sábado, 14 de marzo de 2026

Castro de Punta do Muíño do Vento (Vigo)


En Punta do Muíño do Vento, en la parroquia de Santa Baia de Alcabre (Vigo), se localizan los restos de un pequeño castro costero situado sobre un promontorio, a unos 10 m sobre el nivel del mar, en una península que separa las playas de A Mourisca y O Cocho.

En Alcabre se han identificado varios yacimientos castreños, fenicios y romanos (Roade, Fiunchal, Santa Baia, O Cocho, Punta do Muíño, Cotás…), pero, sin duda, el de mayor importancia es el de Punta do Muíño do Vento, descubierto en el año 2000 durante las obras de construcción del Museo do Mar de Galicia.

El castro de Punta do Muíño do Vento es uno de los más antiguos de Vigo y presenta una de las secuencias de ocupación más prolongadas, que abarca el período comprendido entre los siglos VIII y II a. C. Su importancia es enorme, ya que, junto con el castro de Toralla, ofrece la información más completa de la que disponemos sobre los primeros emporios del comercio marítimo galaico-púnico en los albores de la Edad del Hierro.

En las excavaciones arqueológicas realizadas durante los años 2001 y 2002 se recuperó una gran cantidad de restos cerámicos, entre ellos copas y vasijas. Aunque únicamente se localizaron unas pocas viviendas, de manera inesperada se produjo el excepcional descubrimiento de uno de los asentamientos púnicos más importantes conocidos hasta el momento en Europa occidental. A partir de estos vestigios arqueológicos fue posible reconstruir las distintas fases de ocupación de Punta do Muíño do Vento a lo largo de un amplio período de tiempo

En el siglo VIII a.C. las viviendas del primer poblado de Punta do Muíño do Vento eran de madera y paja, por lo que no se han conservado restos. Pero en la excavaciones aparecieron seis hachas de talón con el cono de fundición, datadas en el período del Bronce Final III (siglos VIII-VII a.C.), lo que nos permite establecer un primer período de ocupación. A este momento de transición entre el Bronce Final y la Edad del Hierro Inicial (850-650 a.C.), corresponden los grandes depósitos de hachas de talón de bronce de aleación ternaria, hallados en las Rías Baixas y centro-norte de Portugal: Vilar de Mouros (200 piezas), Samieira (152), San Xoán da Lagoa (120), Paradela (73), Tremoedo (62), Cambados (60) o A Estea (27).

Hachas de talón de Estea, Saiáns(Vigo).

También de finales de la Edad del Bronce y principios de la Edad del Hierro (siglos VIII-IV a.C.) son los fragmentos de cerámica tipo Neixón Pequeno, hallados en el Castro Punta do Muíño do Vento.

Réplica de vasija Neixón Pequeno (S VIII-IV a.C.) Castro Muíño Vento.

En los siglos V y IV a.C. los navegantes fenicios llegaron a la Ría de Vigo y establecieron en Punta do Muíño do Vento un asentamiento en el que desarrollaron una intensa actividad comercial, como lo demuestran los más de 2000 fragmentos de cerámica procedente del área de Cádiz y del Mediterráneo Oriental, que se han hallado en las excavaciones.

Entre estos restos de origen íbero-púnico destacan las ánforas de cerámica utilizadas para el transporte de pescado en salmuera, datadas entre finales del siglo V a.C. e inicios del siglo IV a. C., así como los recipientes para el vino de finales del siglo V a.C. e inicios del III a.C.

El diseño de este tipo concreto de ánforas corresponde a formas antiguas del tipo A4, de acuerdo con la clasificación realizada por los arqueólogos Fernando Mañá y Ramón Pascual. Estas ánforas proceden del área del Estrecho de Gibraltar y sus características principales son: cuerpo alargado y estrecho, de tendencia cilíndrica o fusiforme; perfil esbelto; cuello largo y relativamente estrecho; borde simple o ligeramente exvasado; labio redondeado; dos asas verticales que arrancan del borde o cuello y se unen a la parte superior del hombro; transición suave entre cuello y cuerpo; base maciza o punta sólida (no plana) diseñada para clavarse en la arena o colocarse en soportes de barcos; altura de 70–90 cm y 20–30 litros de capacidad.

Ánforas Mañá-Pascual A4 (IA).

En el asentamiento de Punta do Muíño do Vento se realizaban transacciones comerciales en las que los navegantes púnicos obtenían estaño, cobre, plata, oro, pieles y, probablemente, esclavos. A cambio, las comunidades indígenas adquirían cerámicas, vino, salazones de pescado, objetos de bronce, perfumes y joyas. Además, el asentamiento funcionaba como un centro político en el que se reunían para tomar decisiones de carácter organizativo y económico, y donde también celebraban sus ceremonias religiosas.

