domingo, 20 de septiembre de 2026

Castro de Baroña (Porto do Son)

 

El Castro de Baroña, situado en el extremo occidental de la península de O Barbanza, en la parroquia homónima del municipio de Porto do Son, se extiende por toda la Punta do Castro.

La Península do Barbanza mide unos 34 km de largo y ocupa una superficie de aproximadamente 410 km². En ella se distinguen tres grandes zonas: las tierras bajas de la plataforma litoral, las laderas y estribaciones de la sierra del Barbanza, y las cumbres y penillanuras de las áreas más elevadas. La sierra se extiende unos 5 km de largo por 2 km de ancho y alcanza su máxima altitud en el monte Iroite, con 685 metros. La costa alterna ensenadas arenosas con pequeños tramos de rocosos y acantilados.

En Porto do Son se localizaron dos zonas con restos arqueológicos, en Cabeiro-Xebrín y en Praia de Cabeiro. Los hallazgos, entre los que destacan cerámicas de tipo campaniforme internacional y decoraciones incisas metopadas de tipo Penha, probablemente proceden de un asentamiento abierto ocupado durante la transición entre los milenios III y II a. C. De esta misma época son también los conjuntos de grabados rupestres localizados en el territorio.

Cerámica tipo Penha. Folón. Canido (Vigo).

El acceso al castro de Baroña se realiza desde la carretera que une Porto do Son con Ribeira. Tras recorrer unos 4,3 km, se toma un desvío a la derecha y se continúa a pie durante unos 600 m por un camino que conduce hasta el yacimiento. El castro es pequeño, con una extensión aproximada de 2 ha, aunque originalmente debió de ser mayor, ya que durante siglos ha sufrido una intensa erosión marina. Las excavaciones parciales fueron realizadas por Sebastián González García-Paz, José María Luengo Martínez y Francisco Calo Lourido.

Punta do Castro es una pequeña península unida a tierra firme por un estrecho istmo arenoso que estaba ocupado por un antecastro y en el que se excavó un foso de unos cuatro metros de ancho y tres de profundidad, que constituye la primera línea defensiva del castro. 

Esta parte estaba habitada pero ha sido prácticamente arrasada por la erosión del mar. La totalidad del istmo estaba rodeada por una muralla formada por un doble muro de mampostería con relleno de piedra y arena. En ella se abre la entrada principal, en rampa, defendida por bastiones y por el engrosamiento de los muros.

En el interior del segundo recinto se encuentran actualmente 17 estructuras excavadas, de las que la mayoría debe corresponder a construcciones de carácter doméstico. 
Entrada de acceso al segundo recinto.

Las construcciones situadas en esta primera plataforma se distribuyen en la zona más meridional de la península, con diez estructuras de planta variable, circular y ovalada, y un segundo grupo, localizado en el entorno de la entrada principal, compuesto por otras seis excavadas de planta oblonga y circular. En dos casos cuentan con anexo y vestíbulo y otra está adosada a la cara interior de la muralla. Esta última es la conocida como casa del banco corrido, en realidad un basamento adosado al paramento interior de la muralla cuya funcionalidad es dudosa.

El tercer recinto está separado del anterior mediante una compleja sucesión escalonada de muros de contención, de orientación este-oeste. Se accede a él por una escalinata monumental, flanqueada por muros de piedra a ambos lados, que constituye uno de los elementos más característicos del yacimiento. Entre estas estructuras hay dos espacios cuadrangulares de difícil interpretación. Al otro lado de la entrada se distribuyen varias construcciones de formas diversas, comunicadas por zonas de paso. También hay seis construcciones circulares, otras seis de planta principalmente ovalada y un amplio espacio abierto que pudo funcionar como plaza.

Escalinata de acceso al tercer recinto.

Las estructuras de este tercer recinto suelen agruparse en conjuntos de dos, tres o cuatro estancias. También se conservan numerosos vallados y tramos de muro que debieron funcionar como cercas, creando zonas de paso y circulación.

El cuarto recinto, situado en lo alto de la colina, podría formar una tercera plataforma. Aunque apenas fue excavado, se observan construcciones que parecen ocupar buena parte del espacio. Un sendero que bordea los acantilados permite llegar a la acrópolis del castro, situada a unos 25 metros sobre el nivel del mar.

