sábado, 20 de septiembre de 2008

Megalitismo gallego

La arquitectura megalítica surge de modo independiente en distintas regiones del planeta y en épocas diferentes. Podemos hallarla en la Europa atlántica, en las islas mediterráneas y en el sur de Italia, norte de África, Cáucaso, la India, Japón y Colombia. Existen pues unos principios universales de la arquitectura que explican la génesis de estos monumentos en zonas tan distintas y distantes.

Megalito de Soneira

Durante el neolítico aparece en Galicia la cultura megalítica, caracterizada por la construcción de monumentos de piedra generalmente de carácter funerario, claramente vinculada con el fenómeno megalítico portugués. 

La construcción de megalitos en Galicia, que comienza en el V milenio, se mantendrá durante el IV y III milenios, como lo atestiguan las dataciones de mámoas como las de As Pereiras, Mos (2.900-2.350 a. C). En la época del megalitismo clásico los enterramientos son colectivos y en ellos se depositan las de cenizas de los cadáveres de la tribu o clan. Posteriormente, a medida que se desarrolla la estratificación social, los enterramientos comienzan a ser individuales con ajuares funerarios más o menos ricos en función del prestigio social del difunto. Por último, durante la edad del bronce aparece una etapa postmegalítica en la que se continúan erigiendo túmulos de menor tamaño para inhumaciones individuales, se reutilizan otros megalitos ya existente y comienzan a aparecer enterramientos en cistas.

 Mámoa de rei. Monte Penide (Redondela) 
(Latitud 42º15´51,82´´N; Longitud 8º38´11,93´´W)

Cuando hablamos del megalitismo gallego es imprescindible referirnos previamente al foco cultural del que procede y con el que guarda una estrecha relación: El megalitismo portugués que surge al final del período neolítico, hace unos seis mil años, en Beirá y Tras os Montes, y que se caracteriza por la presencia de cámaras poligonales sencillas. Este tipo de megalitismo reemplazó a los enterramientos anteriores en cuevas, y comenzó a extenderse por el oeste de Europa. Es posible que las influencias neolíticas llegaran a Galicia a través de las Rías Baixas, la Baixa Limia o el valle del río Támega.

Costa de Freiría (Vigo)

La cultura megalítica portuguesa se relaciona con el pueblo capsiense o hispanomauritano, que habitaba la península durante el paleolítico. El megalitismo portugués muestra influencias egeo-anatólicas y se pueden apreciar varias etapas en su evolución, comenzando en el neolítico final y eneolítico inicial (A), caracterizado por dólmenes sencillos de cámara poligonal y cubierta cerrada como los portugueses de Beira y Tras os Montes. Posteriormente se construirán pequeños túmulos de cámara ortogonal de ortostatos sin puerta, y más tarde se incorporará a la cámara una puerta sin corredor. Por último, poco a poco se incorporará un corredor de entrada y así se llegará, en el eneolítico B y Bronce I, a la cámara poligonal o de tendencia circular con corredor.

Chan de Arquiña (Moaña)

Cuevillas y G. Leisner proponen una clasificación de la estructura de los túmulos gallegos que representan distintos períodos evolutivos:
1.- Cámaras poligonales cerradas de pequeño tamaño.
2.- Cámaras poligonales simples con puerta de acceso.
3.- Cámaras poligonales con tendencia circular y corredor corto.
4.- Cámaras rectangulares (tipo cista).

Dolmen de corredor de San Colmado (Vigo).

Hace unos seis mil años, entre el período Atlántico y el período Sub-boreal, comienzan a llegar a Galicia poblaciones procedentes de Portugal que aportan este tipo de arquitectura monumental. Surge así el megalitismo llamado subgrupo gallego-miñoto, menos rico que el foco original portugués.

La relación del megalitismo galego y el portugués está ampliamente refrendada. Una muestra la hallamos en la continuidad geográfica entre los megalitos del sur de Galicia y los portugueses de Arcos de Valdevez, Paredes de Coura, Marâo y Tras os Montes.

Dolmen de Muiños (Ourense)


Desde Portugal y el S de Galicia, la cultura megalítica galáico-portuguesa se difundió a Asturias, Pirineos, sur de Francia, Bretaña y norte de Escocia (del 3.000 al 1.300 a. C). Por otra parte, del estudio de las mámoas portuguesas como las de la Serra Aboreira, podemos apreciar que una misma necrópolis fué utilizada durante siglos (en este caso concreto desde el 3830 a.C al 2140 a.C.).

