domingo, 31 de agosto de 2008

Viriato, el gran héroe lusitano.


Alrededor del año 155 a.c. los lusitanos mantienen una férrea resistencia ante el invasor romano, y caudillos como Púnico (al menos ese era el nombre que le dieron los romanos, aunque seguro que no era el suyo) derrotan a las tropas comandadas por Manio Manilio y Calpurnio Pisón, dejando tras de sí los cadáveres de 6000 romanos.

El lusitano Púnico consigue una alianza con los vetones y ataca la Bética y las poblaciones blastofenicias bajo dominio romano. Muerto Púnico  a consecuencia de una pedrada en la cabeza, el mando de los lusitanos recaerá en Césaro ó Kaisaros (otra muestra del respeto de los romanos por el nombre real de los indígenas contra los que combatían). Para intentar frenar la rebelión parte desde la Ulterior un ejército al mando de Lucio Mummio, quien en la primera batalla vence a Césaro, pero posteriormente el bravo lusitano arrasará su ejército y le infringirá una derrota vergonzante.

En el año 153 a.c Mummio vuelve a la carga contra los lusitanos al mando de 5000 legionarios, lo que  provocará el levantamiento de Cauceno, caudillo de los lusos del Sur del Tajo, quienes comenzarán una marcha triunfal hacia el Sur a través de los dominios de los cuneos, súbditos de los romanos, apoderándose de Conistorgis. Apiano narra el imparable avance de los lusos, quienes tras vencer a todas las legiones con las que se cruzan en su camino, embarcan y cruzan las columnas de Hércules, para comenzar el saqueo de varias plazas africanas, como la ciudad de Ocila. No le quedó más remedio a Mummio que ir tras ellos y, después de aniquilar a 15.000 lusos, logró recuperar la ciudad y pudo al fin volver victorioso a Roma.

En el año 152 a.c llega un nuevo pretor a la Ulterior, Marco Atilio Serrano, quien logró hacerse con la principal ciudad lusa, Oxthracas, y someter a los lusitanos y a parte de sus aliados vetones, quienes se verán forzados a firmar un tratado de paz que pronto romperán.

Para proseguir la guerra contra los lusos, en el 151 a.c llega a Hispania Servio Stilpicio Galba, y aunque en principio logró vencerlos, más tarde fue derrotado y tuvo que refugiarse en Karmone, tras haber perdido 7.000 legionarios. Partió en su ayuda Lúculo, pretor de la Citerior, quien venció a los lusitanos e impidió una nueva tentativa de éstos para cruzar el estrecho, como ya habían hecho con anterioridad. Lúculo y Galba unen sus fuerzas y penetran en la Lusitania, y con falsas promesas (una de las más repetidas tácticas romanas), logran que los indígenas se rindan, lo que fue aprovechado por los romanos para darles muerte. ¿Dónde queda la gloria de las legiones romanas? Ante la bravura de su oponente, sólo mediante la traición y la vileza pudieron alcanzar lo que la justa lid les había negado. El mismo Catón censuró esta estrategia basada en la traición, pero el botín que Galba y Lúculo enviaron a Roma los libró de ser castigados.

De sus bravos oponentes sólo unos pocos lograron escapar, entre ellos uno de nombre Viriato, quién encabezaría un levantamiento masivo que perdurará para siempre en los anales de la historia.

¿Quién era este caudillo a los que los romanos llamaron Viriato? Poco sabemos de él, pero probablemente fue un pastor de la sierra de Estrella, cuyo nombre deriva de viria, que en el idioma celtibérico significa brazalete (es decir, que le apodaron como “el de las pulseras”). Sabemos de su carácter firme y sobrio a través de la narración de Diodoro, quien cuenta como cuando Viriato se desposó con la hija del rico Astolpas permaneció apoyado en su lanza, distante y ajeno a la pompa que había dispuesto su acaudalado suegro, sin participar en el banquete más que para tomar algo de pan y carne con la que alimentar a sus seguidores, tras lo cual partió a caballo con su esposa hacia las montañas.

La vil victoria de Galba, había infringido grandes pérdidas en el bando luso, pero aún así, pudieron reunir 10.000 combatientes que se dirigieron contra la Turdetania, siendo derrotados por el pretor de la Ulterior, Cayo Vetilio, quien logró acorralarlos en un valle. Para evitar ser aniquilados ofrecieron la paz a los romanos, pero Viriato recordó a los suyos lo que había sucedido anteriormente y el peligro que suponía cualquier pacto con Galba.

