domingo, 9 de noviembre de 2014

La estela de Ategua

Las estelas del SO de la Península Ibérica

En la región SO de la Península Ibérica se han identificado más de cincuenta estelas de piedra decoradas con grabados, que han sido datadas entre el Bronce Final y los inicios de la Edad de Hierro, en lo que algunos consideran que fue el comienzo del mundo tartésico. Las estelas se concentran principalmente en Extremadura, Sevilla y Córdoba, cerca de lugares estratégicos para el control del cobre y la plata procedentes del entorno de Río Tinto, de las minas de Sierra Morena, de la ruta hacia las explotaciones de oro del NO o en zonas próximas a vías fluviales.

También se han encontrado estelas de este tipo en lugares como Valpalmas (Zaragoza) o muy recientemente, en noviembre de 2014, en Chillón (Ciudad Real). Incluso en Galicia, en 2012, se halló una estela en Castrelo do Val (Verín. Ourense), en la que aparece grabado un guerrero con su espada y la vaina, una lanza, lo que pudiera ser una lira homérica y un carro. Esta estela tiene una gran importancia porque demuestra la conexión de Galicia con la zona SO peninsular a través de la Vía de la Plata.

  Pedra Alta de Castelo do Val (Verín. Ourense)
(Museo Arqueológico de Ourense)

No existe consenso en lo que se refiere a la función que desempeñaban las estelas de guerreros. Almagro y otros muchos autores consideran que tenían carácter funerario y que se hincaban en el suelo señalando el emplazamiento de un tumba; pero la verdad es que hasta el momento no se ha encontrado ninguna asociada a una sepultura. Otras hipótesis plantean que se trata de delimitaciones territoriales o que conmemoran determinados acontecimientos, como por ejemplo señalar el lugar en el que murió algún importante guerrero en el curso de una batalla. Además, el hecho de que las estelas se hinquen en el suelo puede ser una representación de que esa comunidad tenía sus “raíces” en ese lugar concreto.

Según otras interpretaciones, las estelas son la muestra del comienzo de cierta jerarquización social. Para Aubet, la estela de Ategua indicaría el nacimiento de una “aristocracia tartesia” surgida durante el período orientalizante. 

Durante el Bronce Final tiene lugar una división del trabajo que lleva a la progresiva definición de los roles. Las estelas muestran la exaltación social de un rol claramente de prestigio como es el guerrero, pero dentro de comunidades que aún carecen de un orden social estricto que vendría determinado por la propiedad de los recursos económicos. Este proceso culmina en la Edad de Hierro con la estratificación social plena, cuando el caudillo guerrero se erige como árbitro en los conflictos y controlador de los medios de producción y de la redistribución de la riqueza.

La tipología y forma de las representaciones de estelas decoradas coincide con la que aparece en los vasos cerámicos del Geométrico griego (900-700 a.C). 

Cratera de Dipylon (Metropolitan Museum New York)

El Geométrico se caracteriza por la cerámica de fondo negros con profusa decoración (horror vacui), presencia de trazos rectilíneos y representaciones simbólicas de animales y personas. Al igual que pasa con las estelas, las figuras aparecen representadas como motivos geométricos esquemáticos a modo de dibujos infantiles.

La estela de Ategua

La estela de Ategua fue encontrada en el yacimiento arqueológico del mismo nombre, situado en un cerro en la pedanía de Santa Cruz, a unos 30 Km de Córdoba. Desde este lugar se domina visualmente un amplio territorio de llanos y vegas regadas por el río Guadajoz. Destaca su muralla ibero-romana, pero su importancia arqueológica está aún por descubrir, ya que apenas se ha excavado un parte ínfima del total que aún permanece oculto. Aunque Martín Bueno y Cancela afirman que Ategua ya era habitada en el Calcolítico, la primera población documentada data del Bronce Final, en el siglo IX a.C.

Al SO del yacimiento, en el cortijo de Gamarrilla a unos 500 m de las murallas que dan a la ribera del río, se halló en 1968 una estela decorada de guerrero datada entre los siglos VIII y VII a.C., que  actualmente se puede ver en el Museo Arqueológico Provincial de Córdoba. Su datación correspondería al final de la Edad del Bronce y comienzos del reino de Tartessos.

La estela es una losa de roca caliza de 163 cm de alto, 78 cm de ancho y 34 cm de grosor, con una fractura en la parte superior, erosiones en los laterales y arañazos en la cara principal, sobre la que se han realizado unos grabados que dejan al descubierto la capa inferior de la roca, de distinto color que la superficial. La parte inferior de la estela es de forma apuntada y carece de grabados, ya que su función era ser enterrada en su emplazamiento original.