Se puede establecer que en Galicia se comienzan a construir megalitos desde los tres siglos finales del V milenio a.C, como mínimo. Se trata de pequeños túmulos de carácter individual de alrededor de 12 m de diámetro por 1,20 m de altura, con cámaras poligonales simples de pequeñas dimensiones y presencia de coraza de piedras o a veces un anillo de piedras en la base. A esta época también pertenecen enterramientos en fosas cavadas en la roca, como la mámoa de Cotogrande I (Cabral. Vigo).

En este tipo de enterramientos se han encontrado restos de vasos globulares sin decoración que contrastan con la diversidad de ornamentos empleados en la cerámica doméstica, lo que puede llevar a pensar que este tipo de ornamentos estaban prohibidos en el ritual funerario (Fábregas Valcarce).

La siguiente fase se desarrolla desde la primera mitad del IV milenio a.C.  y se caracteriza por una gran diversidad de enterramientos tumulares, ya que se continúan construyendo los dólmenes de cámaras simples y las fosas del período anterior, pero sin duda lo más destacado es la aparición de los dólmenes de corredor. Este tipo de construcciones se caracterizan por mámoas de mayor diámetro y altura, con cámaras funerarias más grandes y que asoman parcialmente al exterior del túmulo. Se trata de monumentos mucho más complejos destinados a ser utilizados como enterramientos colectivos. Su construcción supone un elaborado desarrollo simbólico y ritual que se refleja en la aparición de pinturas, que a  veces decoran los ortostatos con motivos abstractos (zig-zags, ondulantes, heliomorfos...). 

Ortostatos de la mámoa da Braña (Silleda). Museo de Pontevedra.
Los colores utilizados son el blanco para el fondo, el rojo y el negro, obtenidos mezclando una base de caolín con óxido de hierro o carbón y a veces empleando mantequilla de vaca para mantener el pigmento fijo a la roca. Cada vez son más los megalitos en los que se han hallado restos de pinturas y actualmente se conocen al menos veinticuatro casos, pudiendo destacar entre otros el dolmen de Dombate, Pedra Cuberta en Vimianzo, Chan de Castiñeira en Vilaboa, la mámoa de Oirós en Vila de Cruces o la de Parada de Alpériz en Lalín. 

           
                                 Chan de Castiñeiras                                  Pedra Cuberta

En el interior de estos dólmenes se encontraron restos de cerámica tipo Penha, llamada así por su aparición en el yacimiento portugués del mismo nombre. Este tipo de cerámica es la más común en el N de Portugal y S de Galicia durante el período Calcolítico o del Cobre y se caracteriza por recipientes generalmente de forma hemisférica, hechos con un material bien trabajado y adecuadamente cocido y profusamente decorado con líneas incisas-metopadas, que forman diseños geométricos en los predominan los zig-zágs, ajedrezados y triángulos. De todos los restos hallados hasta el momento en Galicia destaca un cuenco ritual tetralobulado, hallado en la mámoa 5 de Monte Pirleo (Guitiriz. Lugo).

En Galicia se construirán dólmenes de corredor durante todo el IV milenio, a diferencia de lo que ocurrirá en la Beira Alta portuguesa donde sólo se erigirán durante un período muy corto de ese milenio.

La última etapa comienza a inicios del III milenio a.C y se caracteriza por la clausura de los dólmenes de corredor y el final de la construcción de los grandes megalitos, a favor de los túmulos de reducidas dimensiones con cistas y cámaras rectangulares. También se vuelven a cavar fosas y se reutilizan los antiguos dólmenes de corredor. Entre los dólmenes erigidos en este momento podemos citar la mámoa 3 del Alto de San Cosme (Vigo). En estos enterramientos aparecen ricos ajuares de objetos de piedra pulida y claro carácter bélico, como mazas, hachas, azuelas y puntas de flechas. También se encuentran restos de cerámica campaniforme, de mucha mayor calidad en los que se refiere a las pastas empleadas, la cocción y el decorado. La cerámica campaniforme está asociada al uso generalizado de la metalurgia, llegó a Galicia avanzado el III milenio a. C. procedente de Portugal como un objeto de gran valor simbólico como signo de prestigio, pero posteriormente se popularizará su uso y será copiada y reinterpretada, apareciendo tanto en contextos funerarios como domésticos.

