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lunes, 26 de enero de 2026

Exvotos iberos de caballos de Luque (Córdoba)


En los lugares de Las Retamas y La Mesa, unos expoliadores que se encontraban a la búsqueda de monedas antiguas, hallaron 77 placas de piedra con figuras de caballos en unos campos que estaban siendo roturados. Estos grabados se vendieron en el mercado ilegal de antigüedades y a la mayor parte de ellos se les perdió definitivamente la pista. Actualmente 17 de estas piezas se conservan en la colección de Alhonoz (Puente Genil).

Los relieves con figuras de caballos hallados en Luque están datados en los siglos II-I a.C. y debían formar parte de un pequeño santuario, que no ha podido ser hallado, y en el que se ofrecían exvotos de caballos a una deidad desconocida. Probablemente este lugar sagrado sería una cueva excavada en una zona de roca caliza, como sucede con los santuarios de El Cigarralejo (Mula) y Pinos Puente (Granada). Tanto en Pinos Puente como en Luque se han hallado exclusivamente exvotos de équidos, lo que revela la existencia de una divinidad vinculada al culto del caballo.

Las placas halladas en Las Retamas de Luque tienen distintos tamaños, que van de 14-59 cm de largo, 13-27 cm de ancho y 5-11 cm de grosor. Los grabados fueron realizados sobre piedra arenisca empleando el método de grabado de líneas incisas con un objeto punzante, y en otros casos mediante la técnica de relieve, dibujando la forma del caballo y rebajando la piedra hasta modelar la figura.

Estos relieves se pueden clasificar en tres grupos: los de iconografía simple y básica, los que representan caballos al galope y con largo cuello y cola, y los de tipo naturalista. En este último grupo podemos distinguir los relieves de caballos en los que se ven las crines y los cascos, los de cuerpos alados rectangulares, los de alto-relieve con atalajes y los de alto-relieve sin atalajes (Cuadrado-Ruano. 1989). Si bien no parece que el sexo del animal tuviera importancia, en la mayor parte de las piezas no aparece representado, por lo que se supone que se trataría de hembras. 

Relieve de dos équidos labrados sobre una piedra arenisca de grosor uniforme. Es una pieza muy artística y bella, única en el arte ibérico. En ella vemos a una pareja de caballos que se sitúan uno enfrente del otro protegiendo a su cría, que se refugia entre ellos. El caballo de la derecha (¿macho?) es de mayor tamaño y tiene el cuerpo muy alargado. El de la izquierda (¿hembra?) es menor, tiene las orejas dirigidas hacia delante, su cola es pequeña y se aprecian claramente los cascos. La cría está representada en perspectiva frontal mostrando la cabeza (prótomo) y las patas delanteras.

Los motivos representados en los grabados y en los relieves más sencillos son muy básicos, de menor tamaño y escaso valor artístico, por lo que probablemente fueron realizados por los propios fieles, unos más hábiles que otros, tal vez dentro de un ritual previo a la ofrenda.

Grabado de équido en piedra arenisca de grosor variable realizado con punzón fino. La cabeza del caballo es pequeña y no guarda proporción con el cuerpo.

Los exvotos grandes en alto-relieve que muestran a caballos galopando en la misma dirección, o uno frente a otro, es posible que formaran parte de un friso y que fueran creados en un taller local cercano al santuario.

Relieve con dos équidos esculpidos sobre una placa de roca arenisca de tendencia trapezoidal y grosor prácticamente uniforme. Los caballos caminan lentamente hacia la izquierda. Sus cuerpos son alargados, bien proporcionados y en la cabeza se aprecian las orejas triangulares ligeramente inclinadas hacia delante. Una línea horizontal marca el límite inferior del relieve y por debajo unas líneas horizontales y verticales forman un reticulado dividido en dos partes separadas por seis líneas oblícuas.

