viernes, 22 de agosto de 2008

Exorcismo en los Milagros de Amil. Moraña. Pontevedra

Cuando al principio de los años ochenta realicé un trabajo universitario de antropología en Moraña (Pontevedra), el personaje de esta historia era ya una mujer de cuarenta años, casada y madre de dos hijos. Accedió a la entrevista porque porque la persona que me llevó hasta ella era la farmacéutica de Moraña, amiga de mi primo Ramón Torres, médico de Caldas de Reis.

La entrevisté mientras trabajaba en una leira bajo los efectos del abrasador sol de agosto, la cabeza cubierta con una pañoleta, y bajo ésta, una hoja de berza. Me miraba con curiosidad mientras yo accionaba mi grabadora y la colocaba sobre el techo de mi automóvil.

El motivo de mi interés por esta mujer era que hacía muchos  años, cuando era niña, había sido la endemoniada más conocida de toda la comarca. A su lado, otros paisanos pararon la labor, y descansando sus sachos, avalaron con la aquiesciencia de su mirada el relato que esta campesina tuvo a bien compartir conmigo.

Resulta que esta mujer, cuando niña, fue una de las muchas endemoniadas exorcitadas por el célebre Don Pedro, cura párroco de la iglesia de los Milagros de Amil, donde aún hoy en día acuden decenas de personas aquejadas de dolencias que atribuyen a los efectos del maligno. Era Don Pedro un personaje singular, sacerdote de fuerte carácter que decía siempre que los curas eran figura de autoridad y que por lo tanto tenían que montar a caballo, quizás como símbolo de su pertenencia al orden ecuestre. Capítulo aparte merece esta celebridad local.

Todos los testigos aseveraban que cuando niña esta mujer, de nombre María, comenzó a comportarse de forma tan extraña que provocaba el miedo y respeto de su familia y vecinos. Me hizo gracia que la primera prueba que me indicaban acerca de lo anómalo de su conducta es que comenzó a dejar de contribuir a las labores de su casa para aportar su trabajo a los vecinos. No ayudaba en casa y si lo hacía cooperando en los quehaceres ajenos. ¿Existe mayor síntoma de anomalía para un labrego galego? Yo me sonreía interiormente pero seguí escuchando con atención mientras mi grabadora seguía levantando testimonio del relato.

Cuando los padres de María iban a la huerta del vecino para llevarla a casa, ésta huía, pero no caminando como sería de esperar, si no que corría sobre el alambre de las vallas que separaban las lindes de las fincas, ante el estupor de propios y extraños.

Los padres de María vivían en un permanente desasosiego. Un día, estando en la casa, su madre murmuró. “ Si soubera que Don Pedro está na igrexa, levaba a nena pra ver si él era capaz de librala do demo”. María, que entonces no tenía más de siete años respondió: “Está, está. O cabrón está rezando por min”. La madre palideció y corrió a contarle a su marido lo que acaba de oír. El padre y un tío de María la cogieron cada uno por un brazo e intentaron subir la cuesta que separaba su casa de la iglesia. Tardaron cerca de una hora en recorrer los escasos metros que los separaban de la ermita, porque aquellos dos recios labriegos no eran capaces de arrastrar a la niña que se resistía a ser llevada hasta el lugar sagrado, mostrando una fuerza sobrehumana.

Por fin lo consiguieron y agarrando con toda su fuerza a la posesa, llamaron a la puerta de la iglesia. Apareció Don Pedro y les dijo que se fueran y que dejaran a la niña con él. La agarró por los pelos y la introdujo en la iglesia. Don Pedro fue por su estola y comenzó a golpearla con ella, con tal virulencia que derribaba los bancos de la iglesia mientras gritaba: “¿En que che o deron, en que che o deron?” (¿En qué te lo dieron? ¿Cómo recibiste al demonio?).

Ante la fuerza de los golpes que le propinaba el cura, la pequeña niña acabó por desfallecer y cayó al suelo. Y mientras por su boca salía una espuma como de perro rabioso, contestó “En bolo quente, en bolo quente” (En pan recién hecho).

Acabada la ceremonia, la niña volvió a comportarse como una rapaciña de su edad. No volvió a mostrar la rebeldía de antaño, ni trabajo en tierras ajenas ni mostró ningún otro síntoma de posesión. Creció normalmente, se casó y fue madre. Y cuarenta años después, yo la entrevistaba en aquella leira de Moraña.

La mitología gallega estaba repleta de relatos como éste. Con el paso de los tiempos y la llegada de la cultura al rural, afortunadamente todo ésto es apenas un recuerdo del pasado. Pero no olvidemos que durante los oscuros siglos pasados estas creencias eran frecuentes y asumidas como reales. Si no lo creéis, preguntar a alguna persona mayor por Don Juan y los exorcismos que se practicaban en los Milagros de Amil.