A partir del III milenio a. C, el fenómeno megalítico se transforma y reinterpreta con un nuevo tipo de enterramientos menos colectivas y la proliferación de las tumbas individuales, con una evidente pérdida del antiguo carácter monumental a favor de pequeños túmulos apenas visibles en el paisaje, lo que permite que hayan sobrevivido hasta nuestros días conservando ricos ajuares de objetos de metal. De todos modos, estas nuevas construcciones se siguen emplazando en las cercanías de las antiguas necrópolis e incluso algunos de los viejos dólmenes son reutilizados e incluso ampliados.

El fenómeno megalítico perdurará a lo largo de la Edad del Bronce con todo tipo de enterramientos como fosas, cistas, e incluso con nuevos túmulos y reaprovechando los antiguos hasta un período sin determinar del II milenio a.C.

El megalitismo gallego es un fenómeno tumular caracterizado por su enorme variabilidad. Por lo que se refiere a su tipología, algunas de estas construcciones fueron concebidas como túmulos desde el principio, pero otras sólo fueron cubiertas una vez que se dejaron de usar y otras.  Muchos túmulos son de  planta circular, pero los que poseen accesos intratumulares que permiten la reutilización del enterramiento, presentan una planta en forma de elipse, más larga en la dirección en la que se ubica el acceso al interior. En cuanto a su tamaño, podemos encontrar mámoas de unos pocos de metros de diámetro y apenas medio metro de altura, otras de 15-25 m de diámetro y 1-2 m de altura, hasta las mayores que pueden superar los 40 m de diámetro, como el de A Mota Grande en Verea (Ourense) que mide 42 m de diámetro por 4 m de altura. Paralelamente se aprecia también una enorme variabilidad en lo que se refiere al volumen de tierra empleado en su construcción, que puede ir desde escasos 250 m3 hasta los  3960,50 m3 de A Mota Grande (José María Eguileta Franco)

Existe constancia de interacciones entre los pueblos neolíticos que poblaban el oeste de la península y que mantenían relaciones de intercambio de bienes. Para poder llevar a cabo estos largos viajes era preciso trasladarse por aquellos lugares que permitían pasar a través de las montañas hacia zonas llanas o valles por los que resultaba más fácil transitar. Es precisamente en estos lugares donde vamos a encontrar las mayores concentraciones de túmulos. Además, en estos planaltos abunda el granito, lo que evita largos transportes y facilita el trabajo al ser  terrenos llanos.

De los análisis polinológicos realizados en distintas mámoas, se ha llegado a la conclusión de que en la época de su construcción, el clima de Galicia era más cálido que hoy en día y también más lluvioso, por lo que el paisaje debería ser muy verde, con praderas y bosques caducifolios.

En lo  que se  refiere a la  técnica  empleada,  los bloques graníticos eran perforados utilizando herramientas muy rudimentarias, mediante las cuales se trazaban una línea de agujeros en los que se introducían cuñas de madera que al dilatarse por efecto del agua, desgarraban la roca, y se obtenía una superficie exterior abombada y rugosa, mientras que la interior era plana y lisa.


Casa dos mouros. Candeán (VIgo)

Luego se transportaban mediante arrastre, utilizando troncos sobre los que se colocaban las losas y empleando la técnica de elevación de planos inclinados. Las piedras que soportan el peso de la cámara están ligeramente inclinadas hacia el interior (como podemos apreciar en esta fotografías de la Casa dos Mouros de Vigo y la Pedra Cuberta de la comarca de Soneira), a fin de que distribuyan el peso de la cubierta.

Pedra Cuberta (Vimianzo)

Posteriormente, los espacios entre las losas de la base eran rellenados con piedras de menor tamaño y por último se apisonaba el suelo y se acumulaba tierra por encima de la cámara, creando un montículo denominado mámoa. En nuestra zona, la entrada del túmulo generalmente se orienta hacia el E. 