Dentro de la cultura ibera tenemos constancia de la existencia de una aristocracia guerrera ecuestre desde el siglo V a.C. En las necrópolis iberas conocidas, los restos de guerreros que han aparecido habían sido incinerados, mientras que los caballos que los acompañaban fueron inmolados y colocados a su lado formando parte del ajuar funerario. El sacrificio de un animal de tanto valor sin duda suponía un considerable gasto económico y por lo tanto sólo estaba al alcance de las familias con más recursos económicos.

Pero en lo que se refiere a los exvotos de caballos, su función era muy distinta. Las representaciones de équidos en placas líticas eran comúnes en el ámbito púnico y problablemente fueron adoptadas por las poblaciones iberas. La elaboración de un relieve en piedra o madera mediante incisión resultaba muy económico y fácil de realizar. Los aspectos estéticos carecían de importancia, ya que bastaba con representar al animal para luego poder ofrecerlo a la divinidad. Como todos los exvotos, se trata de ofrendas simbólicas depositadas por los fieles en el santuario para cumplir una promesa o dar gracias a la divinidad, por haber sanado a un animal de su enfermedad, por un parto sin complicaciones o por la fecundidad de las yeguas.

Recreación de uno de los exvotos en el santuario (IA)

La presencia de exvotos similares en distintos santuarios ibéricos apunta a la existencia de un culto al caballo ampliamente difundido, similar al de la diosa Epona, deidad vinculada a los caballos, al agua, la fertilidad y la muerte. Otra posibilidad es que los exvotos se ofrecieran a un despotes hippon, un dios domador de caballos, figura recurrente en el arte ibérico en santuarios y contextos funerarios. Estos cultos existían desde al menos el siglo IV a.C. y continuaron hasta bien entrada la época romana.


Bibliografía

J.M. Blázquez Martínez. Dioses y caballos en el mundo ibérico.

E. Cuadrado Díaz y E. Ruano Ruiz. Esculturas de équidos procedentes de la colección de Alhonoz (Puente-Genil, Córdoba). Trabajos de Prehistoria 46.

M. P. García-Gelabert Pérez y J. M. Blázquez Martínez. Dioses y caballos en la Iberia prerromana.

J.A. Morena López. Santuarios, caballos y dioses en el Valle del Guadajoz.

J.A. Morena López. El culto al caballo en la provincia de Córdoba durante la época ibérica: el caso de Luque. 


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.


Aviso: 
Parte del material gráfico incluido en este estudio ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial para la visualización, reconstrucción o mejora técnica de las imágenes. Dichos procesos se han aplicado exclusivamente con fines ilustrativos y siguiendo criterios de rigor científico, sin alterar ni reinterpretar los datos arqueológicos documentados.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Tabula Lascutana

 

La Tabula Lascutana es la inscripción romana más antigua encontrada en la Península Ibérica. Se trata del resumen de un decreto del general romano Emilio Paulo, escrito en latín arcaico y emitido el 19 de enero de 189 a.C. 

El texto se grabó por incisión en una tabla de bronce de 22,4 cm de largo, 14,5 cm de alto y 0,2 cm de grosor. El Bronce de Lascuta fue descubierto en 1866 cerca de Alcalá de los Gazules (Cádiz). Poco tiempo después de su descubrimiento fue adquirido y exportado ilegalmente por el ingeniero polaco Ladislao Lazeski, quien lo sacó de España y lo llevó a París. Posteriormente, el profesor Longpérier la llevó al Museo del Louvre para su estudio, donde aún permanece a día de hoy.

En este documento jurídico se considera hombres libres a los siervos de los habitantes de Asta (¿Asta Regia?), mientras el senado y el pueblo de Roma así lo estimen.

L(ucius) Aemilius, L(ucii) f(ilius) imperator decrevit / ut qui hastiensium servi /in Turri Lascutana habitarent / liberi essent, agrum oppidumque /quod ea tempestate possedisent /item possidere habereque /iussit dum populus senatusque / Romanus vellet. Act(um) in castris / a(nte) d(iem) XII k(alendas) febr(uarias)

Lucio Emilio, hijo de Lucio, imperator, decretó que los siervos de los hastenses que habitaran en la torre de Lascuta fuesen libres; y ordenó que, del mismo modo, poseyeran y mantuvieran el territorio y el núcleo urbano que en ese momento habían poseído, mientras fuera voluntad del pueblo y el senado romano. Dado en el campamento doce días antes de las calendas de febrero.

