadería. En los prados húmedos cultivaban millo y lino y en los más secos trigo y cebada. Los bosques de roble y alcornoque suministraban bellotas para el ganado porcino y en las laderas de las montañas se alimentaba y criaba ganado bovino, ovino y caprino. La cebada fermentada se empleaba para elaborar cerveza y con la llegada de los romanos comenzó el consumo del vino. 

También disponían de abundante material de construcción proveniente de los afloramientos graníticos situados en las partes superiores de los montes. Para la extracción de la piedra se empleaba un método que consistía en realizar líneas de fractura en las rocas mediante pequeños orificios, en los que se introducían cuñas de madera que se dilataban al ser mojadas, lo que provocaba que el granito se quebrase al ejercer presión sobre él.

Los centros de la actividad económica eran los principales castros (Tegra, Briteiros, Punta do Vento en Vigo) a donde llegaban tanto los productos de las montañas del interior (metales como el oro, la plata y el estaño), como los procedentes de la costa (principalmente la sal), así como bienes de lujo de origen mediterráneo, como telas o cuentas de collar.

Por lo que se refiere al antiguo debate sobre la supuesta presencia de celtas en Callaecia, los autores antiguos (Apiano, Estrabón, Plinio y Pomponio Mela) señalaron tres localizaciones para los "celtas peninsulares": desde La Rioja a Cuenca a través de La Mancha; S de Portugal, Badajoz, Sevilla y Córdoba; Callaecia.

Los belovacos belgas se establecieron en la Meseta y dieron lugar a las tribus de celtíberas de los arévacos, belos y tittos. Los arévacos tenían su centro en Soria y en las montañas al N de esta provincia se establecieron los belendones, cuyo nombre es igual al de una tribu de Aquitania.

La "celtización" de España se atribuye a los celtíberos, pero gallegos, astures y cántabros sufrieron muy poco y tarde esta influencia, por lo que el componente indoeuropeo de Callaecia responde más a la influencia arcaica del Bronce Final que a la celtíbera de la Edad del Hierro, tal y como lo corrobora Plinio al afirmar que sólo unas pocas tribus galaicas son celtas. Además, parece ser que en Callaecia las tribus denominadas como celtas se mezclaron más con las poblaciones indígenas, a diferencia de lo que sucedío con los celtíberos en las zonas en las que se establecieron.

Bosch-Gimpera cree que alrededor del 700 a. C. llegaron a la Penínsulan los cempsi y sobre el 650-600 a.C. los sefes, turones y nemetes.

Los sefes deben su nombre a la raíz indoeuropea “saeph” que significa serpiente, nombre que le dieron los romanos ya que este animal era su dios nacional y representaba el poder guerrero, motivo por el cual  lucían la efigie de una serpiente en sus escudos. Los sefes habitaban las riberas del Rhin hasta que tuvieron que desplazarse junto con otros muchos pueblos debido a la presión que ejercían las tribus germanas. Según Bosch-Gimpera, en el 600 a.C. llegaron a la Meseta y continuaron hacia el O, dirigiéndose al valle del Coa (Vilanova de Foz), N de la Serra da Estrela, costa N de Portugal y S de Galicia. Tras ellos llegaron los tundros que se establecieron en Tras-os-Montes.

Los autores clásicos como Avieno describen la llegada de una invasión de serpientes a Oestrymnia y por ello pasó a ser denominada Ophiusa. Su territorio venía a coincidir con el Convento Bracarense, a ambas márgenes de la cuenca del río Miño en Galicia y Portugal. La existencia de cultos ofiolátricos aparece en las representaciones de serpientes de varios castros galáico-portugueses, como el de Baldoeiro en Tras os Montes (Portugal), las del castro de Penalba, en Campo Lameiro  (Pontevedra), o la serpiente en posición heráldica del castro de A Troña, en Ponteareas (Pontevedra). En cualquier caso está aún por establecer el origen de este tipo de cultos.

Serpiente del castro de Troña.

Junto a estas tribus viajaban otras de origen germánico como los pemanos y eburones. Los pemanos se establecieron en la provincia de Lugo, como lo demuestra una inscripción romana que se refiere a Dea Poemana, mientras que los eburones se dirigieron a Portugal como lo atestiguan los topónimos Ebura (Évora) y Eburobritium (Óbidos).

Pero además de cómo invasores, celtas, galos y germanos llegaron también como inmigrantes, de manera pacífica y esporádica, huyendo de la presión de otras tribus germanas. El propio Julio César, cuando en el 49 a.C. se hallaba en Lérida, narra como cruzaron los Pirineos un grupo de 6000 personas, sin jefe ni organización, que se unieron a las tropas romanas para disfrutar de su protección (Antonio García y Bellido).

También tenemos conocimiento de una migración conjunta que realizaron los turdetanos y una de esas tribus celtas, y que les llevó desde el río Anas (Guadiana) hasta A Limia y Fisterre, siguiendo la antigua ruta comercial del estaño entre Callaecia y Tartessos. Los turdetanos eran un pueblo ibero que habitaban la zona en la que anteriormente vivían los tartesios, es decir, Cádiz y Huelva. Eran conocidos por ser un pueblo culto que poseía un alfabeto que no era ibero sino derivado del tartesio. Celtas y turdetanos fueron compañeros de viaje hasta llegar al río Léthes (Limia) o “río del olvido”, como lo llamaban los romanos. Los turdetanos eran los guías ya que conocían la ruta, pero al llegar a Callaecia decidieron dar media vuelta y volver al S de la Península, abandonando a los celtas, los cuáles permanecieron en Callaecia sin mezclarse con la población indígena (Plinio).