El material cerámico, el más numeroso, está compuesto principalmente por piezas de producción indígena. Entre las importaciones aparecieron restos de ánforas púnicas datadas entre los siglos IV y III a. C., presentes con cierta frecuencia en castros del litoral meridional (Castro da Punta do Muíño de Vento, Vigo; Neixón Grande; A Lanzada), que testimonian un flujo comercial con el Mediterráneo. Sin embargo, estos hallazgos no son suficientes para demostrar que el castro estuviera habitado en esa época. Con certeza, solo puede establecerse que estuvo ocupado durante un breve período comprendido entre el siglo I a. C. y finales del siglo I d. C.

Ánforas púnicas tipo Mañá-Pascual A4.

Otros restos hallados incluyen evidencias relacionadas con la fundición de bronce, hierro y oro, como hachas, agujas de cobre, fíbulas y una arracada, que corresponde a la variante denominada «de tipo laberinto», formada por cuerpos que crean cajas abiertas, sin cubiertas, cuyos laterales presentan tabiques laminares concéntricos.

Arracada de Baroña.

Existe una relación inversa entre la monumentalidad de la arquitectura, con sus fuertes murallas y numerosos recintos habitacionales, y la escasez de evidencias relacionadas con la producción de alimentos. Baroña debió desempeñar un importante papel en la organización territorial, social y económica de su entorno, actuando probablemente como un lugar central. La economía del poblado debió basarse en una agricultura cerealística mixta, probablemente centrada en el trigo. El ganado mayor probablemente se encontraba estabulado fuera de los recintos habitacionales. En los concheiros se han hallado moluscos bivalvos y bígaros, restos óseos de peces y útiles de pesca.

Recreación digital del Castro de Baroña (IA).

Según Plinio el Viejo y Pomponio Mela, los habitantes de la península de O Barbanza pertenecían a la tribu de los Praestamarici, asentada al sur del río Tamaris (actual Tambre), mientras que al norte del río se encontraban los Supertamarici.

El castro de Baroña fue abandonado durante la segunda mitad del siglo I d. C., al integrarse la zona en la órbita provincial romana. No existen indicios de una ocupación posterior, aunque persiste una leyenda acerca de una necrópolis en el istmo, nunca demostrada de forma fehaciente. En su entorno existen numerosas evidencias de época galaicorromana, como el ara de Enxa, vinculada a un santuario galaicorromano dedicado a Diana Venatrix, o la lápida funeraria de Rufus. Estos hallazgos indican que la zona mantuvo cierta actividad durante esta época y que las élites locales procedentes de la sociedad castreña supieron adaptarse a las nuevas circunstancias históricas.

Recreación digital del ara de Enxa.

Los acontecimientos relacionados con el descubrimiento del castro de Baroña se remontan a junio de 1933, cuando se produjeron las primeras excavaciones clandestinas. Estas fueron realizadas por el carabinero Pablo Díaz, que llevó a cabo una excavación de gran extensión, para la que contrató a numerosos jornaleros. Los hallazgos llamaron la atención de Álvaro de las Casas, quien reclamó la intervención de la Administración para regularizar las excavaciones y continuar los trabajos de forma científica. Las excavaciones de Díaz fueron paralizadas por orden del Gobierno Civil de A Coruña y la Universidad de Santiago encargó nuevos trabajos al profesor Sebastián González García-Paz, que permitieron descubrir grupos de viviendas y restos de la muralla. El yacimiento permaneció abandonado hasta la década de 1960, cuando José María Luengo, director del Museo Arqueológico de A Coruña, llevó a cabo nuevas intervenciones.

En los años ochenta fue el turno del sonense Francisco Calo y del Instituto de Estudios Gallegos «Padre Sarmiento». En una primera etapa contaron con la colaboración de la arqueóloga portuguesa Teresa Soeiro, conocida entonces por haber excavado el yacimiento de Monte Mozinho, en el municipio portugués de Penafiel.

Fueron actuaciones de gran alcance. Se trabajó en amplias áreas y se proporcionó al asentamiento la imagen que prácticamente conserva en la actualidad. Además, se recuperó un interesante conjunto de materiales, entre los que destacan los restos de joyería, especialmente los anillos y la famosa arracada de oro.

Las excavaciones de los años setenta y ochenta no aportaron información suficiente para interpretar con seguridad estas estructuras, aunque parece probable que exista una diferencia cronológica importante entre ellas.