Bandeja de asas interiores. Castro Punta do Muíño do Vento. 

Sin duda, el principal hallazgo de la intervención arqueológica en el castro de Punta do Muíño do Vento ha sido el santuario púnico, construido a finales del siglo V a.C. y abandonado a finales del siglo IV a.C.

Se trata de una estructura cuadrangular delimitada por un murete, realizado con pequeños bloques de piedra, en cuyo interior se encuentran tres cipos o betilos de granito pulido, hincados verticalmente y que sobresalen alrededor de medio metro del suelo. Es posible que originalmente este altar tuviera un cuarto betilo, ya que se distingue lo que pudiera ser su soporte pétreo.

Este tipo de santuarios fenicios con betilos cilíndricos, cónicos u ovoides, eran una forma de culto anicónico en la que los dioses no se representaban mediante imágenes o esculturas figurativas, sino mediante objetos simbólicos en los que las divinidades habitaban y estaban presentes. Se conocen lugares de culto de estas características en diversos puntos del Mediterráneo, desde Gadir hasta Byblos. El santuario de Punta do Muíño do Vento presenta, no obstante, claros paralelos con el Santuario B del emporio de Kommos (Creta) y con el de Solunto (Sicilia), donde también se documentaron tres betilos dispuestos sobre una plataforma.

La procedencia de las ánforas y del resto de la cerámica hallada permite establecer que el santuario de Punta do Muíño do Vento fue construido por navegantes procedentes de Gadir, que se establecieron temporalmente en el lugar para realizar sus transacciones comerciales y donde llevaban a cabo sus ritos, efectuando ofrendas a sus divinidades —como libaciones de vino, aceite o miel— con el fin de garantizar el éxito de sus viajes.

Entre los siglos IV a.C. y I a.C. se construyeron en Punta do Muíño do Vento las edificaciones castreñas de planta circular, con hogar central y pavimentos correspondientes a distintos momentos de ocupación, que pueden observarse en la actualidad.

En este momento seguía existiendo un frecuente intercambio comercial con navegantes púnicos, como lo atestigua la presencia de alfarería procedente del área del Estrecho de Gibraltar, entre la que se encuentran las ánforas antes citadas del tipo Mañá-Pascual A4, fabricadas en Gadir hasta el siglo II a.C.

A esta fase corresponden también los restos de vajilla de mesa del tipo Kouass, elaborada por alfareros púnico-gaditanos entre los siglos IV-II a.C., que imita modelos helenísticos áticos de barniz negro.

Vajilla tipo Kouass.

En Punta do Muíño do Vento también se han encontrado restos de cerámica indígena, como los del tipo Forca (A Guarda).

Réplica vasija tipo Forca (S IV-II a.C.) Castro Punta do Muíño do Vento.

En el siglo II a. C., el desarrollo del Castro de Vigo provocó el despoblamiento de otros castros costeros vigueses, como los de Punta do Muíño do Vento, Toralla y el castro do Castriño. El de Punta do Muíño do Vento fue abandonado a finales del siglo II a. C. o a inicios del siglo I a. C., aunque no de manera definitiva, ya que continuó utilizándose como enclave comercial dependiente del Castro de Vigo para las transacciones con comerciantes romanos.

Ánfora procedente de la Bética (s. I a.C.). Castro de Vigo.

En los siglos I-II d.C., el asentamiento, ya completamente abandonado, fue utilizado como conchero y vertedero, mientras que en los alrededores se construyeron villas y factorías romanas dedicadas a la salazón de pescado.

Durante los siglos III-V d.C., Punta do Muíño do Vento fue utilizada como necrópolis de inhumación, con tumbas orientadas E-O en las que no se ha hallado ningún tipo de ajuar, aunque si han aparecido restos humanos y animales, piezas cerámicas y objetos de bronce.

A unos 58 m en línea recta del yacimiento castreño de Punta de Muíño do Vento, en la playa de la Mourisca, se encuentran otros restos arqueológicos de origen incierto y de interpretación problemática. Se trata de una roca de unos 2 m de altura, situada junto al mar, en la que se han tallado ocho peldaños que conducen a la parte superior.

Es la única roca de la zona en la que se aprecian rebajes y no parece estar relacionada con ninguna construcción. Además, está separada del mar por rocas que hacen imposible que cualquier embarcación, incluso de muy poco calado, pudiera atracar en ese punto.

