sábado, 4 de febrero de 2012

El mal de ojo


En los años 80, cuando cursaba primero de carrera en la facultad de Psicología de Santiago de Compostela, realicé unos trabajos de antropología en el concello de Moraña, contando con la inestimable colaboración de mi primo Moncho que era médico en la vecina localidad de Caldas de Reis. Gracias a él pude entrevistar a varios paisanos que me relataron sus creencias y experiencias acerca del  “mal de ollo”.

La superstición del mal de ollo aparece en multitud de culturas. En Galicia la creencia popular establece que está causado por la envidia de una persona, que recurrirá a una meiga o a alguien que tenga el poder de mirar mal (forza na vista), para causar daño a la persona a la que envidia, a sus allegados, su ganado o sus cultivos.

Las personas  con “forza na vista” son capaces de provocar graves daños a quien miren, aunque muchos de ellos no tengan intención de perjudicar a nadie. Tienen esa facultad y a veces no pueden controlarla, por lo que casi siempre  ocultan su mirada bajo unas gafas y dirigen su vista hacia el suelo, evitando mirar a nadie directamente para no causarle mal.

A las personas que sufren este maleficio se les  denomina aollados y son especialmente vulnerables las mujeres, embarazadas ó no, los niños, los novios. Los síntomas del mal de ollo recuerdan mucho a los de la depresión: tristeza inmotivada que provoca llanto, dolores de cabeza, abatimiento, desgana, pérdida de apetito, insomnio. Además el aollado suele tropezar con frecuencia, caerse al suelo, equivocarse al hacer las cosas, o estar mucho tiempo enfermo sin que el médico encuentre el motivo.

En lo que se refiere a los animales, puede pasar que una vaca que era muy buena produciendo leche no dé ni gota de un día para otro, o que no pueda alimentar a su ternero porque no dé calostro sino sangre. De igual forma el mal de ollo puede hacer que se pierda una cosecha entera de vino, millo o cualquier otro producto agrícola.

Para librarse del mal de ollo se puede recurrir a varios remedios (agua bendita, llevar una bolsa con ajo colgada del cuello, quemar cuernos de carnero, usar como amuleto los cuernos de vacaloura), o recurrir a otra meiga o a un cura para que lo saque. Incluso existen métodos para que el maleficio se vuelva contra la meiga mala que lo realizó.

Tuve oportunidad de conocer a dos mujeres que tenían “forza na vista”. La de Moraña era una mujer de unos sesenta años, de mirada esquiva y oculta tras unas gafas con gruesos cristales, que se negó a contestar mis preguntas sobre su “poder”. Vino caminando por una corredoira avisando a los niños pequeños que se apartaran de su camino y que no la miraran, mientras ella giraba ostensiblemente la cabeza para que se percibiera claramente que  hacía todo lo que estaba en su mano para no fijarse en ellos. Me imagino lo difícil que debía ser su vida ya que sus vecinos la miraban con desconfianza y cierto miedo, y la culpaban de una gran cantidad de sucesos anómalos y desgracias, por lo que esta pobre señora apenas tenía relación con el resto de los aldeanos.

A la otra mujer la conocí bastante tiempo antes, cuando tenía unos trece o catorce años y veraneaba en Santa Uxía de Ribeira en casa de mi tío Luis. Mi tío tenía una preciosa finca en el Chazo, en Boiro. Pegada a su muro había una pequeña casa de piedra en la que vivían tres meigas que eran hermanas y conocidas como las “cabecas”. En esta casa de piedra las cabecas regentaban un pequeño bar al cual me llevaba mi tío Luis, que no creía en las supercherías de los vecinos que apenas se atrevían a tratar con estas mujeres. Mientras él tomaba el aperitivo yo daba cuenta de un refresco y unas galletas. Recuerdo que el interior era muy pobre, apenas una barra y unas sillas, y oscuro como la cueva de un lobo aún en pleno día. La única luz provenía de decenas de velas de cera situadas en la barra y entre las piedras de las paredes, y que iluminaban el local con una luz tenue y lúgubre. La barra la atendía una de las hermanas, una meiga de avanzada edad, con unas gafas de gruesos cristales y que sólo miraba de refilón a mi tío, evitando en todo momento fijarse en mí. Mi tío me explicó que era porque pensaba que tenía forza na vista y que si me miraba podía hacerme daño.

Debido a que todo el pueblo las acusaba de meigas, las tres hermanas vivían aisladas, nunca se casaron y tenían que ganarse la vida con mucho esfuerzo. Sus ingresos procedían de lo que obtenían por sus hechizos, lo poco que les daba el bar, el trabajo en alguna finca y lo que sacaban  pescando. Recuerdo perfectamente que un día mi tío Luis me preguntó si quería ir a pescar con María Cabeca.  Yo le dije que si, y ahí me fui, un niño de ciudad ayudando a meter la dorna en el mar a una anciana vestida como las paisanas de antes, de negro y con refajos. María Cabeca llevaba los remos y recuerdo que el oleaje era muy fuerte, lo que me llevó a preguntarle si sabía nadar, a lo que me contestó. “eu si caigo ao mar voy pra o fondo como o chumbo”.


Bueno, siento haberme desviado del tema un poco, pero creo que también tiene su interés saber cómo vivían  esas meigas, unas mujeres independientes, temidas y despreciadas por el resto de los vecinos, aunque alguno de ellos, amparándose en la noche para no ser visto, acudiera a verlas para pedirles que realizaran algún conjuro o algún maleficio.