Lucio Paulo Emilio fue pretor de la Hispania Ulterior en el año 191 a.C. bajo el consulado de Publio Cornelio Escipión Nasica y de Manio Acilio Glabrión. En el año 190 a.C. los lusitanos vencieron al ejército romano de la Hispania Ulterior en territorio de los bastetanos, lo que obligó a los romanos a replegarse hasta su campamento de Lascuta. Según Tito Livio, Emilio Paulo decidió atacar a los lusitanos en el 189 a.C. reuniendo un nuevo ejército por movilización popular de soldados de la Bética. El ataque al campamento de los lusitanos fue una victoria total, dando muerte a 18.000 enemigos y capturando a 1.300 prisioneros, los cuales muy probablemente fueron vendidos.

El bronce de Lacuta está en relación directa con estos hechos, ya que se trata del acto jurídico de la Manumissio, en el que se concede la libertad a los siervos (servei) de la ciudad de Asta y se les autoriza a establecerse en Turris Lascutana. De esta manera se reorganizaba el territorio pacificado, desmembrando la demarcación de Asta Regia que había participado en la rebelión, y premiando a Lascuta que había sido favorable a Roma.


Bibliografía

María José Hidalgo De La Vega. El bronce de Lascuta: un balance historiográfico María José Hidalgo De La Vega

José Antonio Martínez Morcillo. Lucio Emilio Paulo y el derecho de guerra.

Jesús Montero Vítores .El bronce de Lascuta Una inscripción en el contexto del imperialismo romano del siglo II a. C.

Paula Pascual Sánchez. Inscripciones latinas en la Hispania del s. II a.C. Comentario filológico del Bronce de Ascuta (Cádiz).


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Esculturas de jinete, toro y danza bastetana de Las Atalayuelas

 

El yacimento arqueológico de Las Atalayuelas se encuentra en el término municipal de Fuerte del Rey, en el límite con Torredelcampo, en la parte oriental de la campiña de Jaén. En las excavaciones se ha hallado un oppidum ibérico en una colina de 597 m de altitud, un santuario iberorromano y una necrópolis ibérica en el cerro El Morrón.

Uno de los restos más destacados hallados hasta el momento es el jinete o guerrero de las Atalayuelas. Se trata de un fragmento de escultura que formaba parte de la esquina derecha de un friso esculpido en altorrelieve muy profundo, que representaba una escena heroizante integrada en un monumento conmemorativo, honorífico o probablemente funerario, ya que casi todas los relieves con figuras humanas encontrada en la Península Ibérica lo han sido en contextos funerarios.

La figura está realizada en piedra arenisca de grano fino y representa a un jinete romano de caballería o a un aristócrata ibero, armado con la panoplia defensiva característica de la caballería romana republicana. La escultura fue destruida intencionadamente y luego reutilizada, por lo que actualmente sólo se conserva un fragmento de 38,5 cm de alto y 42,5 cm de largo en la base. Se puede apreciar el torso del jinete con su armadura, parte de la pierna y del brazo izquierdos, y un gran escudo circular de 37 cm de diámetro. La fina talla permite distinguir un cinturón ancho con rebordes y la armadura de malla de anillos, sin mangas, con hombreras y con una apertura rectangular en la espalda y otras triangulares en los laterales para facilitar la monta. 

Tanto por su iconografía ibérica arcaizante con influencia romana como por las armas representadas, se puede establecer que la obra fue realizada por un taller local entre el segundo cuarto del siglo II a. C. y las primeras décadas del siglo I a. C, en la época ibérica tardía y el período romano republicano temprano.