Su aspecto guarda cierta semejanza con algunos altares rupestres vettones, celtibéricos o posteriores, como el de Panóias. De ser así, podría tratarse de un lugar destinado a la realización de ceremonias, libaciones o sacrificios.

La interpretación de esta escaleras tallada en la roca resulta, no obstante, incierta tanto en lo que respecta a su función como a su datación, por lo que no es posible ponerla en relación ni con el castro ni con el santuario púnico.


La presencia fenicia en Galicia

La primera referencia geográfica de la que disponemos sobre la península ibérica se encuentra en la obra Ora maritima del poeta y escritor romano Rufo Festo Avieno (siglo V d. C.). En este texto se mencionan las Islas Casitérides (“islas del estaño”), con las que comerciaban los navegantes tartésicos y que muy probablemente correspondan a algunas de las situadas en la costa occidental de Galicia (Toralla, Cíes, Ons, Sálvora y Cortegada). La importancia del estaño era enorme, ya que se trataba de un mineral estratégico cuya aleación permitió el paso de la Edad del Cobre a la Edad del Bronce, al posibilitar la fabricación de objetos más duros, moldeables y duraderos.

Actualmente contamos con evidencias arqueológicas que indican que ya en el II milenio a. C. navegantes procedentes del Mediterráneo oriental arribaron a las costas del sur de Galicia en viajes de exploración o de intercambio comercial. Los petroglifos hallados en el río Vilar (Pedornes, Oia) muestran grabados de embarcaciones con espolón de proa y aparejos similares a los de navíos griegos, egipcios y fenicios.

En los grabados rupestres de Auga dos Cebros, datados en el segundo milenio a. C., aparecen representadas las figuras de diecisiete ciervos y la de una embarcación de tipología mediterránea en la que se distinguen con claridad el casco curvo, la proa, la popa, el mástil, los cabos y lo que podrían ser los tripulantes.

Reconstrucción de Auga dos Cebros (IA).

Tanta precisión y detalle implican una observación directa de este tipo de embarcaciones; por ello, teniendo en cuenta la antigüedad de estas representaciones, tal vez pudiera tratarse de naves cretenses.

Reconstrucción de una nave cretense del II milenio a.C. (IA)

Posteriormente, entre los siglos X y VIII a. C., los fenicios fundaron sus primeras colonias en el sur de la Península Ibérica (Gadir, Malaka, Sexi y Abdera) y, tiempo después, ya navegaban por la fachada atlántica peninsular, donde comerciaban con los pueblos indígenas.

Recreación de una embarcación púnica (IA).

Los fenicios que llegaron a Punta de Muíño do Vento procedentes del área del Estrecho de Gibraltar trajeron consigo sus creencias y erigieron un santuario en el que realizaban sus ritos, ofrendas y sacrificios de manera regular.

Recreación de una libación en el altar púnico (IA).

Estas ceremonias iban dirigidas a alguna de las principales divinidades fenicias. La principal de ellas era Baal-Hammon, dios supremo asociado a los ciclos agrícolas y al poder cósmico.

Recreación de representaciones de Baal, Astarté y Melqart (IA).

Astarté, conocida como Tanit en el mundo púnico occidental, era la esposa de Baal y una diosa madre vinculada con la fertilidad, la tierra, la luna y la guerra.

Astarté (s. VIII-VI a.C). Museo de Toledo.

Melqart era un dios joven, identificado por los griegos con Herakles, que representaba la monarquía, el mar, la caza, la colonización y el éxito comercial.

Estatuilla de bronce de Melqart (s. VIII-VII a.C.) Sancti Petri.

A Melqart se le atribuía el descubrimiento del tinte extraído del molusco murex, con el que los fenicios elaboraban sus famosas telas púrpuras. El término fenicios no era el nombre que este pueblo utilizaba para sí mismo, sino una denominación que les dieron los griegos y cuyo origen se encuentra en el término griego φοίνιξ (phoînix), que significa “color púrpura”.

Recreación de una factoría fenicia de tinte púrpura (IA).

Muy probablemente el santuario de Punta do Muíño do Vento estuviera dedicado a Melqart, ya que era el protector de la navegación y del comercio y, además, una divinidad muy venerada por los habitantes de Gadir. Su templo más importante, el Herákleion, era uno de los lugares de culto más célebres de la antigüedad y se encontraba cerca de las Columnas de Hércules, en algún punto de la costa gaditana entre El Retamar (Puerto Real) y Punta del Boquerón (San Fernando).

