sábado, 7 de febrero de 2026

Castro de Alto dos Cubos (Tui)

 

El Castro de Alto dos Cubos, también llamado de Cabeza de Francos, se encuentra en el lugar de Frinxo, parroquia de Pazos de Rei (Tui). Situado en un cerro en las faldas del monte Aloia, desde este enclave se dominan visualmente las dos riberas del río Miño y su confluencia con el Louro.

El castro tiene una superficie aproximada de 1 ha, de la que sólo se ha excavado una explanada de unos 190 m². Este área tiene una longitud de unos 200 m de N-S y 75 m de E-O, y en ella se han localizado tres viviendas de planta circular con sus almacenes y parte de la doble muralla semicircular.

Las primeras excavaciones se realizaron entre 1933-1935 y fueron dirigidas por Manuel Fernández-Valdés Costas, con la participación de Xosé María Álvarez Blázquez. En 1954 tuvo lugar una segunda excavación liderada por José Filgueira Valverde, y en 1997 Juan José Perles Fontao supervisó los trabajos de consolidación de los restos.

En las excavaciones se hallaron numeros fragmentos de cerámica indígena común, un ánfora casi completa y diversas partes de otras, fragmentos de cerámica romana terra sigillata y de vasos cerámicos con decoraciones incisas (líneas, serpentiformes, puntos, palmas y cruces). También se recuperó una moneda romana de bronce, clavos y placas de hierro dentro de un recipiente cerámico, una cuenta de collar de cuarcita, tres piedras de afilar y dos pulidores de cuarcita, un trozo de un ungüentario de vidrio y un cilindro de granito, de 16,5 cm de largo x 35 cm de diámetro, con forma de ídolo fálico.

El castro de Alto dos Cubos fue habitado desde el siglo III a. C. hasta el siglo III d. C. 


Bibliografía

Xosé María Álvarez Blázquez. O Castro de Cabeza de Francos.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.


jueves, 5 de febrero de 2026

Citania de Santa Trega (A Guarda)

 

Desde finales de la Edad de Bronce, la producción de oro y estaño convirtió a la costa galaica en un eje comercial de la Europa Occidental por el que transitaban productos de alto valor, tanto del área atlántica como mediterránea. Junto con los otros castros de la franja litoral (Bagunte, Terroso, São Roque, San Lourenço, Santa Luzía, Cividade de Âncora y Coto da Pena), la citania de Santa Trega formaba parte de una estructura costera que controlaba la navegación de cabotaje durante la protohistoria, lo que la convirtió en el oppidum más grande de Galicia y uno de los mayores de todo el NO peninsular. 

Situada en la parte más elevada del monte, a 341 m de altitud, desde su posición estratégica se domina visualmente toda la desembocadura del río Miño, que en la antigüedad era navegable en un tramo de 148 km, así como un amplio tramo de costa.

La intensa actividad comercial que se desarrolló en la citania de Santa Trega llegó a convertirla en un emporion con un intenso tráfico de barcos, que procedentes del Mediterráneo, arribaban cargados con mercancías y anclaban, según Estrabón, en una isla y dos fondeaderos situados en la boca del Miño. Desde la citania de Santa Trega los productos se distribuían por la zona y a otros castros como el de Troña, situado a 50 km y en el que se han encontrado ánforas, cerámicas comunes y kalathoi. 

A los pies del monte Santa Trega se encuentran los restos del castro de A Forca, datado en el siglo IV a.C. y abandonado a mediados del siglo II a.C. Este pequeño asentamiento comerciaba puntualmente con los navegantes mediterráneos, como lo atestigua el hallazgo de restos de cerámicas púnicas y griegas.

Durante el siglo II a.C. se comenzaron a construir las primeras estructuras de piedra en la parte alta del monte, a la vez que se incrementaban los contactos comerciales con Gadir (Cádiz), importando objetos de gran valor, como cerámicas pintadas gaditanas e iberas o ánforas púnicas e itálicas.

En el siglo I a.C. el castro se reurbanizó, se construyeron nuevas unidades habitacionales sobre las primitivas cabañas, y se trazaron calles siguiendo un “proto-urbanismo castreño de influencia mediterránea” (Sande Lemos). Este primitivo diseño urbanístico es característico de la Segunda Edad de Hierro (entre comienzos del siglo II a.C y la campaña militar de Decimus Junius Brutus en 137 a.C).