Viriato concibió una estratagema: en vez de reunirse, y facilitar así el exterminio por parte del invasor, mandó que sus efectivos formaran pequeños grupos dispersos,  que a una señal suya deberían atacar a la vez para intentar romper las líneas enemigas y así poder escapar, mientras él con mil jinetes distraía durante dos días  a las tropas de Vetilio y luego se encaminó a Tríbola. Entonces Viriato preparó otra emboscada, para lo cual atrajo a Vetilio hacia un desfiladero (¿quizás en Ronda?), donde rodeó a los romanos y los esquilmó hasta que sólo quedaron 6.000 supervivientes que huyeron hacia la costa. El mismo Vetilio fue hecho prisionero y un luso lo mató al no reconocerlo. Su cuestor, que se había refugiado en Carteia, reclutó a 5.000 hombres de las tribus aliadas de belos y titos y los envió contra Viriato, quien no tuvo mayor problema en derrotarlos.

Al año siguiente (148 a.c) Viriato se encontraba en la Carpetania cuando se vió atacado por 10.000 infantes y 1300 jinetes al mando del nuevo pretor, Cayo Plaucio. Viriato nuevamente utilizó sus dotes de estratega y fingió una huída, pero la presencia de 4.000 romanos que habían partido tras de él le obligó a volver sobre sus pasos y enfrentarse con sus perseguidores, a los que mató casi en su totalidad. Después cruzó el Tajo y se refugió en una montaña llamada de Venus. Plaucio lo siguió pero fue nuevamente derrotado y tuvo que abandonar la persecución.

Viriato había logrado aniquilar a dos ejércitos romanos y su fama se extendió, uniéndosele guerreros procedentes de todas partes. Llegó hasta Segovia para lograr una entente que no fue aceptada por los vacceos y demás tribus celtibéricas. Pero esto no le desanimó, y prosiguió en solitario su guerra contra los romanos y entre el 146 y 145 a.c venció a los pretores de la Citerior, Claudio Unimano y Cayo Nigidio.

El senado romano no podía soportar tal concatenación de humillaciones y decidió acabar definitivamente con Viriato. El gran general romano Escipión el Africano, logró que se nombrase para la Ulterior a su hermano Fabio Máximo Emiliano, y para la Citerior, a su íntimo amigo Cayo Lelio.

Fabio Máximo llegó a Orsona (¿Osuna?) y se trasladó a Gades, pasando el primer año adiestrando a sus tropas. Evitó enfrentamientos directos con los lusos, hasta que en 144 se preparó para atacar a las tropas de Viriato, las cuales llevaban tres años campando a sus anchas por la Bética y la Meseta. Fabio logró vencerlas y las huestes de Viriato sufrieron grandes pérdidas, viéndose obligadas a refugiarse en primera instancia en Baecor (¿Baecula, Bailén?), para luego dirigirse a Córdoba a pasar el invierno.

En el 143 a.c Viriato luchaba contra el nuevo gobernador de la Ulterior, Quinto -Pompeyo, cuando por fin llegó a un acuerdo con las tribus celtibéricas y junto a los arévacos, titos y belos, comienza la guerra numantina que duraría diez años. El senado romano se alarma ante la gravedad de la situación y envía a un cónsul de la casa de Escipión, Quinto Fabio Máximo Serviliano, hermano adoptivo de Fabio Máximo Emiliano, al mando de dos legiones (unos 20000 hombres). Serviliano se dirige a Itucci y Viriato se le enfrenta con 6.000 efectivos que fueron rechazados por los romanos. Serviliano recibe refuerzos de caballería así como diez elefantes provenientes de Libia y vuelve a la carga contra Viriato y en principio logra derrotarles, pero Viriato vuelve a enfrentarse a sus perseguidores y logra matar a 3.000 romanos, ataca su campamento y provoca que Serviliano tenga que retirarse a Tucci.

Pero la falta de víveres y de efectivos lleva a Viriato a retornar a la Lusitania para proveerse, lo que es aprovechado por Serviliano para atacar a los aliados de Viriato y posteriormente dirigirse a la Lusitania. Los guerrilleros Curio y Apuleyo, al mando de 10.000 hombres, atacan a las tropas de Serviliano y logran en principio apoderarse del botín de los romanos, pero Curio morirá en esta batalla y posteriormente los romanos recuperarán su botín. Serviliano someterá las ciudades de la Bética que se habían sublevado y capturará a 10.000 prisioneros, de los cuales 500 serán decapitados y los restantes vendidos como esclavos. Por su parte Máximo Emiliano hará prisionero al guerrillero Connobas, a quien perdonó la vida por haberse entregado, pero sus seguidores verán amputadas sus manos, castigo brutal que también era practicado por los lusos.

Mientras Serviliano sitiaba Erisana, Viriato aprovechó para atacar y arrinconar a las tropas romanas a un lugar del que no podían salir. En vez de acabar con ellos, Viriato les ofreció la libertad a cambio de un tratado de paz que lo reconociese como amigo de Roma y dueño de las tierras que ya dominaba. ¿Cómo pudo Viriato volver a confiar en los romanos que ya le habían traicionado años atrás? Puede que tomara esta decisión viendo el cansancio de sus tropas tras tantos combates. Los romanos, atrapados y sin otra opción, aceptaron la oferta y Roma la confirmó, aunque la consideró una afrenta.