En su Geographiká, Estrabón describe uno de estos santuarios o Hieron Akroterion (Promontorio Sagrado), siguiendo el relato que hace Artemidoro de Efeso en su obra Geagraphoumena. Se trataba de lugares de culto al aire libre situados en promontorios costeros y dedicados a divinidades de la navegación y del comercio. En ellos estaba prohibido permanecer durante la noche, ya que, según la creencia, al ocultarse el sol eran ocupados por los dioses. En estos promontorios había piedras esparcidas en grupos de tres o cuatro, que los viajeros volteaban antes de realizar libaciones de vino, aceite o miel.

El descubrimiento del santuario púnico Punta de Muíño do Vento aporta una información muy valiosa acerca de los primeros emporios púnico-galaicos de los siglos V-IV a.C. y pone de manifiesto los estrechos intercambios comerciales, culturales y religiosos existentes entre los asentamientos castreños de la costa atlántica de Galicia y los navegantes púnicos procedentes del sur peninsular.

Este influjo se aprecia claramente en los restos arqueológicos hallados en los castros costeros galaicos. En la primera etapa del comercio con los púnicos (450-150 a.C.) se distinguen perfectamente los objetos procedentes del ámbito mediterráneo de aquellos propios de la cultura indígena local.

Réplica de pote (s. IV-II a.C.). Castro Punta do Muíño do Vento.
En momentos posteriores (150-50 a.C.), el registro arqueológico muestra cómo las sociedades castreñas ya se encontraban integradas en la koiné comercial del Mediterráneo occidental, sin que ello supusiera la desaparición de la identidad cultural galaica.


Bibliografía

Gonzalo Buceta Bruneti. Memoria de los tratamientos de conservación, restauración y musealización del “ castro da punta do muíño do vento.

Maria Joao Delgado Correia dos Santos. Santuarios rupestres de la Hispania indoeuropea

Aitor Freán Campo. Persistencia y evolución de la religiosidad y las mentalidades del noroeste peninsular desde la edad del hierro a la tardoantigüedad.

Alfredo González Ruibal, Rafael Rodríguez Martínez, Xurxo Ayán Vila. Buscando a los púnicos en el noroeste.

Juan Antonio Martín Ruiz. Mirando hacia Finisterre: el comercio fenicio en la fachada noroccidental de la Península Ibérica.

Iván Negueruela Martínez. Fenicios en el Atlántico.

Iván Negueruela Martínez. El comercio fenicio en el Atlántico europeo

Iván Negueruela Martínez. Los fenicios en el Atlántico: una revisión crítica.

Iván Negueruela Martínez. La expansión fenicia más allá del Estrecho de Gibraltar.

Iván Negueruela Martínez. Navegación fenicia hacia el noroeste de Europa.

Ana María Niveau de Villedary y Mariñas. La cerámica tipo “Kuass”.

Josefa Rey Castiñeira. Cerámica indígena de los castros costeros de la Galicia occidental: Rías Bajas. Valoración dentro del contexto general de la cultura castreña.

Antonio M. Saéz Romero. Algunas consideraciones acerca de las ánforas gadiritas Mañá-Pascual A4 evolucionadas.

José Suárez Otero. Dioses del Mar Exterior. Punta do Muíño y la religión púnica en el Atlántico.


Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Aviso: Parte del material gráfico incluido en este trabajo ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial para la visualización, reconstrucción o mejora técnica de las imágenes. Dichos procesos se han aplicado exclusivamente con fines ilustrativos y siguiendo criterios de rigor científico, sin alterar ni reinterpretar los datos arqueológicos documentados.


sábado, 28 de febrero de 2026

Petroglifos de Auga da Laxe (Gondomar)

 

El Monte Galiñeiro se encuentra en la parte N de la sierra del Galiñeiro, en la parroquia de Vincios del concello de Gondomar, justo en el límite con los concellos de Vigo y O Porriño. Se trata de una masa rocosa, sin apenas vegetación, que domina toda la comarca. Desde la cumbre se contemplan las rías de Vigo, Baiona, Pontevedra y Arousa; el valle del Fragoso; el valle del Miñor; Mos, Porriño y Ponteareas. 