Los restos hallados en las excavaciones de Las Atalayuelas permiten establecer una cronología muy amplia de época ibérica que va del siglo VII a.C. al siglo II d.C. Parte de esta yacimiento lo constituye la necrópolis de El Morrón, donde se han encontrado siete sepulturas del siglo V a.C. y otras diez de los siglos II a.C a I d.C.

En una de las tumbas más antiguas, denominada E4-004 (siglos V-IV a.C.), se encontró un kylyx (copa de cerámica griega), urnas, cinco cuentas, un plato tapadera y un fragmento escultórico que representa una cabeza de toro.

La cabeza de toro de las Atalayuelas carece de cuernos y orejas, su morro es redondeado y se distinguen los orificios nasales. Sobre los ojos hay grabados unos pliegues, lo mismo que en el cuello, y la parte posterior de la cabeza tiene una serie de incisiones que forman un diseño en zig-zag.

Este tipo de esculturas de bóvidos solían situarse en monumentos funerarios de miembros de la artistocracia como una muestra de estatus. 

Otra pieza muy interesante hallada en Las Atalayuelas es la conocida popularmente como la “danza bastetana”. Se trata de un relieve de 30,20 cm de largo, 12,50 cm de alto y 4,30 cm de grosor, realizado en piedra caliza y datado entre los siglos II-I a.C. Representa a un grupo familiar formado por cuatro hombres y tres mujeres ordenados por género y edad, cogidos por las manos y realizando algún tipo de práctica ritual. Los adultos se sitúan en el centro y los niños en los extremos. Los hombres, a la izquierda, van vestidos con una túnica corta y cinturón, mientras que las mujeres se sitúan a la derecha y visten un traje hasta los talones y cinturón largo. Es muy destacable la representación de niños formando parte de las prácticas rituales, aunque no solos sino asociados a sus madres o al grupo familiar.

La interpretación tradicional sostiene que el relieve muestra la representación de una danza del pueblo ibero de los bastetanos, basándose en el testimonio de Estrabón: “mientras beben, danzan los hombres al son de las flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión. En Bastetania las mujeres bailan también mezcladas con los hombres, unidos unos y otros por las manos. Los hombres van vestidos de negro, llevando la mayoría el sagos, con el cual duermen en sus lechos de paja. Usan vasos labrados de madera, como los “keltoi”. Las mujeres llevan vestidos con adornos florales”.

Como podemos ver, en el relieve los hombres y las mujeres están separados y no mezclados, a diferencia de lo que describe Estrabón en su relato. Tampoco da la impresión de que estén bailando, sino más bien realizando un saludo ritual con los brazos y las palmas de las manos abiertas, imagen que podemos ver en numerosos exvotos ibéricos. 

Exvotos ibéricos (Altos del Castillo, Collado de los Jardínes y Cueva de la Lobera)

Parece por lo tanto más probable que nos hallemos ante un exvoto de un grupo familiar en posición orante durante un ritual de plegaria, lo cual es una escena muy rara en la iconografía antigua.


Bibliografía:

Francisca Hornos Mata. Las colecciones arqueológicas del Museo de Jaén. Ayer y hoy.

Antonio Mayorga González. Nuestros remotos antepasados: mastienos-bastetanos y fenicios.

Fernando Quesada Sánz y Carmen Rueda Galán. Las armas y el contexto del guerrero de “Las Atalayuelas” (Jaén): una escultura de época ibérica tardía/romano republicana.

Carmen Rísquez Cuenca y Manuel Molinos Molinos. Necrópolis ibéricas en el Farmm.

Carmen Rueda Galán, Antonia García Luque, Carmen Ortega Cabezudo y Carmen Rísquez Cuenca. El ámbito infantil en los espacios de culto de Cástulo (Jaén, España).


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.


lunes, 14 de julio de 2025

Necrópolis ibera de Piquía

 

La necrópolis tardoibera de Piquía (Arjona, Jaén), datada a principios del siglo I a.C, se localiza en una ladera a 1,5 km al NO del oppidum de Urgavo Alba. En 2010 una tromba de agua puso al descubierto alguna de las tumbas, por lo que se procedió a realizar la excavación de una zona de 150 m² y se hallaron 34 enterramientos (fosas pequeñas, nichos de un columbario, cámaras funerarias y cistas) situados en torno a una tumba principesca. Toda esta variedad tipológica de sepulturas tenía como denominador común un rito de incineración de tradición ibera.