Durante esta época, la actividad comercial se intensificó enormemente con la llegada de una cantidad ingente de ánforas procedentes de la Bética y de bienes de prestigio, como la cerámica romana sigillata. El poblamiento de la citania de Santa Trega continuó de manera ininterrumpida hasta su abandono a mediados del siglo II d.C, llegando a tener una población de 5000 habitantes. Posteriormente, volvió a ser habitado durante la Edad Media.

El castro de Santa Trega se extendía por las laderas N y E del monte. La muralla construida a finales del siglo I a.C, delimitaba un recinto de unos 700 m de largo en dirección N-S y 300 m de ancho E-O. La muralla es estrecha (menos de 1,6 m de grosor) y tiene dos puertas de acceso, una al N y otra al S. Su finalidad no era defensiva ya que no disponía de protecciones, como torres, fosos o parapetos, sino que su única función era demarcar el espacio habitacional.

Durante la Edad de Hierro, en el N de Portugal y el S de Galicia se desarrolló la arquitectura doméstica y el urbanismo más complejo y monumental de toda la Europa Atlántica, del que la citania de Santa Trega es una destacada muestra, como también lo son la citania de Briteiros, Sanfins, Monte Mozinho, Santa Luzía, A Troña y Vigo.

Con el desarrollo del urbanismo aparecieron técnicas de organización del espacio mediante calles e incluso barrios, como los que podemos ver en la citania de Santa Trega.

Las unidades habitacionales estaban compuestas por edificaciones circulares y angulares que convergían en un patio común con el suelo enlosado.

Desde un punto de vista arquitectónico, la principal ventaja de las construcciones de planta circular es su eficiencia a la hora de hacer frente al embate del viento, ya que este circula con naturalidad cuando se acerca a superficies curvas, al contrario de lo que ocurre cuando choca con esquinas. Además, al ser el techo redondo y girar en torno a un anillo central, se mantiene en un estado de compresión, evitando que pueda levantarse y dañar la estructura de la edificación, por lo que ofrece una mayor resistencia y durabilidad. Por otra parte, para cubrir superficies circulares se precisa entre un 15 y un 20% menos de material.

Las paredes de las cabañas estaban pintadas de blanco y azul, y las jambas y dinteles de las entradas se ornamentaban con motivos geométricos. En los muros iban encastrados bloques de granito labrados con decoraciones en las que predominan los motivos solares típicos de la cultura indoeuropea (trisqueles, tetrasqueles, pentasqueles y esvásticas), así como espirales, nudos de salomón y rosáceas.

Pentasquel, esvástica dextrógira, rosácea y nudo de Salomón (s I a.C- I d.C.).

El castro de Santa Trega es el asentamiento galaico donde se ha encontrado el mayor número de grabados rupestres dentro del recinto castreño. Entre los diseños que aparecen representados predominan las cazoletas o coviñas, algunas unidas por surcos, y también podemos encontrar líneas rectas y ondulantes, círculos, círculos concéntricos, óvalos, espirales levógiras y dextrógiras, y una figura ajedrezada de 36 casillas hallada en el interior de una vivienda. 

Petroglifos (cazoletas y surcos).

La economía de los habitantes del castro de Santa Trega se basaba en el cultivo de cereales y en la ganadería, sobre todo bovina y ovina, aunque también se han hallado restos óseos de cerdos y gallinas. Su dieta incluía también recursos marinos como peces de costa, lapas, mejillones y bígaros.

En 1913, las obras de construcción de una pista forestal de acceso al monte dejaron al descubierto restos de edificaciones castreñas y en 1914 comenzaron los primeros sondeos. Entre 1928 y 1933 se realizaron los trabajos arqueológicos mas significativos, dirigidos por el catedrático sanluqueño Cayetano de Mergelina. 

En las sucesivas excavaciones se recuperaron gran cantidad de objetos de piedra, pilas decoradas, labras de granito y esculturas. Una de ellas es la imagen de un ídolo femenino de 26 de altura, 11 cm de ancho y 6,5 cm de grosor. Se trata de la personificación de una deidad relacionada con la fertilidad, una Dea Mater como lAstarté fenicia, la Venus  romana o la Iunstir  ibera. Este tipo de divinidades prehistóricas fueron las más veneradas en toda el área mediterránea.