En la ladera occidental del Monte Galiñeiro, muy cerca del campo de mámoas del Monte dos Arruidos, se localizan los petroglifos de Auga da Laxe, descubiertos en 1983 por miembros del Departamento de Prehistoria y Arqueología del Museo Municipal Quiñones de León de VigoSe trata de cuatro estaciones rupestres de las que destaca el grupo I, situado en un gran batolito granítico.
En la parte superior de esta gran roca hay una serie de piletas naturales de fondo plano, donde el agua queda retenida. Una vez que esto sucede comienzan los procesos de meteorización química y la pila se va haciendo más profunda y ancha, lo que genera una retroalimentación, ya que cuanto más grande es el tamaño de la pila más agua retiene y mayor será la meteorización química.
La cara SE de la roca presenta una superficie inclinada de 10,30 X 4,60 m sobre la que aparecen grabadas veintiséis armas: once puñales o espadas cortas, una espada grande, seis alabardas enmangadas y ocho símbolos que según los distintos investigadores pueden ser clasificados como ídolos, escudos, estandartes o representaciones esquemáticas de carros de guerra o votivos. 
Reconstrucción de los petroglifos de Auga da Laxe (IA).
En los otros grupos podemos encontrar más alabardas, puñales, un escutiforme, círculos y cazoletas. 
Estos petroglifos estuvieron en serio peligro de destrucción debido a las obras de prospección de una cantera, cuyas huellas pueden apreciarse en la roca de uno de los grupos (Faro de Vigo 26.01.2002).

Las representaciones de armas en los petroglifos de Galicia son básicamente características de las Rías Baixas, con algún otro ejemplo localizado hacia el interior, como en el caso de Castriño de Conxo (Santiago de Compostela). Las armas corresponden al equipamiento bélico de los guerreros de Europa Occidental en los primeros tiempos de la metalurgia (segunda mitad del III milenio), época que coincide además con el uso del caballo como montura.
Petroglifos de Castriño de Conxo.
Auga da Laxe I es uno de los mejores ejemplos de lo que se ha dado en llamar “rocas panoplia”, que destacan por su alta inclinación y por hallarse en lugares que pueden ser vistos desde lejos. Sobre este tipo de soportes se exhiben diversas clases de armas con una clara función simbólica y de ostentación de poder y estatus social. 
Reconstrucción de los petroglifos de Auga da Laxe (IA).
Este aspecto simbólico viene corroborado por el hecho de que sólo se representen armas y nunca aparezcan otro tipo de objetos metálicos relacionados con el uso diario, como hachas, aperos de labranza y demás útiles.

Las armas representadas en Auga da Laxe corresponden a la transición entre el Período del Cobre y el comienzo de la Edad del Bronce, entre finales del III y comienzos del II milenio a.C. Los motivos aparecen alineados y equidistantes, por lo que se supone que fueron grabados todos en el mismo tiempo y respetando un diseño general de composición.

Con respecto a la gran espada de Auga da Laxe, según unos autores (Costas y Novoa) se trataría de un arma del Bronce Inicial, al igual que el resto de las armas que aparecen grabadas. Lo que sucede es que simplemente se representó a una escala exagerada, hecho que por otra parte no es extraño ya que podemos encontrar un caso parecido en la Laxe das Ferraduras de Fentáns (Cotobade), en la que se ve a un humano blandiendo una espada que cuadriplica su propio tamaño.
Laxe das Ferraduras.
Sin embargo otros estudios (Vázquez Varela), coinciden con esta datación para todos los motivos que aparecen grabados salvo en lo que se refiere a la gran espada. Estos autores entienden que esta espada debería ser interpretada de manera distinta al resto del conjunto, puesto que su tipología recuerda en muchos detalles a las grandes espadas del Bronce Final. 
Para Vázquez Varela su tamaño desproporcionado en comparación con los puñales y alabardas, el distinto perfil y grosor de los surcos y determinadas diferencias en su pátina, le llevan a interpretar que lo que aparece representado es una espada de lengua de carpa característica del Bronce Final y que por lo tanto habría sido incorporada al conjunto varios siglos después. Este hecho, según Vázquez Varela, prueba que Auga da Laxe fue un lugar donde los guerreros se reunieron durante varios siglos, en una tradición que perviviría entre seiscientos y mil años.