Recipiente tipo braserillo y jarra de bronce. Cámara principesca (Piquía).

Los príncipes iberos gobernaban uno o varios oppidum y pertenecían a linajes prestigiosos que descendían de algún héroe. Los príncipes rivalizaban entre si construyendo necrópolis monumentales con ricos ajuares funerarios, en las que se ensalzaba la muerte heroica y la victoria en combates singulares, conceptos muy difundidos entre la aristocracia ibera y con los que buscaban dar prestigio a su estirpe.

Guerrero de doble armadura. S V a.C (Cerrillo Blanco).

Despúes de la conquista romana los príncipes dejaron de dominar vastos territorios y sólo regían el oppidum en el que residían. En esta época los príncipes intentaron refundar sus viejos linajes levantando nuevas necrópolis.

Ajuar funerario. Necrópolis de Cerro Boyero.S IV a.C. (Valenzuela).

En el caso de la necrópolis de Piquía es posible que los restos hallados en la tumba principal correspondan al príncipe Iltirtiiltir de Urgavo (Arjona) y su esposa, ya que en las excavaciones se ha encontrado una tapadera de plomo con una inscripción ibera que ha sido traducida como “Iltirtiiltir hijo de Ekaterutu”.

La cámara de la tumba principesca de Piquía es de planta rectangular y mide 2,9 m de largo, 1,25 m de ancho y tiene una profundidad de 1,2 m. Esta cámara es la más lujosa de todas las encontradas en la necrópolis y está construida con mampostería, utilizando grandes sillares de piedra unidos sin mortero ni cemento. En su interior se halló un conjunto de cerámica ática, un ánfora para el vino de la libación, recipientes de cerámica ibérica pintada de época ibera tardía, fragmentos de vidrio, restos de una cota de malla de tipología romana, una espada recta y un puñal de antenas.

Puñal de antenas atrofiadas y funda decorada (Piquía).

También se localizaron elementos decorativos pertenecientes a un carro ritual funerario de hierro y madera. Decoraciones de este tipo para carros rituales han aparecido también en el yacimiento ibero de Cerro Maquiz, a tan sólo 30 km de Piquía, donde se descubrió una interesante colección de piezas de bronce para caballerías.

Elemento de caballería y piezas de gobierno para carros.

Otro hallazgo excepcional dentro del arte ibero es la llamada Caja de los Guerreros de la tumba principesca de Piquía. Se trata de una urna cineraria labrada en un bloque cúbico de piedra caliza de 15,5 cm de alto, 21 cm de largo y 17,20 cm de profundidad. Las técnicas empleadas en su realización son varias: tallado, desbastado, punzonado, cincelado y pulido. En todas sus caras se representa en bajorrelieve una escena distinta enmarcada por un cordón resaltado, característica de la iconografía del combate aristocrático de la época ibera tardía. En una de sus caras aparece representado un duelo entre lanceros con un personaje desnudo situado entre ambos; en otra se muestra una lucha desigual entre un guerrero a pie y un jinete a caballo; en otra vemos un combate entre guerreros, uno con espada y scutum y el otro con falcata y caetra. En la última escena aparecen dos guerreros montados en caballos con las crines trenzadas.

La caja tiene una tapadera de 20 cm x 19 cm diseñada para que encaje perfectamente y que la urna quede sellada. La tapadera está decorada con franjas de líneas dobles perimetrales y que se cruzan en el centro, el cual está rematado por un pomo cilíndrico. En el interior de la caja se encontraron cenizas y restos de huesos correspondientes a un hombre y una mujer, de acuerdo con los resultados forenses realizados en la Universidad Complutense de Madrid.

