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jueves, 18 de diciembre de 2025

Inscripciones alfabéticas de Alvão


En el Museo de Vila Real (Portugal), se conserva una placa de piedra con inscripciones alfabéticas, encontrada en 1894 por los sacerdotes José Brenha y Rafael Rodrigues en un dolmen de la necrópolis megalítica de Chã das Arcas, a 500 m del pueblo de Carrazedo de Alvão (Vila Pouca de Aguiar).

Los dos sacerdotes excavaron diez túmulos megalíticos, todos los cuales ya habían sido violados por los vecinos de la localidad, encontrando pinturas en algunos de los ortostatos, una gran cantidad de material lítico y un total de ocho placas de piedra grabadas con inscripciones, aunque sólo se conoce la procedencia de dos encontradas en Penedos Alvos y otra en Capeludos. 

La placa del Museo de Vila Real tiene uno de sus bordes afilado y en su parte superior se perforó un orificio que permitía utilizarla como colgante. En una de sus caras aparecen grabados 18 caracteres repartidos en cinco líneas horizontales: 4 en la primera, segunda y cuarta, 5 en la tercera y 1 en la quinta. 

En el momento de su aparición, la placa de Alvão fue uno de los restos arqueológicos mas controvertidos de los hallados en la Península Ibérica, ya que al encontrarse en un contexto megalítico se consideró que probaba la existencia de una escritura neolítica, por lo tanto muy anterior a la llegada del alfabeto fenicio. Esta hipótesis contó con el respaldo del contexto ideológico y político portugués de finales del siglo XIX, muy interesado en apoyar cualquier teoría que defendiera la existencia de una identidad cultural netamente portuguesa, lo mismo que sucedía en Galicia con el “celtismo” surgido del “Rexurdimento”.

Cuando en 1924 se hallaron en Glozel (Francia) unas tablillas de arcilla con idénticos caracteres alfabéticos, inmediatamente se vincularon ambos hallazgos, provocando una gran controversia en el mundo académico y llegando incluso a ponerse en duda su autenticidad. Tampoco existía acuerdo entre los investigadores en cuanto a la antigüedad de este alfabeto, ya que algunos lo situaban en el Magdaleniense (hace unos 18.000-11.000 años), otros en el Neolítico (6.000 años), en la Edad del Bronce (3.000 años) o en la Edad del Hierro (2.500 años).

El arqueólogo Ricardo Severo realizó una tabla comparativa, en la que mostraba claramente las semejanzas existentes entre los caracteres de Alvão y Glozel con los de los alfabetos ibérico, púnico y griego arcaico, lo que descartaba su origen neolítico.

Posteriormente, cuando los avances cientificos permitieron analizar las tablillas de arcilla de Glozel con el método del carbono-14, los resultados establecieron una cronología del siglo V a.C., datación que se podía aplicar también a las placas de Alvão.

La evidencia científica actual nos indica que las inscripciones de Alvão se grabaron sobre piedras provenientes de la zona en la que fueron encontradas, que la pátina y desgaste de los grabados permite afirmar que no son recientes, que las inscripciones fueron realizadas empleando instrumentos de metal, y que los signos de Alvão se relacionan con las letras del alfabeto tartésico de los siglos VII-V a. C.

Alfabeto fenicio.

Pero a pesar de los conocimientos científicos, las redes sociales difunden de manera viral información falsa acerca de la antigüedad del alfabeto de Alvão, sin que se produzca una respuesta adecuada desde el ámbito académico. Resulta muy interesante la publicación realizada por la arqueóloga Mila Simões de Abreu, Profesora de la Universidad de Trás-os-Montes y Alto Douro, en la que analiza la propagación de estos bulos en blogs que tratan de mitos, misterios, de la Atlántida o de la ufología, pero incluso también en páginas políticas.

Contrasta la facilidad con la que podemos acceder a titulares falsos del tipo “Escritura Alvão: el primer alfabeto del mundo, creado hace 6.000 años en Trás-os-Montes”, con la dificultad que supone poder llegar a publicaciones serias que nos aporten una explicación científica, como “O Arqueólogo Português”, “Revista Portugália” o la “Revista de Guimarães”.


Bibliografía 

Ricardo Severo. Portugalia. Materiaes para o estudo do povo portuguez.

José Teixeira Rego. Os alfabetos de Alvão e Glozel. 