El nuevo gobernador de la Ulterior, Servilio Cepión, hermano de Serviliano, escribió a Roma en 139 a.c y pidió que se anulara el tratado y que el senado le permitiera provocar a Viriato para obligarle a romper la paz y poder acabar definitivamente con él. En principio el senado no aceptó su petición, pero tras mucho insistir Servilio Cepión recibió autorización para declarar la guerra a Viriato, quién se retiró a Carpetania, y posteriormente se refugió en la Lusitania.

Servilio Cepión lo persiguió a través de las tierras de los vetones, aliados de los lusitanos, penetró por vez primera en el país de los galaicos y construyó una vía desde el Guadiana hacia el Norte, atravesando el Tajo. También estableció un campamento, Castra Servilia, cerca de Cáceres.

Viriato negoció la paz con el cónsul Lenas, superior de Servilio, pero Lenas mató a varios de los rebeldes, a otros les hizo cortar las manos y exigió la entrega de las armas, por lo que Viriato rompió las negociaciones y decidió probar mejor suerte con Servilio, y para ello usó como mediadores a Andas, Ditaleo y Minuro. Servilio recibió a los tres negociadores y siguiendo la costumbre de sus antecesores, decidió alcanzar por la conspiración lo que no había sido capaz de conseguir por las armas. A estos tres traidores les ofreció riquezas a cambio de que asesinaran a Viriato y así, cuando regresaron a su campamento, entraron de noche en la tienda de su caudillo, mientras dormía y le dieron muerte. Más tarde se presentaron ante Servilio para cobrar el precio de su vileza, pero el romano se negó a pagarles y los remitió al senado romano, quien también rechazó pagar el precio de tan infame acuerdo.

Muerto Viriato, sus fieles lo honraron con unas magníficas exequias fúnebres. Su cadáver engalanado fue quemado en una gran pira, y se hicieron un gran número de sacrificios. Los jinetes y guerreros armados desfilaron alrededor de su líder cantando alabanzas, hasta que se extinguió el fuego que consumía el cadáver. Cuenta Diodoro que sobre la sepultura lucharon doscientas parejas de guerreros, simulando los combates que en el pasado habían compartido con su jefe.

La vileza de los romanos provocó que los lusitanos se reorganizaran, y al mando de Tántalos se dirigieron contra las tropas de Cepión. La suerte no les acompañó y se vieron forzados a rendirse tras cruzar el río Betis. El sucesor de Cepión persiguió de modo tan cruel a los lusitanos que hasta sus mujeres decidieron seguir heroicamente a sus hombres en la lucha, y según Apiano, murieron sin ni siquiera emitir un grito de dolor. A tan brutal represión, hoy en día, lo llamaríamos un holocausto.

Décimo Junio Bruto pasó el Duero en el 137 a.c y se convirtió en el primer romano que pisó Galicia. Atravesó el Letheo (el Limia), conocido por los romanos como el río del olvido, ya que pensaban que todo aquel que lo cruzaba perdía irremisiblemente la memoria de quien era, el recuerdo de su familia y de todo su pasado. Sus huestes se negaron a seguirle, tan grande era el temor que les invadía, que Bruto se vió obligado a cruzar el río junto a sus generales y llamar por su nombre a los soldados que lo observaban aterrados desde la otra orilla, para demostrarles que no había perdido la memoria. Sólo entonces las tropas romanas se atrevieron a avanzar.

Tal era el profundo terror que despertaba entre los romanos la mágica Gallaecia, la última frontera occidental. Antes de que siquiera se atrevieran a hollar su suelo, los romanos sólo conocían de ella las leyendas que narraban historias de cómo en la costa de este finisterrae se podía oír el ruido que producía el sol al sumergirse en el mar, igual que un hierro al rojo vivo cuando se introduce en el agua. También contaban como las yeguas salvajes eran fecundadas por el viento y parían caballos de enorme bravura, que galopaban libres por las abruptas tierras gallegas.

En el 136 a.c Décimo Bruto logró conquistar la Gallaecia y de ella tomó su sobrenombre con el que pasaría a la historia. El romano también fortificó Olisipo (Lisboa) y exilió a los fieles soldados de Viriato a Valencia.

Viriato es el prototipo del guerrillero, que busca cansar al enemigo y lo ataca mediante emboscadas, aprovechando su rapidez y el factor sorpresa, simulando retiradas y dispersando sus tropas con gran celeridad, mientras impide que su enemigo acceda a su aprovisionamiento. No se limitó a pelear en su territorio si no que entabló batalla más allá de la Lusitania, a diferencia de los celtíberos que no osaron salir de sus tierras y al final murieron confinados en Numancia.

Viriato era un líder querido por su pueblo, generoso y austero, que cobraba impuestos a los hacendados y si era necesario estaba dispuesto a inmolar a los suyos. Fue capaz de vencer a las tropas del imperios y sólo la traición de aquellos en los que confiaba permitió a sus enemigos acabar con él. Por eso ha pasado a la historia como el gran héroe de la península ibérica.