Las intervenciones iniciadas en 1994 constituyeron un plan marco destinado a frenar el deterioro progresivo del yacimiento, clarificar su complejo registro arqueológico y establecer una metodología orientada a su conservación y mantenimiento, así como las bases para futuros proyectos de puesta en valor.

La información que actualmente aporta el castro de Baroña sobre su propia historia y sobre la Edad del Hierro es limitada. Esto se debe tanto a la metodología empleada en las excavaciones como al elevado nivel de erosión de los recintos. El escaso rigor de los trabajos arqueológicos, su deficiente publicación y las dificultades para interpretar correctamente el registro arqueológico hacen que el yacimiento proporcione actualmente un caudal informativo muy reducido en comparación con otros castros mucho menos excavados.


AUTORÍA Y TRATAMIENTO DEL MATERIAL GRÁFICO

Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor: en unos casos, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada; en otros, para la recreación hipotética de escenas o personajes basada en los datos disponibles.



BIBLIOGRAFÍA

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LUENGO MARTÍNEZ, J. M. (1999): Excavaciones en el castro de Baroña. Edición facsimilar. Deputación da Coruña.


sábado, 20 de junio de 2026

Castro de Viladonga (Castro de Rei)

 

El castro de Viladonga se alza sobre una colina a unos 535 m de altitud en el municipio de Castro de Rei, a unos 23 km al noroeste de Lugo. Desde ese punto elevado en el valle inicial del río Miño se domina visualmente gran parte de la planicie oeste de la Terra Chá y las sierras de Monciro, Pradairo y Meira.

Muralla y puerta este.

Las excavaciones

Las excavaciones en Viladonga comenzaron en 1971 bajo la dirección de Manuel Chamoso Lamas. Durante los años siguientes, y hasta 1978, se sacaron a la luz la mayor parte de las estructuras actualmente visibles en el recinto central. Estas primeras campañas carecieron, en muchos casos, de registros detallados sobre la profundidad y el contexto exacto de los hallazgos, lo que ha dificultado posteriormente la interpretación de la gran cantidad de materiales arqueológicos recuperados.

Recreación digital del castro de Viladonga (IA).

A partir de 1982, Felipe Arias Vilas asumió la dirección de los trabajos y bajo su dirección se realizaron nuevas campañas de excavación en 1988, 1989, 1990, 1992 y 1996, además de los trabajos anuales de limpieza y consolidación. A partir de la segunda mitad de los años noventa, las excavaciones fueron encargadas también a empresas de arqueología, como Terra Arqueos, que trabajaron en zonas todavía no intervenidas. Más recientemente, en 2016, se llevó a cabo una nueva campaña en el tramo sudoeste de la calle principal del recinto central.

Reconstrucción digital del castro de Viladonga (IA).

El Castro de Viladonga fue declarado oficialmente Bien de Interés Cultural (BIC) por la Xunta de Galicia en el año 2009. La delimitación del monumento abarca una superficie de 96.270 m², mientras que su entorno de protección se extiende sobre un área de 993.494 m², garantizando la preservación tanto del yacimiento como de su contexto paisajístico y arqueológico inmediato.

Estructura y organización del asentamiento

El asentamiento cuenta con un complejo sistema defensivo compuesto por parapetos y fosos, que rodean el poblado de forma concéntrica y protegen dos grandes áreas de expansión de aproximadamente 40.000 metros cuadrados en total. Las estructuras defensivas visibles fueron levantadas principalmente con mampostería de esquisto.

Muralla y puerta este.

El sistema defensivo principal está constituido por un terraplén de tierra que alcanza entre doce y catorce metros de desnivel respecto al foso y que delimita un recinto interior protegido por estructuras murarias de pizarra. A sus pies se desarrolla un foso perimetral que rodea prácticamente todo el asentamiento, con la excepción del sector occidental, donde se localiza el antecastro.

Puerta oeste.

En los flancos noreste y suroeste se repite hasta en tres ocasiones la secuencia formada por muralla y foso, mientras que en el sector meridional la fuerte pendiente natural del terreno fue aprovechada para articular una serie de recintos escalonados que descienden hacia las zonas más bajas del entorno.

La acrópolis se localiza en el recinto central del castro y constituye el sector mejor conservado y de mayor densidad de ocupación del asentamiento. Este espacio, delimitado por una muralla de tierra reforzada interiormente mediante un paramento pétreo, encierra una superficie aproximada de 10.000 m². Su planta presenta una configuración cuadrangular con esquinas redondeadas y unas dimensiones de 95 × 100 metros en sus ejes principales.

