Las arracadas galaico-castreñas son uno de los grupos más especializados y técnicamente complejos de la orfebrería de la Cultura Castreña del noroeste peninsular (Galicia, norte de Portugal y occidente asturiano) y pertenecen al mismo horizonte cultural que los torques, brazaletes, fíbulas y otras producciones metálicas castreñas del noroeste. Sin embargo, la investigación sobre las arracadas es relativamente limitada en comparación con la dedicada a los torques y, por lo tanto, numerosas cuestiones sobre estas piezas siguen siendo hipotéticas.
Este tipo de piezas áureas de suspensión son normalmente interpretadas como pendientes o adornos auriculares. No es posible precisar de manera inequívoca su función exacta, su uso social ni su simbolismo. Se supone que no eran simples adornos, sino joyas de prestigio usadas por las élites locales castreñas y que tal vez se utilizaban en contextos ceremoniales o de autoafirmación frente al poder romano. Tampoco existe una cronología absolutamente aceptada para todos los ejemplares, ya que muchos son hallazgos antiguos y otros carecen de un contexto arqueológico claro. Algunas piezas podrían situarse en la II Edad del Hierro del noroeste peninsular, entre los siglos IV–I a. C., mientras que las arracadas complejas podrían datarse entre el siglo I a. C. y el siglo V d. C.
Los estudios tecnológicos realizados por investigadoras como Alicia Perea y Barbara Armbruster indican que el material empleado en la fabricación de estas piezas era una aleación ternaria de oro, plata y cobre. La plata suele oscilar entre el 10 % y el 25 %, lo que confiere al oro castreño un tono pálido característico. El cobre se añadía intencionadamente para reducir el punto de fusión y facilitar la soldadura.
Se trata de piezas técnicamente muy sofisticadas que combinan tradiciones metalúrgicas atlánticas y mediterráneas y en cuya fabricación se emplearon procedimientos como el laminado, la torsión de hilos, la soldadura, la filigrana y el granulado.
Empleando la técnica de la filigrana, los hilos de oro extremadamente finos se soldaban sobre la lámina base para crear motivos geométricos (eses, espirales). La soldadura se realizaba mediante reacción química (o autocombustión): se utilizaban sales de cobre (como la malaquita) mezcladas con un aglutinante orgánico y, al calentar la pieza, el cobre se reducía y generaba una unión invisible sin necesidad de aportar un metal grueso que emborronara los detalles. En el caso del granulado, las diminutas esferas de oro se soldaban individualmente.
No existe una única clasificación formal de los diversos tipos de arracadas, pero una de las más aceptadas es la de Bieito Pérez Outeiriño, que distingue tres grupos:
Grupo I (arracadas sanguijuela o penanulares): caracterizadas por un cuerpo arriñonado o penanular profusamente decorado con técnicas de filigrana, gránulos y chapas estampadas. Suelen presentar un sistema de suspensión mediante cadenas tipo “bucle dentro de bucle”, una de las técnicas de manufactura orfebre más antiguas, muy utilizada desde la Edad del Hierro hasta el Imperio romano. A diferencia de las cadenas comunes actuales, donde cada eslabón es un anillo simple que se engancha al siguiente, en la técnica “bucle dentro de bucle” cada eslabón individual se dobla sobre sí mismo antes de entrelazarse, generando un tejido continuo, denso y extremadamente flexible que visualmente recuerda a una espiga o a un cordón trenzado. A este grupo pertenecen tanto las famosas arracadas de Bedoya como la pieza hallada en Viladonga.
Grupo II (arracadas con apéndices): piezas que incorporan un arete de forma penanular o penalunar con apéndices inferiores desarrollados, comúnmente triangulares o estrellados, y a menudo con superficies planas.
Grupo III (arracadas laminares o de hilos): se caracterizan por la utilización de estructuras laminares sobre las que se disponen elementos decorativos, o por simular estructuras de hilos mediante técnicas de repujado.