La gran espada de Auga da Laxe mide 2,40 m de largo y 43 cm de ancho en la zona de unión con la empuñadura, donde presenta tres cazoletas a modo de remaches. La hoja de la espada se estrecha más allá de su mitad y luego se vuelve a ensanchar. Presenta unos espacios  cerca de la empuñadura que pudieran ser las escotaduras que suelen tener este tipo de espadas.
Por todas estas características podría ser una espada pistiliforme, cuya aparición en Galicia y N de Portugal data del período del Bronce Final I (1200-1050 a.C) y cuyo uso se generalizará durante el Bronce final II (1050-900). En Galicia se han hallado dos espadas de este tipo, una en Isorna (Rianxo) y otra en Catoira. Si la de Auga da Laxe fuera una espada pistiliforme arcaica su datación estaría entre el 1200 y el 1000 a.C, es decir, de un momento tardío dentro de la Edad del Bronce. Pero también existe la posibilidad de que se trate de una espada de lengua de carpa del Bronce Final III (900-700), de puño hendido y punta afilada y que se caracteriza por su gran variabilidad morfológica.
Espadas de lengua de carpa (Museo Arqueológico de Huelva)
Existe una clara similitud entre la gran espada de Auga da Laxe y la espada de lengua de carpa tipo Huelva variante Oissel, ya que en ambas se aprecian los tres remaches individuales en la empuñadura, presentan lados paralelos y tienen pomo en forma de T. Esta variante de espada procedente de la bahía de Huelva, es la que presenta una mayor variedad y su difusión abarca Andalucía occidental, norte de Francia y también existe un hallazgo en el centro de Alemania.
Espada Huelva tipo Oissel / Espada de Auga da Laxe.
Un dato que puede ser revelador es que en Hío (Cangas de O Morrazo), se ha encontrado una espada tipo Huelva y variante Oissel que apareció junto con puntas de lanza de sección romboidal datadas en la fase Wilburton de Gran Bretaña (1100-900 a.C), lo que supone una cronología temprana para este tipo de espadas.
Depósito de Hío.
Las espadas de lengua de carpa son abundantes en el occidente de Europa y también se han hallado en Galicia. Generalmente aparecen en los lechos de los ríos, lo que sugiere que fueron arrojadas a éstos en el transcurso de algún ritual religioso. Pero en el caso de Hío nos hallamos ante un yacimiento que estaba enterrado y en el que además de la espada antes citada se encontraron calderos de la clase A0, según la tipología de Coffyn, característicos del Bronce Final Atlántico (Dirk Brandherm y Magdalena Moskal-del Hoyo). Otros autores opinan que la espada de Hío correspondería a un tipo arcaico de pistiliforme provista de lengüeta calada y característica del período Bronce Final I-II.

En conclusión podemos decir que si la tipología de la espada de Auga da Laxe es coetánea del resto de armas representadas, nos hallaríamos ante un arma del Calcolítico o principios de la Edad del Bronce. Si por el contrario se trata de una espada pistiliforme o de lengua de carpa estaríamos hablando de un momento tardío de la Edad del Bronce y por lo tanto habría sido incorporada al grupo con posterioridad.

Por lo que se refiere a los puñales o espadas cortas que aparecen en Auga da Laxe, como hemos visto, existe acuerdo en que se trata de armas propias de la transición entre el Período del Cobre y el comienzo de la Edad del Bronce, entre el III y II milenio a.C. Todos presentan una hoja triangular y en alguno se distingue la nervadura central o cresta. Es de destacar su gran semejanza con los puñales que aparecen en Bretaña y las Islas Británicas.
Otro de los motivos que aparece en Auga da Laxe es la típica alabarda de la Edad del Bronce del III-II milenio a.C.
Alabardas tipo Carrapatas.
Las alabardas aparecen frecuentemente representadas en las insculturas gallegas y corresponden al tipo atlántico denominado Carrapatas, cuyas características son muy similares a las halladas en Irlanda. Están realizadas en cobre y tienen una gran hoja triangular con nervio central que divide dos mitades simétricas. La lámina de sujeción al mango es también triangular, con esquinas redondeadas y tres agujeros para los clavos. También presentan dos acanaladuras paralelas a los filos de la hoja. Su cronología se puede establecer en el período del Bronce Inicial, entre el 1750 y el 1500 a.C.
Alabardas de Poza da Lagoa (Redondela).
Las alabardas tipo Carrapatas presentan nervadura o cresta central y algunas muestran rasgos de lo que pudiera ser un biselado. Por lo que se refiere a su tamaño, la mayor de ellas tiene un ástil de 1,35 m y la hoja mide 43 X 32 cm.
Es probable que la alabarda tuviera su origen en la Península Ibérica ya que se han hallado precursores del arma en sílex (Hubert Schmidt). Desde la Península, el uso de la alabarda se fue extendiendo por la fachada atlántica entre el 1.550 al 1.450 a.C, hasta llegar a Irlanda.
Alabarda votiva de pizarra (Museo arqueológico de Sevilla).
Otro tipo de motivos que aparecen en Auga da Laxe son los escudos, estandartes o idoliformes que también corresponderían a la transición entre el III y II milenio a.C. La forma de este tipo de escudo es la de un triángulo isósceles con el ángulo menor apuntando hacia abajo y provisto de lo que pudieran ser asas situadas a cada uno de los lados. Otros autores opinan que se trata de carros votivos o de guerra, pero esta interpretación retrasaría la cronología establecida para este yacimiento hasta el periodo del Bronce Final.
El hecho de que estos escudos hubieran sido manufacturados con materiales perecederos, como madera y cuero, podría explicar el hecho de que hasta el momento no se haya recuperado ninguno. 