Si bien la Caja de los Guerreros se ajusta a la tipología iconográfica ibera, presenta características típicamente romanas, como la tapa a dos aguas, lo que nos indica que aunque la influencia del mundo romano era inevitable, las élites gobernantes que encargaron esta urna estaban muy interesadas en mantener los elementos representacionales autóctonos, para resaltar el carácter identitario en el que se fundamentaba su poder.

Otro descubrimiento sumamente interesante es una colección de siete cráteras áticas de figuras rojas datadas siglo IV a.C, que fueron pasando de padres a hijos como objetos de lujo y que en el siglo I a.C. fueron enterradas en la tumba del príncipe como parte de su ajuar funerario. Estas cráteras fueron fabricadas en Atenas en el siglo IV a.C, entre el 400 y el 351 a.C.

Cráteras griegas. Ajuar funerario del príncipe Iltirtiiltir. S IV a.C. (Piquía).

En una de ellas se muestra la unión sagrada de Heracles y Hebe, diosa de la juventud. Mide 39,20 cm de alto, 19 cm de diámetro de base y 38 cm de diámetro de boca. La crátera de campana que representa una centauromaquia mide 38,50 cm de alto, 19 cm de diámetro de base y 41 cm de diámetro de boca.

Centauromaquia.

La crátera de campana con la representación del baño nupcial de Helena tiene unas medidas de 32,50 cm de alto, 15,70 cm de diámetro de base y 35,30 cm de diámetro de boca.

Baño nupcial de Helena.

La crátera que muestra la heroización y divinización de Heracles mide 40,50 cm de alto, 19 cm de diámetro en la base y 42 cm de diámetro en la boca.

Heroización y divinización de Heracles.

Entre las piezas recuperadas en la necrópolis de Piquía destaca también un excepcional pasarriendas con la representacion de una cabeza de guerrero ibero con casco siendo devorada o vomitada por un lobo. Esta pieza de fundición de hierro y bronce mide 22,50 cm de alto, 7,30 cm de ancho, 0,50 cm de grosor, y tiene un peso de 1.030 gr.

Cabeza de guerrero y lobo (Piquía).

En el rostro del guerrero se aprecian los ojos ovales, la nariz larga y recta, y una boca pequeña de labios finos. En la cara del lobo (según algunos autores pudiera tratarse de un león) se distinguen las orejas pequeñas, los ojos salientes, las arrugas de las fauces y el hocico. La datación de esta interesante pieza se establece en el siglo I a.C.



Bibliografía:

Núñez Izquierdo, Javier: Las monomaquias en la protohistoria de la Península Ibérica. Testimonios literarios y documentación arqueológica.

Rueda Galán, Carmen; Lechuga, Miguel Ángel; Bellón Ruiz, Juan Pedro: Los Bronces de Maquiz. Nuevas propuestas para su contesctualización dentro del proceso histórico de Iliturgi.

Ruiz, A. Molinos, M. Rísquez, C., Gómez, F. y Lechuga, M. Á.: La cámara de Piquía, Arjona,

Ruiz, A. Molinos, M. Rísquez, C., Lechuga, M. Á y Gómez, F.: La cámara de Piquía. La tumba de un príncipe tardío. Catálogo de la exposición La Dama, el Príncipe, el Héroe y la Diosa.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.


viernes, 11 de julio de 2025

Esculturas de león y loba de cerro de Los Molinillos

 

El Cerro de los Molinillos se encuentra a unos 11 km al NE de Baena, al S del río Guadajoz, situado estratégicamente en la ruta que comunicaba Castulo con Hispalis y por la que circulaban materias primas y mercancías. El asentamiento se emplazó sobre esta gran meseta de unos 600 m de largo y unos 200 m de ancho y su primera población probablemente tuvo lugar en la Edad del Cobre, aunque los restos más antiguos hallados corresponden al período del Bronce Final. Es posible que la muralla que servía de defensa a este oppdium se construyera alrededor del siglo VI a.C, dentro del llamado Período Orientalizante, momento en el que el asentamiento alcanzó su mayor apogeo.