Mila Simões de Abreu. O misterioso alfabeto do Alvão e a origem da escrita em Trás-os-Montes: como uma ideia falsa se espalha através das redes sociais.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

martes, 16 de diciembre de 2025

Tesoro de El Carambolo

 

El tesoro de El Carambolo (Camas. Sevilla) fue hallado en la colina del mismo nombre el día 30 de septiembre de 1958, mientras se realizaban unas obras en el Pabellón de la Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla. El tesoro está formado por 21 objetos de oro de 24 quilates, con un peso total de 2.950 g.

Las piezas que constituyen el tesoro estaban guardadas dentro de un recipiente cerámico de gran tamaño. Las más numerososas son 16 placas de forma rectangular, profusamente decoradas, y realizadas entre el año 625 a.C. y el 551 a.C. empleando técnicas de batido, soldado, filigrana, grabado y repujado. 

Tesoro de El Carambolo.

Estas placas se pueden clasificar en tres grupos según su tamaño. Al primer conjunto pertenecen ocho placas rectangulares que tienen una longitud máxima de 9 cm, una longitud mínima de 5,40 cm y un peso de 33 g. Otro grupo está formado por cuatro placas de 11,50 cm de longitud máxima, 6,70 cm de longitud mínima y un peso de 95 g. Por último están otras cuatro placas de 21,20 cm de longitud máxima y 4,40 cm de longitud mínima, con un peso de 65 g. La función de todas estas placas era ornamental, tal vez como adorno ritual para los animales que iban a ser sacrificados en el santuario fenicio en honor a Baal y Astarté, que existía en el lugar donde fueron encontradas.

Una de las joyas más destacadas del Tesoro del Carambolo es un collar de oro del período del Bronce Final orientalizante (625 a.C. a 551 a.C.). Pesa 151 g y fue realizado empleando las técnicas de granulado, batido, soldado, filigrana y repujado. El collar es una excelente muestra de la orfebrería local tartésico-fenicia y consta de una cadena de 31 cm de largo y 0,30 cm de grosor, que está prendida a un pasador de 5,40 cm del que cuelgan ocho cadenillas con sellos en sus extremos. Los siete que se conservan están decorados con flores de loto, triángulos, arcos dobles y círculos. Estos elementos ornamentales se pueden interpretar como símbolos de la deidad solar Baal (semiesferas) y de la divinidad femenina Astarté (rosetas y flores). 

Sin duda, el collar era un artículo de lujo que lucía alguna persona de elevado estatus social, y guarda mucha semejanza con collares de la Grecia Clásica Tardía, con adornos que aparecen en terracotas de Chipre (siglos IX-VII a.C.), y con anillos etruscos y egipcios del Imperio Nuevo.

Collar con pseudo-sellos y brazalete.

Otros objetos que forman parte del Tesoro del Carambolo, son dos brazaletes cilíndricos de oro decorados alternando bandas horizontales de semiesferas con otras de cápsulas en cuyo interior hay rosetas de once pétalos. Los brazaletes fueron realizados con métodos de orfebrería como el batido, soldado, filigrana, repujado, troquelado y fundición a la cera perdida. Uno de ellos tiene una altura de 10,80 cm, un diámetro de 11,10 cm y un peso de 401 gr. El otro mide 10,80 cm de altura, 11,60 cm de diámetro y un peso de 425 gr. Se trata de dos muestras de orfebrería indígena del Bronce Final orientalizante (625 a.C.-551 a.C.), inspiradas en modelos atlánticos, con elementos decorativos típicos del hallstatt centroeuropeo y técnicas provenientes del Mediterráneo oriental

Por último, la colección se completa con dos colgantes de oro con forma de “piel de toro” extendida, realizados sobre una placa delimitada por cuatro tubos a través de los cuales pasaban los cordones que permitían colgarlos. Uno de ellos está decorado con rosetas separadas por hileras de púas. Mide 15,5 cm de altura máxima exterior y 14 cm de ancho máximo exterior, con un peso de 144 g. El otro colgante está decorado con esferas rehundidas y en uno de los extremos menores conserva la anilla de suspensión. Sus medidas exteriores son 16 x 11 cm y su peso es de 198,32 g. Los colgantes están datados en el período del Bronce Final orientalizante (625 a.C.-551 a.C.) y las técnicas ultilizadas fueron el repujado, cincelado, batido, soldado y filigrana.

Pectorales o frontiles.

Estos colgantes son interpretados por algunos autores como adornos pectorales que lucía el rey o una autoridad similar, mientras que para otros investigadores se trataría de ornamentos que se colocaban sobre la testuz del toro que iba a ser sacrificado a Baal y Astarté, dioses titulares del santuario del cerro El Carambolo.