En 2015 se descubrió una cabeza antropomorfa de unos 15 cm de longitud, datada en los siglos II-I a.C. Esta pieza se interpreta como la representación de la cabeza cortada de un enemigo o la de un guerrero deificado que protegía un barrio de la citania.

Siguiendo con las esculturas halladas en el castro de Santa Trega, nos encontramos con otra cabeza, en este caso de un zoomorfo, probablemente un cerdo.  

Por lo que se refiere a los objetos de metal, se han descubierto torques de bronce, el remate de un torque de oro, monedas de plata, fíbulas, agujas, anzuelos, fragmentos de calderos, moldes, hoces, argollas y remaches. 

Fragmento de caldero de bronce.

Las piezas de alfarería indígena que se han podido recuperar son muy diversas, pero predomina la cerámica decorada con incisiones.

También son muy variados los tipos de cerámica fina romana (campaniense, terra sigillata, hispánica y gálica) y de cerámica común (ánforas, lucernas, moldes de fundición y tégulas).

Réplica de vasija globulada tipo Vigo-perlada (s I a.C-I.d.C). Santa Trega.

Especialmente frecuentes son las ánforas para la conservación y transporte de vino, salazones, aceite o grano, sobre todo procedentes de la Bética, pero también de la Galia. No faltan tampoco los restos de vasos romanos de vidrio de color verde, azul, ámbar e incoloros.

En la acrópolis del castro se halló una escultura de bronce de Hércules similar a las encontradas en Cádiz y que podría indicar la presencia de un santuario dedicado a Melkart. Desgraciadamente esta pieza ha desaparecido.

Otro descubrimiento importante es el de varias monedas acuñadas tanto en cecas púnicas de Gadir como romanas de época republicana, de Augusto (siglo I a.C.), de Tiberio (siglo I d.C.) y de Claudio (siglo I d.C.). Sin embargo los hallazgos de armamento son escasos: cuchillos, puñales, un hacha, una espada de antenas y puntas de lanza. 

Cuchillo de hierro.

La influencia púnica fue fundamental en el desarrollo tecnológico, artístico y mitológico de las comunidades del S de Galicia. Los restos arqueológicos nos permiten conocer la importancia de las relaciones comerciales y culturales existentes entre Galicia y el ámbito cultural fenicio, desde la segunda mitad del siglo VI a.C en adelante. Se han hallado restos de origen mediterráneo en todos los castros litorales del NO que han sido ocupados entre los años 450 a.C. y 50 a.C, siendo más abundantes en la zona comprendida entre Porto y las Rias Baixas.

Betilos púnicos (sV-IV a.C.). Isla de Toralla (Vigo).

Tras las guerras lusitanas, en el año 137 a.C. llegó a las comarcas de la Limia y del Miño el general romano Decimus Iunius Brutus Callaicus”, en una expedición militar y de exploración de los recursos minerales de la región, fundamentalmente en busca de oro y estaño. 

La conquista romana introdujo profundos cambios en la sociedad castreña. Desde el principio, algunos miembros de las élites locales comenzaron a adoptar las costumbres romanas como muestra de prestigio. Esa asimilación la podemos apreciar en la adopción de los ritos funerarios romanos, así como en la utilización de estelas labradas con representaciones de los indígenas vestidos con toga romana y un brazo cruzado sobre el pecho.

En el castro de Santa Trega se han hallado dos de estas estelas de togados, datadas poco tiempo después de la campaña de Decimus Iunius Brutus (García Bellido).

Otra estela encontrada en Santa Trega se adapta al modelo romano pero incorpora una decoración indígena, con un aspa en la parte superior y una sucesión de rosáceas en la inferior.

A partir de mediados del siglo II a.C. la presencia romana se tradujo en mayor organización de la sociedad, y paralelamente en un gran desarrollo de los grandes castros costeros bracarenses como el de Santa Trega. 

Posteriormente, en los siglos II y III d.C, las reformas administrativas impuestas por los romanos incentivaron a los habitantes de los oppidum para que los abandonaran y se establecieran en los valles, ya que eran lugares mas favorables para el desarrollo de la agricultura, la ganadería y el comercio.


Bibliografía

Fernando Javier Costas Goberna, Lara Bacelar Alves, Antonio de la Peña Santos, Antonio Manuel S. P. Silva. Arte Rupestre Prehistórica do Eixo Atlántico.