Vamos a ver las numerosas semejanzas rituales, tipológicas y formales, existentes entre la estela de Ategua y los vasos del Geométrico, como el del Maestro del Dipylon (750 a.C) que se conserva en el Museo del Louvre y que representa la exposición pública de un cadáver en su lecho fúnebre y rodeado de plañideras.


En ambos casos en la parte superior aparece una figura humana de gran tamaño dibujada con trazos rectilíneos, con el cuerpo decorado con sencillas figuras geométricas a modo de posible coraza; junto a él se muestran sus armas, una especie de espejo y el objeto que puede ser interpretado como un peine o un “phorminx” o “lira homérica”.


Debajo aparecen dos imágenes que representan, al igual que en los vasos funerarios griegos, una “prothesis” (exposición pública del cadáver). Una es el difunto bajo el cual aparece un rectángulo que representa la pira funeraria. La otra figura levanta una mano hacia la cabeza, en un claro gesto de dolor y lamento que aparece en la mayoría de los vasos del Geométrico.


En el siguiente nivel se muestra el carro representado desde arriba, a “vista de pájaro” y como desmontado en piezas. Tras él aparece una persona que pudiera ser el conductor del vehículo o el propio difunto.

En la parte inferior aparecen dos grupos de cuatro y tres personajes que tienen sus manos enlazadas. Pueden tratarse de los hijos del difunto, de plañideras o de un grupo de guerreros. Este tipo de representación es muy frecuente en los vasos del Geométrico y se vincula a la música del phorminx y a los cantos y danzas fúnebres o de guerreros.

A continuación voy a describir con más detalle cada uno de estos grabados.

Los grabados


En la parte superior de la estela destaca el grabado más grande de todo el conjunto. Se trata de un  guerrero en posición estática, con los brazos caídos, lo que indica claramente que está muerto. Su cuerpo está decorado con figuras geométricas a modo de posible coraza. A su lado están sus armas: a su izquierda el escudo redondo y a su derecha la lanza (interpretada por Almagro como un arco) y la espada. Entre estas dos armas están representados un espejo y un peine que para algunos investigadores pudiera ser un “phorminx”.

El escudo redondo de borde continuo está datado en el siglo VIII a.C o posteriores. La espada es muy difícil de identificar debido al esquematismo de la representación.

El espejo es un elemento característico de las estelas y su presencia es frecuente en ámbitos funerarios mediterráneos. En los mitos clásicos existen varias referencias a los espejos vinculados con la muerte. Entre otros podemos citar el de Medusa, que quedó petrificada al contemplar su reflejo en el escudo de Perseo, lo mismo que Dionysos cuando vió su imagen en el escudo creado por Hafaistos.

En el segundo nivel y bajo los pies del guerrero hay una figura humana tumbada. Se trata del cadáver del guerrero que yace sobre un lecho o pira funeraria. A la izquierda un acompañante se lleva la mano a la cabeza, en actitud de lamento o doliente. Puede tratarse de una plañidera o de un familiar que se despide del difunto. 


El último elemento de este nivel se encuentra en la parte inferior donde aparecen dos animales cuadrúpedos posiblemente destinados al sacrificio ritual.

En el tercer nivel vemos el diseño de un carro de dos ruedas visto desde arriba, con sus piezas como si estuvieran desmontadas, como sucede en todas las estelas del SO de la Península. Almagro Bosch plantea erróneamente que se trataba de carros de cuatro ruedas relacionados con los carros rituales de la cultura de los campos de urnas. Al ser tan esquemática la representación, Almagro interpreta como un segundo par de ruedas lo que en realidad son los asideros curvos que facilitan el acceso. Actualmente hay coincidencia en que todos los carros representados en las estelas de guerreros son tirados por bigas (dos caballos), al igual que sucede habitualmente en los carros griegos. En todas las estelas los caballos que tiran del carro suelen ser representadas como si estuvieran tumbados. 

Otra característica es que todos estos carros tienen cajas en forma de “D” con el frente en la parte curva, característica de los carros ligeros de dos ruedas de Grecia. En su parte trasera la caja muestra dos asideros que a menudo se representan a gran tamaño, lo que ha llevado a que sean confundidos con otro par de ruedas. Estos asideros no son comunes en los carros de Próximo Oriente, fenicios, asirios ni en el área egea, salvo en las representaciones del arte Geométrico griego en las que el tipo de carro que más aparece representado es el de "barandilla"o "asidero hipertrofiado", muy parecido al modelo de las estelas del SO ibérico.