Conclusiones:

Tradicionalmente, las joyas de El Carambolo se han interpretado como ornamentos personales, que denotaban el prestigio y posición social de su portador. Posteriormente se ha planteado una interpretación alternativa, según la cual, el tesoro formaba parte del ajuar ritual utilizado durante el sacrificio de animales en honor a los dioses que se adoraban en el santuario. Los brazaletes y el collar corresponderían a los atavíos del sacerdote, los colgantes adornarían la testuz del toro y las series de plaquetas formarían unas bandas que colgaban del lomo del animal.

Probablemente, en el recinto religioso de El Carambolo existió un taller de orfebrería indígena, de cultura tartésica-fenicia, el cual estuvo en funcionamiento desde mediados o finales del siglo VIII a.C. hasta la segunda mitad del siglo VI a.C. En el taller trabajaban varios orfebres, como mínimo dos, que se ocupaban de crear partes de las joyas empleando diversos procedimientos. En todas las joyas, salvo el collar, se han utilizado técnicas propias del período del Bronce Final Atlántico, como el fundido a la cera perdida, y otras procedentes del Mediterráneo Oriental, como el troquelado y el modelado por batido ó punzón. Sólo en el collar de sellos se han empleando procesos (laminado, granulado, filigrana) y decoraciones, exclusivamente mediterráneas.


Bibliografía:

María Luisa de la Bandera Romero y Eduardo Ferrer Albelda. El Carambolo. 50 años de un tesoro.

Alicia María Canto. El Tesoro del Carambolo deja de ser tartésico.

Juan de Mata Carriazo. Tartessos y El Carambolo.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.


sábado, 13 de diciembre de 2025

Necrópolis tartésica de La Joya


Las excavaciones realizadas en el cabezo de La Joya, en Huelva, han revelado la existencia de una necrópolis tartésica del período orientalizante, cuya cronología se sitúa entre finales del siglo VIII a.C. y la segunda mitad del siglo VI a.C.

Objetos hallados en la necrópolis de La Joya.

El periodo orientalizante tartésico se desarrolló en el contexto de una sociedad jerarquizada en la que una élite indígena, que controlaba los recursos económicos generados por la minería de la plata y el bronce, entró en contacto con la influencia sociocultural de los fenicios, lo que les llevó a adoptar sus ideas y creencias e integrarse en los circuitos comerciales del Mediterráneo Central y Oriental. En los restos hallados en La Joya se aprecia una mezcla de tradiciones europeas, atlánticas, fenicias, sirias, egipcias y chipriotas.

Sin duda, La Joya es uno de los yacimientos más importantes de la Península Ibérica. En las 19 sepulturas excavadas en esta necrópolis tartésica se han encontrado tanto restos de cadáveres incinerados, cuyas cenizas fueron depositadas en urnas, como de difuntos inhumados en tumbas, lo que indica la existencia de una variedad de complejos rituales funerarios. Los ajuares mortuorios recuperados en las excavaciones constituyen un riquisimo patrimonio, compuesto por más de mil objetos procedentes tanto de la cultura indígena tartésica como de remotas regiones del Mediterráneo. 

La tipología de las tumbas de La Joya es muy variada, desde grandes fosas de más de 4 m hasta simples hoyos. La estructura exterior de estos sepulcros es desconocida porque fue totalmente destruida por las continuas labores de cultivo realizadas durante años en la zona, por lo que no sabemos si disponían de túmulos o si se trataba de cámaras subterráneas. 

En la tumba 9 de La Joya se localizó un ungüentario de alabastro de 23 x 6 cm, de forma esbelta y alargada, con cuello estrecho de borde exvasado y redondeado. Este contenedor de aceites perfumados se tapaba con un tapón de cuarzo y se utilizaba en ceremonias fúnebres.

Datado entre el 800-501 a.C., sus características indican una clara inspiración egipcia, no pudiendo descartarse que en realidad fuera esa su procedencia. 

En la excavación realizada en la tumba 10 se halló un broche de bronce para cinturón datado en el 700-501 a.C. También se recuperó una de sus hembras, la cual presenta un diseño serpentiforme.

Del ajuar extraído de la tumba 14 destaca un broche de cinturón de pivotes de 8,6 x 6,5 cm, realizado en plata calada recubierta con una fina lámina de oro. Esta pieza, datada en el 700-501 a.C., es una de las mejores muestras de artesanía orientalizante ibérica y pudo haber sido realizada en algún taller fenicio. El diseño muestra dos series de volutas entrelazadas, en cuyas uniones aparecen diseños de flores de tres pétalos. El broche se unía al cinturón mediante unos pivotes escondidos en el reverso. 

