viernes, 22 de agosto de 2008

El aire de difunto

La comarca de Moraña es rica en creencias y tradiciones esotéricas propias del ancestral legado cultural gallego. En esta ocasión me ocuparé de reflejar y transcribir los hechos que me fueron relatados acerca del Aire de Difunto, cuando en los años 80 realizaba un trabajo de antropología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Santiago de Compostela.

En la Moraña de aquellos tiempos aún sobrevivía la creencia ancestral de que el trayecto de la vida a la muerte era un intervalo especialmente dramático que podía afectar a las personas del ámbito más cercano al difunto. Se pensaba que en el momento en que el alma abandona al cuerpo, ésta puede quedar vagando en el plano terrenal durante cierto tiempo, sobre todo si el difunto era una persona que tenía cuentas pendientes de pagar en este mundo, lo que impedía que su alma viajara a su destino final.

En estos casos, el alma del difunto quedaba presa entre dos planos, el terrenal y el trascendente, lo que suponía especial peligro para aquellas personas que por diversas circunstancias se hallaban en una situación que las hacía especialmente susceptibles de convertirse en receptoras de influencias negativas. Tal es el caso de las embarazadas y sobre todo, de los niños pequeños.

Una vez dada cristiana sepultura a los restos del fallecido, empezaban a suceder una serie de acontecimientos que revelaban a sus familiares que el alma de su pariente no había culminado su viaje hacia el otro mundo, si no que seguía vinculada al mundo terrenal, para desgracia de su familia. Todo comenzaba con la sucesión de una serie de hechos anormales que acontecían en la propia vivienda familiar. De noche se podía oír el ruido que producían mesas y sillas de la habitación del difunto al ser arrastradas por el suelo y ante estos fenómenos, pronto cundía el desasosiego entre los habitantes de la casa.

A los pocos días, el niño pequeño de la casa comenzaba a mostrar signos de enfermedad. Día a día se le veía languidecer. No comía, sus lloros eran continuos y poco a poco iba se iba consumiendo en un deterioro progresivo que ni los médicos ni los sacerdotes sabían paliar. La muerte acechaba inexorablemente al joven y la familia desesperada veía como su vida se iba disipando.

Para liberar al chiquillo del padecimiento que le suponía el haberse convertido en receptor del aire del difunto que se había apoderado de su joven y desvalido cuerpo, existía un ancestral rito pagano que consistía en lo siguiente: Dos personas solteras de la vecindad, un hombre y una mujer, debían ir de noche al cementerio provistas de varias hierbas mágicas, y portando entre sus brazos al rapaz, se situaban ante el viejo olivo que se hallaba a la entrada del camposanto. Cogían el pie de la criatura y con una tiza marcaban su contorno en la rugosa corteza del árbol. Después la raspaban obteniendo la forma de su piececillo y se dirigían a la entrada del cementerio. Si entraban por la puerta debían salir por la ventana y si entraban por la ventana debían salir por la puerta.

Una vez en el interior del cementerio, con el niño en brazos, se dirigían a la tumba del fallecido cuya alma había poseído el frágil cuerpo del joven. Sobre la lápida quemaban las hierbas, la ropa del niño y la corteza del olivo en forma del pie (pude comprobar como ese olivo tenía grabadas las marcas con las formas de varios pies infantiles).

Después recitaban la siguiente oración:
Señor/a……(nombre del difunto),
Sáqueme o aire de morto de este meniño y déme o de vivo.
Co do morto no me conforto,
Co do vivo dáme suspiro.

Milagrosamente, al día siguiente el niño volvía a coger teta y se alimentaba y poco a poco su frágil salud se iba restableciendo.

Así era la ceremonia para paliar el Aire de difunto en Moraña, Pontevedra.