Por último decir que aparece un único motivo con forma de peine sobre cuyo significado está actualmente pendiente de aclarar.


Aspectos sociales y rituales bélicos
Las sociedades de cazadores y recolectores del paleolítico eran grupos nómadas que carecían de organización política y que vivían de la caza y la pesca utilizando medios técnicos muy primitivos, lo que hacía innecesaria cualquier tipo de división del trabajo. Posteriormente, durante el Neolítico, el desarrollo de la agricultura lleva al sedentarismo y a la formación de grupos humanos cada vez mayores, que explotan la tierra de manera comunal mediante técnicas de trabajo arcaicas, por lo que la productividad era muy baja. La organización social de estas comunidades era básica y se limitaba a la familia y a los lazos de parentesco, por lo que la jerarquía social era prácticamente inexistente.
Reconstrucción de una aldea neolítica (IA).
El inicio de la territorialidad provocó un incremento de actividades bélicas con respecto a lo que sucedía en el Paleolítico, donde la guerra era practicada a pequeña escala y esporádicamente. Puesto que las comunidades se organizan en función del parentesco, es muy probable que cuando se producía el homicidio de un miembro del grupo la única respuesta adecuada fuera matar al asesino o a un miembro de su grupo de parentesco.

Con el desarrollo de la metalurgia se obtienen nuevos instrumentos de labranza más efectivos que permiten incrementar la productividad de la tierra y por lo tanto el tamaño de las comunidades, las cuáles gradualmente se van haciendo más heterogéneas a medida que se integran grupos diferentes. Paralelamente las funciones económicas se multiplican, lo que exige una división de las tareas cada vez más elevada, surgiendo una jerarquización que lleva a la configuración de una autoridad política organizada, que puede ser estable y permanente u ocasional. También existen niveles intermedios de autoridad, como por ejemplo los jefes de familia o de clan, los jefes militares o los religiosos.

Siguen siendo comunidades agrícolas basadas en la propiedad y la explotación del suelo, en las que la familia constituye la base a través de la que se transmite la propiedad de los bienes, el poder político y el sacerdotal. 
Reconstrucción de una familia de la Edad del Bronce (IA).
Pero gradualmente se producjo un incremento de la centralización, surgiendo una rígida jerarquía que administrará la sociedad de una manera militar. La organización del trabajo a menudo se establecía con las mismas bases por las que se rige el modelo militar, por lo que los miembros del grupo serán obligados a cooperar (Spencer). No sería nada extraño que en las sociedades gallegas de la Edad del Bronce existiera la esclavitud, lo que unido a los nuevos instrumentos de labranza permitiría incrementar la producción agrícola. El aumento de excedentes y el progreso de los medios de transporte posibilitó que se incrementara la actividad comercial.
Reconstrucción de una aldea en la Edad del Bronce (IA).
La organización política de estas comunidades se configuraba de modo que los poderes político, religioso y militar eran uno sólo o apenas están diferenciados, por lo que el jefe de la tribu estaba investido de un carácter sagrado. En el caso de que existiese diferenciación entre la autoridad civil y la religiosa, a menudo se producirían conflictos entre ambas, aunque una y otra se apoyasen mutuamente.

La religión funcionaba exactamente como la organización militar y exige sumisión completa y obediencia ciega. Al carecer de conocimientos científicos no existía el laicismo, ya que toda la sabiduría era predominantemente teológica. La religión no tenía carácter universal si no que estaba íntimamente vinculada a cada sociedad particular, lo que se plasma especialmente en las creencias y los ritos cuya función es expresar los orígenes y la historia de la tribu. La magia constituye un complemento de las técnicas empleadas para la caza, la agricultura y la guerra, por lo que sería una especie de “tecnología" propia de cada sociedad.