En la acrópolis se concentraban la mayor parte de las estructuras habitacionales: viviendas de planta circular y rectangular, posibles almacenes o talleres, espacios de uso comunitario y dos calles principales que se cruzan aproximadamente en dirección norte-sur y este-oeste, además de un camino interior paralelo a la muralla.

Muralla y aljibe.

Las dos zonas de expansión se desarrollaron fuera del perímetro amurallado principal, lo que indica que el poblado creció con el tiempo superando sus límites originales.

Todos estos edificios estaban construidos con pizarra o piedra esquistosa y, en ocasiones, incorporaban grandes cantos rodados en los cimientos y en los ángulos de las estructuras.

Las construcciones de planta circular o con paredes curvas se cubrían con techumbres vegetales de paja o césped, mientras que las edificaciones cuadrangulares con muros rectos utilizaban tejas de tradición romana (tégulas e ímbrices), muy abundantes entre los materiales recuperados en el yacimiento.

Cronología del castro de Viladonga

El estudio de los materiales cerámicos recuperados durante las excavaciones ha permitido establecer una secuencia de ocupación diferenciada para las distintas áreas del castro. El sector noreste del recinto central parece tener los niveles más antiguos, quizás del siglo I de nuestra era. Los materiales allí recuperados incluyen tipos altoimperiales junto a otros más tardíos, lo que sugiere una ocupación prolongada que podría abarcar desde el siglo I hasta el V.

Una de las cuestiones que más debate ha generado entre los investigadores es la de cuándo comenzó a habitarse Viladonga. Desde los primeros trabajos se barajó la posibilidad de que el castro tuviera una ocupación anterior a la conquista del noroeste peninsular por parte de Roma. Esta hipótesis se apoyaba en la aparición, en las zonas más profundas del yacimiento, de materiales cerámicos de aspecto antiguo y de algunos restos estructurales muy deteriorados que parecían previos a las construcciones principales. Las dataciones radiocarbónicas obtenidas en la campaña de 1988-1989, realizadas sobre carbones asociados a los sistemas defensivos del lado este del castro, apuntan a una actividad en el lugar desde al menos el primer tercio del siglo I antes de Cristo.

Lo que parece claro es que la fase de máximo desarrollo del asentamiento corresponde a la época bajoimperial, entre finales del siglo II y el siglo V d. C., es decir, durante la etapa galaico-romana tardía. Es entonces cuando el castro alcanzó su mayor extensión, con la ocupación de las zonas de expansión situadas fuera del recinto amurallado principal, y cuando los restos arqueológicos muestran una presencia más clara de elementos romanos junto a las tradiciones locales.

Materiales arqueológicos recuperados

El repertorio material documentado es muy amplio y heterogéneo, predominando las cerámicas indígenas y romanas. También se han recuperados materiales quedos permiten identificar distintas actividades relacionadas con la agricultura cerealista y en la producción doméstica de tejidos.

Fusayolas de piedra y barro.
El registro arqueológico incluye también piezas relacionadas con la caballería, armamento, herramientas manufacturadas en piedra, bronce e hierro, además de tableros y elementos de juego.
Tabula latrunculata.

Entre los materiales más destacados del yacimiento figuran varias joyas, como una arracada y dos torques de oro.

Arracada de Viladonga.

Uno de los torques de Viladonga fue descubierto en 1911 y se conserva en el Museo Provincial de Lugo.

El segundo apareció durante la campaña de excavaciones arqueológicas desarrollada en 1972.

Otra de las piezas recuperadas en la campaña de 1972 es un singular hacha de talón con cuatro anillas laterales. Presenta un rebaje de sección cuadrangular a la altura de las anillas, mientras que el filo se encuentra fracturado en uno de sus extremos. Su composición metálica, basada en una aleación de cobre y estaño, probablemente incorporó también una proporción significativa de plomo, circunstancia que podría explicar su elevado peso, estimado en 635 gramos.

También se documentaron una cucharilla, fragmentos de teja con sellos y un ponderal con inscripciones griegas. La presencia de estos testimonios epigráficos debe interpretarse dentro de un contexto general en el que funcionarios, comerciantes, militares, esclavos y libertos procedentes de regiones orientales difundieron la lengua griega y determinadas prácticas culturales por numerosos territorios del Imperio.

Aplique de bronce con cabeza humana.