Mámoa do Vixiador. Candeán (Vigo)

Por lo que se refiere al ritual funerario que rodea la construcción de los dólmenes, resulta muy difícil establecerlo debido al saqueo de todos los restos estudiados. En los últimos años se han localizado una serie de estructuras de tierra y pequeñas piedras localizadas al E-SE de algunos túmulos, que permitían acceder desde el exterior a la cámara funeraria y realizar sucesivas inhumaciones. En algunos casos se trata de un pozo a media altura, pero lo más frecuente es que exista un pasillo que atraviesa la coraza de piedras frente a la entrada de la cámara o bien que parta a media altura del túmulo. 

Este tipo de dispositivos se han encontrado sobre todo en dólmenes de corredor de pequeño tamaño situados en el oeste de Galicia y en ellos se han encontrado hileras de posibles ídolos líticos que tendrían un carácter ritual. Se trata de cantos rodados, a veces con incisiones o muescas que pudieran representar los hombros o brazos de una persona, y que aparecen colocados en posición vertical (Fábregas Valcarce).

Los túmulos megalíticos son monumentos que han sufrido múltiples modificaciones para su ampliación y reutilización, o para el mantenimiento de su decoración pictórica. En muchos túmulos se aprecia que el proyecto original ha sido ampliado modificando o no la cámara funeraria. Por lo que se refiere a la reutilización, las posibilidades van desde su conversión en fosas, construcciones de madera o variaciones de la cámara respetando el tamaño del túmulo.

Megalito de Soneira

En Galicia hay varios miles de mámoas (se habla de un número superior a cinco mil, de las cuales más de 2000 están en la provincia de Pontevedra), localizadas en zonas cercanas a las canteras de donde se ha extraído la piedra, como máximo a unos pocos kilómetros. 

Mámoa do Rei. Castiñeiras (Vilaboa)

Las principales zonas megalíticas de Galicia y Portugal se encuentran en la costa (rías baixas, As Mariñas y Fisterra) y en las penillanuras de A Limia, O Testeiro, O Suido, Tras os Montes, A Capelada y A Faladoira, la Terra Chá, Melide, el Deza y Trasdeza, Ulla y en A Fonsagrada y O Incio. El mayor número de túmulos lo hallamos en Vigo y O Morrazo, O Salnés y O Barbanza.

Dolmen de Axeitos (Santa Uxía de Ribeira)

La arquitectura dolménica es exclusivamente funeraria y obedece a creencias mágicas por las que se supone que se pretendía retener los espíritus de los muertos cerca de su gente, quizás para que sirvieran como mediadores con el mundo de ultratumba de modo que resultaran propicios para su familia y tribu. Esto supone una creencia en una dimensión supraterrenal de carácter mágico-pseudorreligioso.

Otros monumentos megalíticos son los círculos líticos y los menhires. El término menhir procede del galés maen hir (piedra larga), pero en Galicia se conoce como Pedrafita o Pedra Longa.

En cuanto a su significado hay diversas interpretaciones: símbolos fálicos de la fertilidad; símbolos funerarios que permiten que las almas de los muertos asciendan al cielo o permanezcan junto a la comunidad de la que formaban parte; protectores de los túmulos donde reposan los restos fúnebres; límites de territorios de tribus.

Desgraciadamente todos los círculos líticos y la mayor parte de los menhires gallegos han sido destruidos, conservándose tan sólo unos pocos, como la pedrafita llamada A Lapa de Gargantáns (Moraña) o el menhir de Cristal (Ribeira).

Menhir Lapa de Gargantáns (Moraña)

La toponimia de Galicia está plagada de nombres que hacen referencia a los monumentos megalíticos, como por ejemplo: anta, antela, arca, arquiña, cabana, campa, capela dos mouros, casa dos mouros, casiña, celeros dos mouros, cortellos dos mouros, cotarela, couto, cova da moura, chousa, forna, fornalla, fornelo, forno dos mouros, madorra, madroa, mámoa, mamoela, modia, montillón, pardantela, pedra fita, tomba... 

En épocas históricas los dólmenes gallegos sirvieron como límites territoriales. Así aparecen en la División de los Obispados que surgió del Concilio de Lugo de 569, en la que el rey Theodomiro estableció su uso como demarcación de villas, montes y castillos. En 1609 el rey Felipe II accedió a que se expoliaran las "sepulturas de gentiles" de las villas de Caldas de Reis y Padrón en busca de tesoros. Esta autorización se extendió a toda Galicia, con lo que se produjo la violación de miles de túmulos. 

Las fotografías de este artículo han sido realizadas por F. Javier Torres Goberna ©.