Antonio de la Peña Santos. Yacimiento galaico-romano de Santa Trega (La Guardia, Pontevedra). Campaña 1983, 

Antonio de la Peña Santos.Santa Trega, un poblado castrexo-romano.

Maria Joao Delgado Correia dos Santos. Santuarios rupestres de la Hispania indoeuropea.

Carlos Fernández Rodríguez y Carlos Rodríguez López. Nuevos datos acerca de los recursos económicos del poblado castreño de Santa Trega (A Guardia, Pontevedra).

João Fonte, Joana Valdez, Francisco Sande Lemos y Gonçalo Cruz. Citânia de Briteiros e médio vale do Ave (NW de Portugal): SIG e análise arqueológica do territorio.

Aitor Freán Campo. Persistencia y evolución de la religiosidad y las mentalidades del noroeste peninsular desde la Edad del Hierro a la tardo antigüedad.

Antonio García Bellido. Cámaras funerarias de la cultura castreña

Alfredo González Ruibal, Rafael Rodríguez Martínez y Xurxo Ayán Vila. Buscando a los púnicos en el noroeste.

Elisa Pereira Garcia, Fernando Javier Costas Goberna, José Manuel Hidalgo Cuñarro. Petroglifos en los Castros Gallegos.

Francisco Sande Lemos. A influencia da romanización no habitat e a paisaxe castrexa: o ejemplo dos grandes castros.

Museo Arqueolóxico do Monte Santa Trega. Viaxando pola historia. 100 anos do MASAT.

Xunta de Galicia. Guía de castros de Galicia y noroeste de Portugal.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.


domingo, 1 de febrero de 2026

Mámoa da Braña (Silleda)

 

La mámoa da Braña se hallaba en el lugar de Currospedriños, parroquia de San Paio de Refoxos (Silleda), hasta que fue destruida en 1974 cuando se realizaban unos trabajos agrícolas para allanar el terreno. Posteriormente, a unos 35 m al SE de la ubicación de la mámoa da Braña, apareció una cista de 50x35 cm en cuyo interior encontraron restos óseos humanos.

De los quince ortostatos que formaban el dolmen sólo se conservan tres que están depositados en el Museo de Pontevedra. Los tres ortostatos están grabados con líneas onduladas y uno de ellos además con hileras de círculos y un heliomorfo.

La mámoa da Braña está datada en el Neolítico-Calcolítico (5500-3000 a.C.).


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.



Ibis Eremita (Geronticus eremita)

  


Clasificación

Aves/Ciconiiformes-Ciconiae/Threskiornithidae-Threskiornithinae/Geronticus.


Distribución

Marruecos, Argelia y por el S hasta el O del Sáhara. Anteriormente sus colonias se extendían por Oriente Próximo y Medio, Etiopía y N de Somalia. Es posible que existan colonias desconocidas en el SO de Arabia y en Yemen. La población occidental realiza movimientos dispersivos erráticos hacia el S después de la reproducción, pero la mayor parte invernan en Marruecos. Los jóvenes se desplazan más lejos y en años secos pueden llegar hasta Mauritania e incluso a Mali. La población oriental es migratoria y se cree que inverna en las tierras altas de Etiopía.

En Europa se reproducía en Suiza, Austria y Hungría, pero desapareció a finales del siglo XVII. A principios del siglo XX la especie estaba restringida a poblaciones individuales en Asia Menor y el NO de África. Actualmente la única población totalmente silvestre y autosuficiente es la de Marruecos.

El Ibis eremita es una especie en peligro de extinción pues sólo quedan 1750-2000 ejemplares en todo el mundo. Sus principales amenazas son la pérdida de hábitat para uso agrícola, el empleo intensivo de pesticidas, la presión humana y factores naturales indeterminados.

En España se está desarrollando desde el años 2003 el Proyecto Eremita, para su reintroducción en Andalucía. El único núcleo reproductivo está en la comarca de la Janda (Cádiz), con 23 parejas en 2018. Desde 2005, las poblaciones se refuerzan con la suelta de ejemplares jóvenes criados en cautividad, para intentar compensar su alta tasa de mortalidad y la falta de variedad genética. Gracias a este programa, la población española de Ibis eremita alcanzó las 129 aves en 2021 y actualmente se estima que hay unas 250 aves sedentarias en Cádiz.

