El Castro de Baroña, situado en el extremo occidental de la península de O Barbanza, en la parroquia homónima del municipio de Porto do Son, se extiende por toda la Punta do Castro.
La Península do Barbanza mide unos 34 km de largo y ocupa una superficie de aproximadamente 410 km². En ella se distinguen tres grandes zonas: las tierras bajas de la plataforma litoral, las laderas y estribaciones de la sierra del Barbanza, y las cumbres y penillanuras de las áreas más elevadas. La sierra se extiende unos 5 km de largo por 2 km de ancho y alcanza su máxima altitud en el monte Iroite, con 685 metros. La costa alterna ensenadas arenosas con pequeños tramos de rocosos y acantilados.
En Porto do Son se localizaron dos zonas con restos arqueológicos, en Cabeiro-Xebrín y en Praia de Cabeiro. Los hallazgos, entre los que destacan cerámicas de tipo campaniforme internacional y decoraciones incisas metopadas de tipo Penha, probablemente proceden de un asentamiento abierto ocupado durante la transición entre los milenios III y II a. C. De esta misma época son también los conjuntos de grabados rupestres localizados en el territorio.
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Cerámica tipo Penha. Folón. Canido (Vigo).
El acceso al castro de Baroña se realiza desde la carretera que une Porto do Son con Ribeira. Tras recorrer unos 4,3 km, se toma un desvío a la derecha y se continúa a pie durante unos 600 m por un camino que conduce hasta el yacimiento. El castro es pequeño, con una extensión aproximada de 2 ha, aunque originalmente debió de ser mayor, ya que durante siglos ha sufrido una intensa erosión marina. Las excavaciones parciales fueron realizadas por Sebastián González García-Paz, José María Luengo Martínez y Francisco Calo Lourido.
Punta do Castro es una pequeña península unida a tierra firme por un estrecho istmo arenoso que estaba ocupado por un antecastro y en el que se excavó un foso de unos cuatro metros de ancho y tres de profundidad, que constituye la primera línea defensiva del castro.
Esta parte estaba habitada pero ha sido prácticamente arrasada por la erosión del mar. La totalidad del istmo estaba rodeada por una muralla formada por un doble muro de mampostería con relleno de piedra y arena. En ella se abre la entrada principal, en rampa, defendida por bastiones y por el engrosamiento de los muros.
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| Entrada de acceso al segundo recinto. |
Las construcciones situadas en esta primera plataforma se distribuyen en la zona más meridional de la península, con diez estructuras de planta variable, circular y ovalada, y un segundo grupo, localizado en el entorno de la entrada principal, compuesto por otras seis excavadas de planta oblonga y circular. En dos casos cuentan con anexo y vestíbulo y otra está adosada a la cara interior de la muralla. Esta última es la conocida como casa del banco corrido, en realidad un basamento adosado al paramento interior de la muralla cuya funcionalidad es dudosa.
El tercer recinto está separado del anterior mediante una compleja sucesión escalonada de muros de contención, de orientación este-oeste. Se accede a él por una escalinata monumental, flanqueada por muros de piedra a ambos lados, que constituye uno de los elementos más característicos del yacimiento. Entre estas estructuras hay dos espacios cuadrangulares de difícil interpretación. Al otro lado de la entrada se distribuyen varias construcciones de formas diversas, comunicadas por zonas de paso. También hay seis construcciones circulares, otras seis de planta principalmente ovalada y un amplio espacio abierto que pudo funcionar como plaza.

Escalinata de acceso al tercer recinto.
Las estructuras de este tercer recinto suelen agruparse en conjuntos de dos, tres o cuatro estancias. También se conservan numerosos vallados y tramos de muro que debieron funcionar como cercas, creando zonas de paso y circulación.
El cuarto recinto, situado en lo alto de la colina, podría formar una tercera plataforma. Aunque apenas fue excavado, se observan construcciones que parecen ocupar buena parte del espacio. Un sendero que bordea los acantilados permite llegar a la acrópolis del castro, situada a unos 25 metros sobre el nivel del mar.
El material cerámico, el más numeroso, está compuesto principalmente por piezas de producción indígena. Entre las importaciones aparecieron restos de ánforas púnicas datadas entre los siglos IV y III a. C., presentes con cierta frecuencia en castros del litoral meridional (Castro da Punta do Muíño de Vento, Vigo; Neixón Grande; A Lanzada), que testimonian un flujo comercial con el Mediterráneo. Sin embargo, estos hallazgos no son suficientes para demostrar que el castro estuviera habitado en esa época. Con certeza, solo puede establecerse que estuvo ocupado durante un breve período comprendido entre el siglo I a. C. y finales del siglo I d. C.