En cuanto a la proporción de guerreros que habría en una comunidad de esta época, primero sería necesario saber si todos los varones adultos participaban en la contienda o si por el contrario existía una casta militar dedicada exclusivamente a la guerra. Vázquez Varela realiza un cálculo de cuántas personas podían constituir la comunidad que habitaba en las inmediaciones de Auga da Laxe. Para ello tiene en cuenta el número de armas representadas (26) y estableciendo una proporción, que él estima razonable, de un guerrero por cada diez miembros de la comunidad con independencia de su edad o sexo, llega a la conclusión de que se trataría de un grupo humano de unos 260 individuos. Vazquez Varela obtiene un resultado idéntico empleando otro método de cálculo, basado en la estimación de la densidad de población por km2. Puesto que se calcula que la densidad de población en la época megalítica avanzada era de 1,4 habitantes por km2 y como el territorio circundante que se divisa desde Auga da Laxe es de unos 100 km2, el resultado para esa época sería de unas 140 personas. Para la época castreña, cercana al cambio de era, se suele aplicar una proporción de 10 habitantes por km2, lo cual daría una población de mil personas. Puesto que los petroglifos de Auga da Laxe corresponden aproximadamente al 1800 a.C, Vazquez Varela estima que el cálculo de 250 personas se ajustaría de manera bastante fidedigna a la población real de esta comunidad.
Reconstrucción de un guerrero de la Edad del Bronce (IA)
De las representaciones de armas de Auga da Laxe no se puede deducir que esta comunidad viviera en una situación de guerra constante, sino que más bien son una muestra del prestigio que tenía todo lo relacionado con lo bélico. De todos modos, en otras ocasiones la guerra entre cultivadores que vivían en aldeas implicaba a menudo un esfuerzo colectivo total, ya que se combatía por un territorio y la derrota podía acarrear la expulsión de una comunidad entera de sus campos, viviendas y recursos materiales (Marvin Harris). En el caso de que existieran bandas de guerreros más o menos permanentes, es probable que llevara a cabo razias o ataques sorpresas contra asentamientos vecinos y otros tipos de actos de pillaje, como el robo de ganado.
La presencia de grabados de armas como los de Auga da Laxe son un testimonio de la importancia que tenían las actividades masculinas, así como una clara ostentación de poder y estatus social, lo cual viene corroborado por el hecho de que sólo se representen armas y no aparezcan otro tipo de objetos metálicos relacionados con el uso diario, como hachas, aperos de labranza y demás útiles. Desde una perspectiva religiosa, estas representaciones podrían ser un ejemplo de hoplolatría o sacralización de las armas, símbolos consagrados a una divinidad vinculada con la ideología de la guerra, característicos del final del Calcolítico y principios de la Edad del Bronce.

Los distintos motivos que aparecen representado en Auga da Laxe se disponen en una escena organizada en la que los guerreros están representados por sus armas, formando un cortejo o un desfile militar mientras marchan hacia el combate, o se dirigen hacia un lugar de reunión para realizar algún tipo de ritual o danza. Esta apariencia de movimiento que transmite el conjunto de grabados ha motivado que los lugareños le hayan dado la denominación de Pedra das Procesións.

Esta iconografía servía para identificar a los miembros del grupo y para diferenciarlos de los clanes vecinos. En ese sentido podrían tener una función similar a la de los tótems, creando una relación de filiación entre los miembros de la comunidad y sus antepasados. Los cultos comunitarios que implican rituales públicos de solidaridad son considerados esenciales para la supervivencia de todo el grupo, puesto que reafirman el sentido de identidad del clan, coordinan la acción de los individuos y preparan al grupo para cooperar ante el enfrentamiento bélico.
Auga da Laxe se encuentra en las proximidades de la principal vía de comunicación que cruza la sierra, uniendo los diversos valles, en la que confluyen los distintos caminos de acceso al monte. El lugar donde se asienta la roca es amplio y permite que se pudiera acomodar un público numeroso. Todo ello nos lleva a pensar que es muy probable que Auga da Laxe fuera el escenario donde se llevaban a cabo ceremonias masculinas de exaltación guerrera, en las que los participantes danzaban antes de entrar en combate.
Reconstrucción de un ritual en Auga da Laxe (IA).
Puede que los guerreros formaran un círculo entorno a sus magos y que éstos consumieran sustancias psicotrópicas para entrar en contacto con sus antepasados y mediante la realización de ritos, pidieran su apoyo y ayuda en la batalla. También es posible que en el ritual participara toda la comunidad, reuniéndose a tal fin las distintas familias y clanes que se hallaban dispersos por amplias zonas del territorio, desde la costa hasta la montaña.
Mediante este tipo de actos la comunidad reforzaba su unión y sentido de pertenencia, su propia identidad como grupo diferenciado y la integración y solidaridad entre sus miembros.


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Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Aviso: Los dibujos de petroglifos han sido realizados mediante una aplicación informática para la edición y retoque fotográfico.

Parte del material gráfico incluido en este trabajo ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial para la visualización, reconstrucción o mejora técnica de las imágenes. Dichos procesos se han aplicado exclusivamente con fines ilustrativos y siguiendo criterios de rigor científico, sin alterar ni reinterpretar los datos arqueológicos documentados.