Además, los carros que aparecen representados en este tipo de estelas siempre son de dos ruedas con radios, no macizas. En el caso de la estela de Ategua se distingue que se trata de un carro de cuatro radios, lo mismo que los carros egeos desde época micénica en adelante, lo que los diferencia de los carros chipriotas y de Próximo Oriente que tienen de siete a doce radios. Otra similitud con los carros griegos del Geométrico la encontramos en que el eje aparece siempre en posición central bajo la caja, a diferencia de los chipriotas, sirios y asirios en los que el eje se situaba en la parte trasera de la caja.

Reproducción del carro encontrado en la tumba 17 de La Joya (700-501 a.C) 
(J. Jiménez Ávila). Museo Arqueológico de Huelva.

En conclusión, los carros que aparecen en las estelas del SO corresponden al modelo griego descendiente del micénico, de planta curva,  eje en el centro de la caja ligera con barandilla provista de grandes asideros traseros y ruedas de cuatro radios. (Crouwel,  J.H.• (1981): Chariots and other means of Land transport in Bronze Age Greece) (Muzzolini (1988): "Les chars des stéles du sud-ouest de la Péninsule Ibérique, les chars des gravures rupestres du Maroc et la datation des chars sahariens")

Continuamos con nuestro repaso por los diferentes motivos que aparecen en la estela de Ategua y vemos que a la derecha del carro está el conductor, que pudiera ser la persona encargada de transportar el cadáver o el propio difunto que se apresta a emprender su viaje al más allá y que por ese motivo el carro siempre se represente a “vista de pájaro”. Sobre la cabeza de este conductor descansa un objeto semiesférico con cinco líneas rectas. No he leído ningún trabajo que repare en este detalle, pero a mi entender tiene mucha semejanza con un “phorminx”.


El “phorminx, forminge o lira homérica” era uno de los más antiguos instrumentos musicales de la Grecia antigua y a menudo aparece representado en las estelas, lo que nuevamente parece indicar la existencia de contactos con el mundo cultural griego, mucho antes del Tartessos orientalizante. Se trata de un instrumento mezcla de lira y citara, con una caja de resonancia en forma de “D” a la que iban sujetas entre de dos y siete cuerdas, generalmente cuatro pero a veces hasta trece (estela de Valpalmas), que por la parte superior se fijaban a una traviesa sujeta entre los dos brazos del instrumento. Las representaciones de phorminx a menudo son confundidas con peines, pero en algunos casos el recuento de las “púas” nos lleva a pensar que se trata de este tipo de instrumentos de cuerda.

Phorminx (M.Wegner)

La presencia de instrumentos musicales en las estelas evidencia que eran empleadas en ceremonias y actos sociales como festivales o funerales y que probablemente serían acompañadas por cantos y poemas épicos o funerarios. Si bien aparecen asociadas a la élite de los guerreros, es razonable pensar en la existencia de “aedos” o cantores que componían y recitaban poemas épicos acompañados de instrumentos musicales, quizás ensalzando gestas en las ceremonias guerreras, aunque también tendrían otro repertorio de cantos festivos y funerarios.

Por último, en el cuarto nivel situado bajo el carro, aparecen dos grupos de cuatro y tres personas respectivamente, cogidas de la mano. Las del primer grupo, situado a la izquierda, son de menor tamaño y tiene ojos, nariz y boca. Para algunos autores podrían ser los hijos del guerrero. 


Las tres del otro grupo son más altas y estilizadas y carecen de dibujo en la cara. Se trataría de plañideras o de un grupo de guerreros.


Los ritos de transición

En diferentes lugares y épocas existe la creencia de que al morir, el individuo debe llevar a cabo un tránsito al Otro Mundo, un viaje o periplo temporal en el transcurso del cual tendrá que someterse a pruebas o juicios de los que dependerá su futuro en la sociedad de los no-vivos. Robert Hertz los denomina los “períodos intermedios”.

El concepto “ritos de paso” fue acuñado por Arnold Van Gennep (1909) y describe esta situación transitoria o estado intermedio que corresponde a la fase de esos transportes rituales, en la que el difunto se encuentra en la antesala del más allá una vez que ha abandonado el mundo de los mortales. Ya ha dejado de tener los rasgos propios de un ser vivo, pero aún no ha adquirido su nueva condición final en el mundo de los muertos. Se trata por lo tanto de un umbral en el que el difunto se encuentra en un estado de ambigüedad, a medio camino entre mundos separados e incompatibles, aunque conectados por canales. Victor Turner describe este período en que el pasajero ritual “ya no es lo que era, pero todavía no es lo que será”.