Los juveniles, en sus movimientos dispersivos, han llegado al N de Portugal, Galicia, Asturias y León. Hemos tenido la oportunidad de ver un ejemplar en mayo de 2022 en el campo de golf de Sancti Petri (Cádiz) y otro en A Ramallosa (Nigrán ) en enero y diciembre de 2025. Este individuo visto en Portugal y Galicia es conocido por el nombre de "Cañaílla" y nació el 19 de mayo de 2023 en el Zoológico de Halle (Alemania). Fue enviado muy joven al Centro de Conservación de la Biodiversidad del Zoobotánico de Jerez y después se liberó en Vejer de la Frontera.


Hábitat

El Ibis eremita vive en llanuras y mesetas áridas y semiáridas con escarpes rocosos, campos cultivados, prados y pastos de gran altitud. Anida en acantilados rocosos, junto a cursos de agua o a lo largo del mar, y a veces, en el pasado, en lo alto de edificios antiguos como castillos, murallas y torres. Frecuenta tierras agrícolas y pastos de ganado bovino, pero también se le puede ver en campos de golf.


Identificación

Tamaño de 70-80 cm, envergadura de 125-135 cm. Los adultos tienen plumaje negro con reflejos metálicos púrpuras y verdes, cresta de plumas largas que cuelgan sobre la nuca y parte superior del cuello, cabeza pelada y roja, y pico largo y curvo de color rojizo.

Los inmaduros son más opacos, más apagados, sin mancha cobriza en las alas. La cabeza y el cuello emplumados son de color grisáceo y las plumas ornamentales de la nuca no son tan largas.


Alimentación

Su dieta es principalmente de insectos (saltamontes, langostas, grillos, escarabajos, tijeretas, hormigas y sus huevos, orugas, cochinillas de humedad), arañas, escorpiones, caracoles, lombrices de tierra, renacuajos, ranas, peces y ocasionalmente pequeños mamíferos, polluelos de aves y materia vegetal.


Reproducción

La época de reproducción comienza a mediados de febrero y las aves se concentran en colonias de 3-40 parejas, situadas en acantilados, repisas, cornisas o cuevas. Por lo general, es la hembra la que construye una plataforma suelta de ramas que forra con hierba, paja, lana, trapos y desperdicios, que son aportados por el macho. La puesta se realiza en marzo-abril y los 1-6 huevos (por lo general 2-4), de color blanco azulado, son incubados 24-28 días. La eclosión se produce de manera asincrónica y por lo general sobreviven 2-5 crías por nido, ya que las tardías suelen fallecer. Los pollos son de color marrón grisáceo, más pálidos en la parte inferior. A los 43-47 días ya han completado su plumaje y comienzan a volar acompañando a sus progenitores, los cuales se ocuparán de alimentarlos y cuidarlos mucho tiempo después de que hayan dejado el nido. A los 4-5 meses de vida algunos juveniles abandonan la zona de cría y se dispersan, emprendiendo un viaje divagante y errático que los puede llevar a cientos de kilómetros de distancia.

Si bien alcanzan la madurez sexual a los 3 años, no suelen reproducirse hasta los 6 años. Su esperanza de vida es de unos 25 años.


Conducta

Los Ibis eremitas son aves muy gregarias, tanto en época de cría como fuera del período de reproducción. Pasan mucho tiempo en el suelo, buscando su alimento, arreglando su plumaje con el pico y dándose baños de sol con las alas extendidas.

Suelen establecerse en zonas cercanas a puntos de agua dulce, donde beben y se remojan en los días cálidos. Por la noche vuelan hacia sus dormideros situados en árboles, cantiles o edificios. Buscan alimento en pequeñas bandadas que recorren cultivos, pastizales, prados, matorrales y campos de golf, siempre atentos a la presencia de predadores. Se desplazan peinando el terreno, introduciendo sus largos picos en la tierra blanda y húmeda, en la arena, debajo de piedras, de las boñigas de vacas o entre las grietas. La punta de su pico es muy sensible y les permite detectar a las presas que no puede ver. 

Junto con el alimento ingieren piedrecitas para facilitar la digestión, pero a veces pueden tragar plásticos, cristales o metales.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Ana Durán Besada y F. Javier Torres Goberna ©.


Bibliografía

Handbook of the birds of the world. Del Hoyo, Elliott & Sargatal. Lynx Edicions.

Enciclopedia virtual de los vertebrados españoles. Museo Nacional de Ciencias Naturales. CSIC.