Ánforas púnicas tipo Mañá-Pascual A4.
Otros restos hallados incluyen evidencias relacionadas con la fundición de bronce, hierro y oro, como hachas, agujas de cobre, fíbulas y una arracada, que corresponde a la variante denominada «de tipo laberinto», formada por cuerpos que crean cajas abiertas, sin cubiertas, cuyos laterales presentan tabiques laminares concéntricos.
Existe una relación inversa entre la monumentalidad de la arquitectura, con sus fuertes murallas y numerosos recintos habitacionales, y la escasez de evidencias relacionadas con la producción de alimentos. Baroña debió desempeñar un importante papel en la organización territorial, social y económica de su entorno, actuando probablemente como un lugar central. La economía del poblado debió basarse en una agricultura cerealística mixta, probablemente centrada en el trigo. El ganado mayor probablemente se encontraba estabulado fuera de los recintos habitacionales. En los concheiros se han hallado moluscos bivalvos y bígaros, restos óseos de peces y útiles de pesca.

Recreación digital del Castro de Baroña (IA).
Según Plinio el Viejo y Pomponio Mela, los habitantes de la península de O Barbanza pertenecían a la tribu de los Praestamarici, asentada al sur del río Tamaris (actual Tambre), mientras que al norte del río se encontraban los Supertamarici.
El castro de Baroña fue abandonado durante la segunda mitad del siglo I d. C., al integrarse la zona en la órbita provincial romana. No existen indicios de una ocupación posterior, aunque persiste una leyenda acerca de una necrópolis en el istmo, nunca demostrada de forma fehaciente. En su entorno existen numerosas evidencias de época galaicorromana, como el ara de Enxa, vinculada a un santuario galaicorromano dedicado a Diana Venatrix, o la lápida funeraria de Rufus. Estos hallazgos indican que la zona mantuvo cierta actividad durante esta época y que las élites locales procedentes de la sociedad castreña supieron adaptarse a las nuevas circunstancias históricas.

Recreación digital del ara de Enxa.
Los acontecimientos relacionados con el descubrimiento del castro de Baroña se remontan a junio de 1933, cuando se produjeron las primeras excavaciones clandestinas. Estas fueron realizadas por el carabinero Pablo Díaz, que llevó a cabo una excavación de gran extensión, para la que contrató a numerosos jornaleros. Los hallazgos llamaron la atención de Álvaro de las Casas, quien reclamó la intervención de la Administración para regularizar las excavaciones y continuar los trabajos de forma científica. Las excavaciones de Díaz fueron paralizadas por orden del Gobierno Civil de A Coruña y la Universidad de Santiago encargó nuevos trabajos al profesor Sebastián González García-Paz, que permitieron descubrir grupos de viviendas y restos de la muralla. El yacimiento permaneció abandonado hasta la década de 1960, cuando José María Luengo, director del Museo Arqueológico de A Coruña, llevó a cabo nuevas intervenciones.
En los años ochenta fue el turno del sonense Francisco Calo y del Instituto de Estudios Gallegos «Padre Sarmiento». En una primera etapa contaron con la colaboración de la arqueóloga portuguesa Teresa Soeiro, conocida entonces por haber excavado el yacimiento de Monte Mozinho, en el municipio portugués de Penafiel.
Fueron actuaciones de gran alcance. Se trabajó en amplias áreas y se proporcionó al asentamiento la imagen que prácticamente conserva en la actualidad. Además, se recuperó un interesante conjunto de materiales, entre los que destacan los restos de joyería, especialmente los anillos y la famosa arracada de oro.
Las excavaciones de los años setenta y ochenta no aportaron información suficiente para interpretar con seguridad estas estructuras, aunque parece probable que exista una diferencia cronológica importante entre ellas.
Las intervenciones iniciadas en 1994 constituyeron un plan marco destinado a frenar el deterioro progresivo del yacimiento, clarificar su complejo registro arqueológico y establecer una metodología orientada a su conservación y mantenimiento, así como las bases para futuros proyectos de puesta en valor.
La información que actualmente aporta el castro de Baroña sobre su propia historia y sobre la Edad del Hierro es limitada. Esto se debe tanto a la metodología empleada en las excavaciones como al elevado nivel de erosión de los recintos. El escaso rigor de los trabajos arqueológicos, su deficiente publicación y las dificultades para interpretar correctamente el registro arqueológico hacen que el yacimiento proporcione actualmente un caudal informativo muy reducido en comparación con otros castros mucho menos excavados.
AUTORÍA Y TRATAMIENTO DEL MATERIAL GRÁFICO
Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.
Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor: en unos casos, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada; en otros, para la recreación hipotética de escenas o personajes basada en los datos disponibles.
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