Entre los restos hallados en las excavaciones arqueológicas destacan especialmente las esculturas de dos leones y de una loba con su cría.

La escultura del león o leona está realizada en piedra caliza de coloración blanca-amarillenta y sus dimensiones son 114,5 cm de largo, 61 cm de alto y 23 cm de ancho. El felino está tumbado sobre sus patas, de las cuales sólo se conservan las traseras. 

En su cabeza, girada hacia la derecha, se aprecian los grandes ojos ovalados, las orejas redondeadas levantadas, los bigotes y la boca entreabierta con la lengua de fuera, mostrando los dientes y colmillos. La melena cubre el dorso hasta el final de la espalda. También se distingue la cola, situada bajo el vientre del animal. 

El felino está tumbado sobre sus patas, de las cuales sólo se conservan las traseras y también se distingue la cola, situada bajo el vientre del animal. 

Esta escultura se conserva en el Museo Ibero de Jaén y tiene una pareja que actualmente está en el Museo Arqueológico de Baena. Ambas estatuas debieron estar situadas a la entrada de un edificio y tendrían un carácter apotropaico, como elementos rituales sagrados cuya finalidad era alejar el mal. La datación de la pareja de leones/as se establece alrededor del siglo IV a.C.

La escultura de la loba amamantando a su cría también fue tallada en piedra caliza blanca, siendo sus medidas 68 cm de largo, 96 cm de alto y 35 cm de ancho.

La loba está erguida, sentada sobre sus patas traseras mientras amamanta a su cría. Los poderosos biceps femorales contrastan con las delgadas extremidades anteriores. Las patas delanteras están estiradas y la  garra de la derecha reposa sobre el cadáver descabezado de una oveja o cabra joven.

La cara de la loba mira al frente con una expresión terrorífica, con la boca abierta y replegando la piel de la mandíbula superior para dejar al descubierto sus potentes colmillos.

Las orejas están erguidas con las puntas echadas hacia atrás y los ojos son ovalados y fueron vaciados para poder incrustar una piedra o un vidrio, lo que seguramente le conferiría un aspecto aún más salvaje y horrible.

La actitud de fiereza de la loba y la presencia del joven animal que yace muerto, contrastan con la imagen del lobezno mamando de su madre, en una clara representación del ciclo natural de la vida y la muerte.

La escultura de la loba está datada en el siglo III a.C. y fue encontrada fuera de su contexto arqueológico, lo mismo que la estatua del león. Se supone que originalmente ambas formaban parte de una necrópolis ibera y que su función era señalar los emplazamientos funerarios y servir de protección a los difuntos, alejando el mal.



Bibliografía:

Chapa, Teresa; Vallejo, Ícaro; Martínez Navarrete, María Isabel; Ceprián, Bautista; Rodero, Alicia; Pereira, Juan: El trabajo de los escultores ibéricos: un ejemplo de Porcuna (Jaén).

Chapa, Teresa; Alba, Miriam; González Reyero, Susana. Los leones de El Macalón (Nerpio, Albacete). Monumento, ideología y control territorial en la formación del mundo ibérico.

García-Gelabert Pérez, María Paz y Blázquez Martínez, José María. El significado del ciervo entre los pueblos protohistóricos de la Península Ibérica.

Morena López, José Antonio. El poblado y la necrópolis norte del Cerro de Los Molinillos (Baena. Córdoba). Estado actual de la investigación.

Morena López, José Antonio. Ciudades antiguas del Valle del Guadajoz. El oppidum ignotum del Cerro de Los Molinillos (Baena).

Olmos, Ricardo. Los príncipes esculpidos de Porcuna (Jaén): una aproximación de la naturaleza y de la historia.

Olmos, Ricardo. Los grupos escultóricos del Cerrillo Blanco de Porcuna (Jaén). Un ensayo de lectura iconográfica convergente.

Rísquez Cuenca, Carmen: Necrópolis ibéricas en el Fondo Arqueológico Ricardo Marsal Monzón.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.