Junto a la hebilla aparecieron varios cientos de pequeños clavos de plata con fina cobertura de oro que pertenecían a este mismo cinturón, el cual formaba parte del ajuar funerario.

En esta misma sepultura también se halló un vaso escalonado de bronce, de 6,4 x 2,5 cm, probablemente de uso ritual y datado en el 700-501 a.C.

En la tumba 16 se descubrió una fuente ovalada de bronce batido, con dos asas laminares de bronce forjado y decoración incisa con motivos de tipo fenicio. Esta fuente, fechada entre el 700 al 501 a.C., podría formar parte de una vajilla o tratarse de un pequeño altar portátil.

La excavación de la tumba 18 permitió encontrar un huevo de avestruz datado del 800 al 501 a.C. Está seccionado por la parte superior y su borde fue decorado con un diseño dentado. El exterior conserva parte de su pintura rojiza y en el interior se encontraron restos de pigmentos ocre rojizo, lo que indica que era utilizado como un recipiente para cosméticos.

Otro hallazgo descubierto en la tumba 18 es un aguamanil de bronce de 42 cm x 6,5 cm. Tiene las características de este tipo de recipientes rituales de influencia fenicia, pero destacan especialmente las cabezas de la diosa Hathor que rematan los extremos de las asas. 

Hathor era una de las diosas más populares e importantes del antiguo Egipto, relacionada con el amor, la alegría, la danza, la sexualidad, la maternidad, la fertilidad, la fecundación, la creación, la destrucción, la vegetación y también con el mundo funerario. 

Su nombre en egipcio significa “útero de Horus”, ya que era la madre del dios Horus al que alimentaba adoptando la forma de vaca. Por lo tanto Hathor simboliza a la madre que da vida y alimenta tanto a los hombres como a los dioses. El llamado peinado hathórico consiste en la conocida como “trenza divina”: dos mechones de pelo que rodean su cara y que se enroscan sobre si mismos formando un rizo.

Continuando con los objetos hallados en La Joya, en la tumba 19 apareció un broche de cinturón de tipología tartésica, de 6,6 x 12 cm, realizado en bronce y plata. Consta de tres listones y una lámina de plata decorada con un repujado de motivos florales orientalizantes. Este broche está datado en el 800-501 a.C.

En la tumba 20 se pudó recuperar una urna funeraria cerámica, de 26 x 22,4 cm, cuerpo globular y cuello corto y cilíndrico con dos asas verticales. La decoración predominante es rojiza y por encima de ella presenta tres rayas negras horizontales y paralelas. En su interior se encontró una muela humana, restos óseos de una mujer adulta, un aro de bronce y el guijarro que servía de tapadera. Esta urna fue realizada entre el año 625 y el 576 a.C.

En este mismo enterramiento también se han encontrado dos vasos cerámicos de cuernos de 18,7 x 13,10 cm. Estos recipientes tartésicos tienen una datación del 800-501 a.C.

La tumba 17 es la que posee el ajuar más rico de toda la necrópolis, con objetos y mobiliario de lujo. Pero sin duda el hallazgo mas sorprendente de todos lo constituyen los restos de un carro ligero de dos ruedas, con los atalajes y bocados de los dos caballos que tiraban de él. El carro, datado en el 700-501 a.C., tenía la estructura de madera de nogal, la cual ha desaparecido casi en su totalidad, y disponía de uno de los sistemas de suspensión más antiguos conocidos hasta el momento. 

Recreación del carro de La Joya (J.Jiménez Ávila)

El diseño del carro incorporaba los sistemas de enganche característicos de los carros europeos, pero con una ornamentación de estética fenicia y oriental. Se han encontrado más de 300 objetos de bronce que formaban parte de las guarniciones, pasadores de los correajes y pasarriendas. Los tapacubos de bronce de las ruedas representan efigies de leones con las fauces abiertas, lenguas de fuera y orejas de punta, siguiendo la iconografía de los leones del N de Siria de esa época. 

Estas piezas son unas de las más características de La Joya y de las mejores obras producidas por los metalúrgicos fenicios de la Península Ibérica.


Bibliografía:

Exposición La Joya: Vida y eternidad en Tarteso. Museo Arqueológico de Huelva.

Clara Toscano Pérez y Antonio Tejera Gaspar. La necrópolis tartésica de La Joya (Huelva). 50 años después.

Aroa Velasco Pírez. La trenza perdida de Hathor.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.