La
arracada de Viladonga se encontró en la acrópolis del castro de
Castro de Viladonga. Es una pieza maciza de oro de 23,75 g, de 3,5 cm
de largo y 3 cm de ancho, con forma de riñón y formada por veinte
láminas planas unidas y soldadas, ornamentada con un exquisito
trabajo de filigrana y granulado que dibuja motivos geométricos. Arracada de Viladonga.
Conserva su cadeneta articulada de hilos de oro trenzados que permitía suspenderla, tal vez desde la parte superior de la oreja. En un extremo presenta un pequeño tubo cilíndrico decorado con dos bandas onduladas situado junto a una pequeña argolla ovalada. Está realizada en oro aluvial con una presencia muy significativa de plata y un porcentaje menor de cobre. En cuanto a su tipología, se incluiría dentro del Grupo I como un morfotipo IA (tipo Recouso). Su datación se sitúa entre los siglos II y V d. C.
Las
arracadas de Bedoya aparecieron en los años cuarenta en A Chousa,
Barca de Arriba, parroquia de San Román de Doniños (Ferrol), y
adoptan el nombre de la familia que las donó. Comparten con la de
Viladonga la estructura de cuerpo robusto y convexo en forma de
sanguijuela, rematado con densas bandas decorativas exentas de los
apéndices triangulares que definirían al Grupo II. Arracadas de Bedoya (anverso).
Las técnicas
orfebres empleadas fueron la fundición, la filigrana y el granulado.
Miden 3,3 cm de diámetro exterior y 2,2 cm de diámetro interior,
con un espesor mínimo de 0,8 cm y máximo de 1,1 cm, y un peso de
13,5 g de oro de muy alta ley. Arracadas de Bedoya (reverso).
Las arracadas de Bedoya pertenecen formalmente a una variante barquiforme dentro del Grupo I y están datadas entre los siglos I a. C. y I d. C.
Los estudios arqueométricos realizados sobre la orfebrería del noroeste peninsular (Perea, 2002; Ladra y Martinón-Torres, 2009) demuestran que tanto la arracada de Viladonga como las piezas del Tesoro de Bedoya están fabricadas a partir de aleaciones ternarias de oro, plata y cobre de origen aluvial. Mientras que las arracadas de Bedoya se caracterizan por una ley de oro muy elevada y escasamente manipulada en talleres, las piezas de Viladonga muestran sutiles variaciones tecnológicas y un control intencionado de los elementos de aleación en sus remates para favorecer los procesos de microsoldadura por difusión física (Ladra y Martinón-Torres, 2009).
Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.
Parte del material gráfico ha sido tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada.
BIBLIOGRAFÍA
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ARMBRUSTER, B. (2000): On Jewelry and Goldsmith’s Art in the Iron Age of the Iberian Peninsula. En: Trabajos de Prehistoria, Vol. 57, Nº 2.
BALSEIRO GARCÍA, A.. El oro prerromano en la provincia de Lugo. Museo Provincial de Lugo. Lugo (m): Diputación Provincial de Lugo, 1994.
PARCERO-OUBIÑA, C; GARCÍA-VUELTA, O; ARMADA, X.L. Contextos y tecnologías de la orfebrería castreña: En torno a una nueva arracada de Punta dos Prados (Espasante, Ortigueira, A Coruña).
PEREA, A. (2002): El tesoro castreño de Bedoya. Catálogo de la Exhibición del Museo de Pontevedra.
PÉREZ OUTEIRIÑO, B. (1982): De ourivesaria castrexa. I. Arracadas. Ourense: Museo Arqueolóxico Provincial de Ourense.
RENAULT, M. y PEREA, A. (1995): Tecnología de la orfebrería castreña del Noroeste peninsular. En: Complutum, Nº 6. (Estudio específico sobre las analíticas de laboratorio del oro).
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