El yacimiento ha proporcionado además un conjunto numismático integrado por monedas de oro, plata y bronce fechadas entre los siglos IV y V d. C. 

Tesoritos con monedas de bronce.

Las excavaciones de 2025 sacaron a la luz la primera moneda de la serie denominada caetra hallada en el yacimiento: un as romano con la representación de Augusto en el anverso y una caetra en el reverso.

Sestercio con caetra.

Conclusiones

El Castro de Viladonga es un asentamiento galaico-romano de cronología bajoimperial, con la actividad mejor documentada en los siglos IV y V d. C. Su estudio continúa contribuyendo de forma significativa al conocimiento de cómo vivieron las comunidades del noroeste peninsular durante los primeros siglos de nuestra era, período en que las comunidades castreñas convivieron con la administración y la cultura romana tras la conquista del territorio.

Su arquitectura muestra unidades habitacionales en pizarra con organización funcional interna reconocible y grados variables de complejidad espacial. Los materiales incluyen cerámica de mesa e imitaciones de producciones romanas, vajilla de vidrio, objetos de adorno personal, útiles de trabajo y monedas del siglo IV.

La principal cuestión aún no resuelta es la posible existencia de una fase de ocupación anterior a la conquista romana. Los datos actuales no la confirman ni la descartan de forma definitiva, y su resolución dependerá de futuras excavaciones con metodología estratigráfica rigurosa. Asimismo, el análisis de la diferenciación social interna del asentamiento es una línea de investigación que futuros estudios deberán desarrollar.


AUTORÍA Y TRATAMIENTO DEL MATERIAL GRÁFICO

Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor: en unos casos, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada; en otros, para la recreación hipotética de escenas o personajes basada en los datos disponibles.


BIBLIOGRAFÍA

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domingo, 24 de mayo de 2026

Arracadas galaicas de Bedoya y Viladonga

 

Las arracadas galaico-castreñas son uno de los grupos más especializados y técnicamente complejos de la orfebrería de la Cultura Castreña del noroeste peninsular (Galicia, norte de Portugal y occidente asturiano) y pertenecen al mismo horizonte cultural que los torques, brazaletes, fíbulas y otras producciones metálicas castreñas del noroeste. Sin embargo, la investigación sobre las arracadas es relativamente limitada en comparación con la dedicada a los torques y, por lo tanto, numerosas cuestiones sobre estas piezas siguen siendo hipotéticas.

Este tipo de piezas áureas de suspensión son normalmente interpretadas como pendientes o adornos auriculares. No es posible precisar de manera inequívoca su función exacta, su uso social ni su simbolismo. Se supone que no eran simples adornos, sino joyas de prestigio usadas por las élites locales castreñas y que tal vez se utilizaban en contextos ceremoniales o de autoafirmación frente al poder romano. Tampoco existe una cronología absolutamente aceptada para todos los ejemplares, ya que muchos son hallazgos antiguos y otros carecen de un contexto arqueológico claro. Algunas piezas podrían situarse en la II Edad del Hierro del noroeste peninsular, entre los siglos IV–I a. C., mientras que las arracadas complejas podrían datarse entre el siglo I a. C. y el siglo V d. C.

Los estudios tecnológicos realizados por investigadoras como Alicia Perea y Barbara Armbruster indican que el material empleado en la fabricación de estas piezas era una aleación ternaria de oro, plata y cobre. La plata suele oscilar entre el 10 % y el 25 %, lo que confiere al oro castreño un tono pálido característico. El cobre se añadía intencionadamente para reducir el punto de fusión y facilitar la soldadura.

Se trata de piezas técnicamente muy sofisticadas que combinan tradiciones metalúrgicas atlánticas y mediterráneas y en cuya fabricación se emplearon procedimientos como el laminado, la torsión de hilos, la soldadura, la filigrana y el granulado.

Empleando la técnica de la filigrana, los hilos de oro extremadamente finos se soldaban sobre la lámina base para crear motivos geométricos (eses, espirales). La soldadura se realizaba mediante reacción química (o autocombustión): se utilizaban sales de cobre (como la malaquita) mezcladas con un aglutinante orgánico y, al calentar la pieza, el cobre se reducía y generaba una unión invisible sin necesidad de aportar un metal grueso que emborronara los detalles. En el caso del granulado, las diminutas esferas de oro se soldaban individualmente.