Herodoto (484 a 425 a. C.) cita a varias tribus como los lubaeni (Monçao), turodi y nemetati (Chaves y Braga), luanci (Tras os Montes) y los caelerini (Beira Alta). Entre las tribus del sur de Galicia estaban los grovios, que habitaban desde Tui hasta la costa S de la ría de Arousa, los cilini de Aqua calidae (Caldas de Reis), los narbasios, que vivían en Ourense, los bibali de Viana do Bolo, los limici de A Limia y los quacerni de Baños de Bande.

Ptolomeo describió con detalle las tribus que habitaban el N de Callaecia: capori de Lugo, seurri de A Fonsagrada, lemavi de Dactonium (Monforte de Lemos) y tiburi y gigurri del SE.

Los ártabros ó arotrebas vivían en el convento lucense que se extendía hasta la Serra do Rañadoiro por el E y por el curso del Navia hasta Pedrafita. Entre las tribus ártabras destacaban los pretamaricos y supratamaricos de las dos riberas del Tambre; los baeduos de Betanzos y los nerios, que  eran la tribú ártabra más importante y cuya capital era Flavium brigantium (Arteixo). Dugium era un puerto nerio que comerciaba ámbar con oriente, existiendo otras poblaciones nerias en Claudiomerium (Cabo Ortegal) y Novium (Noia). Al desaparecer el foco comercial de Fisterre su actividad pasó a la pequeña metrópolis portuaria de Iria.  Entre los jefes nerios destacan Brandomil, Gundáriz, Folgar, Brandoñas, Corcoesto y Maroñas.

Un lugar que aparece descrito por Artemidoro de Efeso, alrededor del 100 a.C, era el Promontorio Nerio, destino de peregrinos de cultos solares orientales que creían que tras las aguas del cabo Nerio se hallaba la morada de los muertos. Este autor cuenta que allí se adoraba al Ara Solis, una figura que representaba un sol de oro situado sobre un gran cáliz de estaño, que se hallaba en un templo formado por cuatro columnas de granito cubiertas por una cúpula. Alrededor de lugar había grupos de tres o cuatro piedras esparcidos por doquier y los visitantes las hacían rodar y cambiaban de sitio, después de haber ofrecido libaciones. Por la noche no se podía acceder ni realizar sacrificios ya que durante esas horas el monte se convertía en la morada de los dioses

Cuando se buscan referencias antiguas sobre la Callaecia con frecuencia se recurre a la obra Geografía del historiador griego Estrabón (64-63 a.C 19-24 d.C), aunque probablemente la Callaecia es probablemente la zona menos documentada por este autor. Estrabón tomó como fuente casi única a Posidonio de Apamea, quien estuvo en Hispania hacia el 90 a.C. y recogió las aportaciones de otros historiadores como Artemidoro de Efeso y Polibio.

Estrabón escribió que los galaico-portugueses adoraban a un dios sin nombre, al que veneraban en noches de luna llena cantando delante de sus casas. Afirmaba que los lusitanos mostraban gran querencia por las artes de la adivinación y que adoraban a las fuerzas de la naturaleza. Entre los más de sesenta dioses de Callaecia destacaban Candiedo Decertios, ambos de carácter solar. También están Cariociecus Bodus (dios de la guerra), Cosus, Aernus, Edovius (dios de las aguas termales, al que está dedicada un ara encontrada  en Caldas de Reis), Tameobrigus, Banduaetobrigus, Poemana (diosa adorada en Lugo), y Bandua, nombre casi idéntico a Bandia, la Dama Blanca de las mitologías indoeuropeas.

Silio Itálico narra como los guerreros ibéricos marchaban al combate cantando los himnos de sus distintas naciones. Plinio describía a los hispanos empleados por Roma para vencer a los galos, como "corporum humanorum duritia" y Pompeyo Trogo los define como: "dura omnibus et adscricta parcimonia". El geógrafo romano Estrabón relata como se entrenaban en el pugilato, la carrera y como realizaban simulacros de escaramuzas y batallas. 

Estrabón afirma que los pueblos del N peninsular practicaban la covada, costumbre por la que las mujeres después de parir cuidaban a sus maridos y les obligaban a guardar reposo en vez de hacerlo ellas.

La presencia romana en Galicia comenzó en el 137 a.C con la campaña de castigo contra la Lusitania emprendida por Decimus Junius Brutus y que le llevó hasta el río Limia, para después continuar avanzando hasta el Miño y alcanzar la costa. Decimus Junius Brutus se enfrentó a los brácaros, a los que sometió pese a que en su ayuda acudieron sesenta mil galaicos de las tierras situadas al N del Miño. La derrota infringida por Decimus Junius a los galaicos le valió el sobrenombre de Callaecus.

Recreación de guerreros galaicos. Centro de interpretación castro de S. Cibrán de Las.

Mientras los griegos resaltan la irracionalidad que mostraban los galaicos, los  romanos destacan su carácter orgulloso, su valor, su vehemencia y combatividad, su resistencia y la fidelidad que mostraban a sus jefes, cualidades por las que estos guerreros fueron llevados a Roma como guardia personal de importantes personajes.

Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.


Nota: Los dibujos de petroglifos que aparecen en este artículo han sido realizados mediante una aplicación informática para la edición y retoque fotográfico.