Los ritos de transición surgen de la inseguridad inherente a los momentos de cambio. Están concebidos para que el fallecido acepte que debe pasar al mundo de los muertos y para ayudar a su espíritu a que alcance su destino final, concluyendo con éxito su viaje. Sin los ritos sería imposible esta transición.

Según Van Gennep los ritos de paso tienen una estructura sencilla que obedece a una lógica universal y que pasa por tres fases:

-       Separación: comprende la conducta simbólica mediante la que se expresa la separación del individuo o grupo. En el caso de los ritos funerarios el espíritu del fallecido pasa del plano material al sagrado, lo que desencadena una manifestación exagerada del dolor, como la de las plañideras y que en la estela de Ategua está representada en la figura de la persona que se lleva la mano a la cabeza en actitud doliente.
-       Liminalidad (de limen “umbral”): en esta fase de transición las características del sujeto ritual son ambiguas, ya que atraviesa por un estado que carece de los atributos propios del anterior o del venidero. No tiene estatus, rango, posición ni propiedad. En el rito funerario esta fase comienza con los sacrificios y el transporte del cadáver.
-       Agregación (reagregación o reincorporación): se consuma el paso y el sujeto ritual alcanza un estado estable, con sus derechos y obligaciones. Concluye el ritual con cánticos y danzas y el fallecido, transformado en ancestro, es integrado en el imaginario de la comunidad

El ritual es una forma de expresión cultural en la que se vincula lo sagrado con lo profano, a través de prácticas religiosas organizadas mediante rituales públicos. Como consecuencia de la interacción humana en estos ritos surge el concepto de sociedad en cuanto comunidad, poco o nada estructurada, de individuos iguales que se someten a la autoridad de las personas, generalmente ancianos, que controlan el ritual.

Veamos cómo se describe este tipo de rituales de transición en La Ilíada” de Homero:

"Pronto la gente del pueblo, unciendo a los carros bueyes y mulos, se reunió fuera de la ciudad. Por espacio de nueve días arrearon abundante leña; y cuando por décima vez apuntó Eos, que trae la luz a los mortales, sacaron, con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira y le prendieron fuego.

Más, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos, de rosados dedos, se congregó el pueblo en torno de la pira del ilustre Héctor. Y cuando todos se hubieron reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira a la que la llama había alcanzado; y seguidamente los hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndoles las lágrimas por las mejillas, recogieron los blancos huesos y los colocaron en una urna de oro, envueltos en fino velo de púrpura.

Depositaron la urna en el hoyo, que cubrieron con muchas y grandes piedras, amontonaron la tierra y erigieron el túmulo. Habían puesto centinelas por todos lados, para vigilar si los aqueos, de hermosas grebas, los atacaban. Levantado el túmulo, volviéronse; y reunidos después en el palacio del rey Príamo, alumno de Zeus, celebraron el espléndido banquete fúnebre.

Así celebraron las honras de Héctor, domador de caballos ".

Como conclusión podemos decir que las escenas que aparecen representadas en la estela de Ategua, corresponden a la estructura general de todos los rituales de transición y puesto que este tipo de ritos tienen carácter universal, no se pueden atribuir a una tradición egea en contraposición a la indoeuropea.

Las estelas y el mundo cultural tartésico

Para terminar este artículo haré una breve referencia a este tema sumamente complejo, como todo lo que rodea al enigmático Tartessos. El motivo es que el área de difusión de las estelas grabadas es prácticamente coincidente con la de la “cerámica de retícula bruñida”, considerada como tartésica y que aparece en los ajuares de las tumbas de “La Joya”.

Ajuar de La Joya (Museo Arqueológico de Huelva).

Si bien la cultura del SO de la Península Ibérica anterior al contacto con los fenicios, que se produjo desde la segunda mitad del siglo VIII hasta el siglo VI a.C., tiene un importante componente indígena, los principales hallazgos arqueológicos de los que disponemos son las estelas grabadas y la cerámica con decoración bruñida, que parecen relacionarse más con una influencia mediterránea oriental que tuvo lugar a comienzos del siglo VIII a.C. También la presencia de objetos considerados exóticos (espejos, peines, fíbulas, carros, cascos con cuernos) apunta a esta misma influencia.

Fragmento de peine de marfil. Bronce Final. Museo Arqueológico de Huelva.

Según M. Bendala Galán (Las estelas decoradas del SO y orígenes de Tartessos), la difusión de las estelas grabadas es un indicio de que se produjo una inmigración de pueblos que trajeron sus armas, carros de batalla, ritos funerarios, música y cantos, incluso su propia escritura, lo que provocó un enorme cambio cultural en la población indígena de la Edad de Bronce en el SO penínsular.