No existe una única clasificación formal de los diversos tipos de arracadas, pero una de las más aceptadas es la de Bieito Pérez Outeiriño, que distingue tres grupos:

Grupo I (arracadas sanguijuela o penanulares): caracterizadas por un cuerpo arriñonado o penanular profusamente decorado con técnicas de filigrana, gránulos y chapas estampadas. Suelen presentar un sistema de suspensión mediante cadenas tipo “bucle dentro de bucle”, una de las técnicas de manufactura orfebre más antiguas, muy utilizada desde la Edad del Hierro hasta el Imperio romano. A diferencia de las cadenas comunes actuales, donde cada eslabón es un anillo simple que se engancha al siguiente, en la técnica “bucle dentro de bucle” cada eslabón individual se dobla sobre sí mismo antes de entrelazarse, generando un tejido continuo, denso y extremadamente flexible que visualmente recuerda a una espiga o a un cordón trenzado. A este grupo pertenecen tanto las famosas arracadas de Bedoya como la pieza hallada en Viladonga.

Grupo II (arracadas con apéndices): piezas que incorporan un arete de forma penanular o penalunar con apéndices inferiores desarrollados, comúnmente triangulares o estrellados, y a menudo con superficies planas.

Grupo III (arracadas laminares o de hilos): se caracterizan por la utilización de estructuras laminares sobre las que se disponen elementos decorativos, o por simular estructuras de hilos mediante técnicas de repujado.

La arracada de Viladonga se encontró en la acrópolis del castro de Castro de Viladonga. Es una pieza maciza de oro de 23,75 g, de 3,5 cm de largo y 3 cm de ancho, con forma de riñón y formada por veinte láminas planas unidas y soldadas, ornamentada con un exquisito trabajo de filigrana y granulado que dibuja motivos geométricos.

Arracada de Viladonga.

Conserva su cadeneta articulada de hilos de oro trenzados que permitía suspenderla, tal vez desde la parte superior de la oreja. En un extremo presenta un pequeño tubo cilíndrico decorado con dos bandas onduladas situado junto a una pequeña argolla ovalada. Está realizada en oro aluvial con una presencia muy significativa de plata y un porcentaje menor de cobre. En cuanto a su tipología, se incluiría dentro del Grupo I como un morfotipo IA (tipo Recouso). Su datación se sitúa entre los siglos II y V d. C.

Las arracadas de Bedoya aparecieron en los años cuarenta en A Chousa, Barca de Arriba, parroquia de San Román de Doniños (Ferrol), y adoptan el nombre de la familia que las donó. Comparten con la de Viladonga la estructura de cuerpo robusto y convexo en forma de sanguijuela, rematado con densas bandas decorativas exentas de los apéndices triangulares que definirían al Grupo II. 

Arracadas de Bedoya (anverso).

Las técnicas orfebres empleadas fueron la fundición, la filigrana y el granulado. Miden 3,3 cm de diámetro exterior y 2,2 cm de diámetro interior, con un espesor mínimo de 0,8 cm y máximo de 1,1 cm, y un peso de 13,5 g de oro de muy alta ley. 

Arracadas de Bedoya (reverso).

Las arracadas de Bedoya pertenecen formalmente a una variante barquiforme dentro del Grupo I y están datadas entre los siglos I a. C. y I d. C.

Los estudios arqueométricos realizados sobre la orfebrería del noroeste peninsular (Perea, 2002; Ladra y Martinón-Torres, 2009) demuestran que tanto la arracada de Viladonga como las piezas del Tesoro de Bedoya están fabricadas a partir de aleaciones ternarias de oro, plata y cobre de origen aluvial. Mientras que las arracadas de Bedoya se caracterizan por una ley de oro muy elevada y escasamente manipulada en talleres, las piezas de Viladonga muestran sutiles variaciones tecnológicas y un control intencionado de los elementos de aleación en sus remates para favorecer los procesos de microsoldadura por difusión física (Ladra y Martinón-Torres, 2009).


AUTORÍA Y TRATAMIENTO DEL MATERIAL GRÁFICO

Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada.



BIBLIOGRAFÍA

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BALSEIRO GARCÍA, A.. El oro prerromano en la provincia de Lugo. Museo Provincial de Lugo. Lugo (m): Diputación Provincial de Lugo, 1994.

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PÉREZ OUTEIRIÑO, B. (1982): De ourivesaria castrexa. I. Arracadas. Ourense: Museo Arqueolóxico Provincial de Ourense.

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