Los
vettones eran un pueblo peninsular de la primera Edad del Hierro que habitaba la parte occidental de la meseta, en la zona comprendida entre los ríos Duero y Tajo (Ávila, Cáceres, Salamanca, Toledo, Zamora, Segovia, Beira y Tras os Montes). Al N su territorio lindaba con el de los vacceos; al S se extendía hacia el río Guadiana hasta las dominios de oretanos y túrdulos; al E se hallaban los carpetanos; por el O el río Coa marcaba la frontera con los lusitanos. Con el fin de Tartessos, el S de Extremadura recibió la influencia cultural de los turdetanos que paulatinamente se fue extendiendo al N hacia la meseta.
Las ocupaciones principales de los vettones eran el pastoreo, la agricultura y la guerra. La
alimentación de los vettones se basaba en las legumbres y cereales,
carne
y leche de su ganado y en menor medida de la caza de animales
salvajes. El ganado bovino se utilizaba además para el transporte y
en las tareas agícolas y su posesión era un
elemento de prestigio social. Vivían en pequeños núcleos rurales de menos de 150 habitantes y antes de la llegada de los invasores mediterráneos, cartagineses y romanos, sus asentamientos de mayor tamaño albergaban una población de 800 a 1500 habitantes.
Los restos arqueológicos muestran dos culturas de los vettones: una denominada Cogotas I, datada en la transición de la Edad del Bronce al comienzo de la llegada de los primeros pobladores indoeuropeos y un desarrollo posterior de ésta que se denomina Cogotas II.
Jabalí vettón procedente del castro de Castelmao.
San Felices de los Gallegos (Salamanca).
La cultura de Cogotas II o de los Verracos comienza a partir del siglo V a.C con la llegada del influjo celtibérico. Las esculturas de toros y cerdos parecen haber tenido originalmente un significado funerario, para posteriormente alcanzar un simbolismo como protectores del ganado.

Toro del castro de San Estebán. Muelas del Pan (Zamora).
Toro vettón procedente del castro de San Mamede.
Villardiegua de la Ribera (Zamora).
Sin duda el grupo escultórico más importante del arte vettón es de los Toros de Guisando, en El Tiemblo (Ávila), datado en el siglo III a.C.
Actualmente se conservan cuatro estatuas, pero que sabemos que hasta el siglo XVI eran cinco. Están esculpidas en granito, miden entre 264 y 277 cm y se cree que fueron llevadas hasta este lugar como trofeos por
los legionarios romanos que grabaron en
ellos inscripciones latinas.

Los
ritos funerarios de los vettones son los de los Campos de
Urnas de Centroeuropa y que se difundieron ampliamente en
el Bronce Medio. En un lugar apartado se juntaba madera
para levantar la pira funeraria donde el cadaver era incinerado con
sus efectos personales y ofrendas. Después las cenizas, los huesos
largos y el cráneo se introducían en una urna.
La urna
funeraria se enterraba en un lugar distinto al de la
cremación, a unos 150-300 m de las puertas de los poblados
y a veces en zonas próximas a ríos o arroyos. El
ajuar funerario variaba según el estatus social y económico del
fallecido. Por lo general era escaso, la urna y dos o tres
platos pequeños, pero en unos pocos casos podía contener una gran
cantidad de objetos.
De
los ajuares hallados en los castros vettones se deduce la existencia
de cuatro clases sociales: aristócratas y guerreros cuyas cenizas
eran enterradas junto con sus armas, hebillas y herrajes de
caballo y cerámicas de calidad; guerreros de un nivel inferior
y ajuares más sencillos; artesanos y comerciantes; personas humildes
que carecían de ajuar ajuar.
A
partir del siglo VI a. C. se produjo un desarrollo social y
económico basado en la ganadería y la minería, así como contactos
comerciales con los pueblos del S de la península a través de una
ruta que será la precursora de la Vía de la Plata. Fruto de este
desarrollo es la construcción de grandes castros de origen
turdetano en las cuencas del Guadiana y del Tajo.
La
influencia celtibérica se aprecia en la planta rectangular de las
casas de los castros vetones, siendo los más importantes el castro
de Obila (Ávila) y el de Ulaca (Villaviciosa-Solosancho). El
castro de Ulaca (siglos III-I a.C) es el oppidum más importante del
valle Amblés y se sitúa en un cerro de la Sierra de Paramera, a
1500 m de altitud en las estribaciones septentrionales de la sierra
de Gredos.
La muralla
exterior de Ulaca medía 3 km de perímetro y englobaba un
asentamiento de forma ovalada y una superficie de 60-70 ha.
Disponía de al menos nueve entradas y en su interior se levantaban alrededor de 250 viviendas de planta cuadrada o rectangular, de entre 40 y 250 m2, organizadas en barrios y en las que vivían unos 1500 habitantes.
Sin duda el edificio más singular de Ulaca es el altar, santuario o torreón, tallado
en una peña y de planta rectangular de 16 por 8 m. Una doble escalera conduce
hasta una plataforma en la que están excavadas con dos oquedades unidas entre
sí, una de las cuales vierte a una tercera que se comunica con la parte
inferior de la roca mediante un canal.
De acuerdo con las inscripciones latinas, en estas cubetas se quemaban las entrañas de las víctimas y se derramaba su sangre.
Plutarco describió como a principios del siglo I a.C el procónsul Craso mostró
su desacuerdo con el sacrificio de un hombre y un caballo realizado en
Bletisama (Ledesma), mediante el cual se sellaba la firma de un tratado de paz
entre ciudades. Craso, indignado, prohibió este tipo de prácticas.
En Ulaca también se conserva una sauna de planta rectangular de 6,4 m de
largo, dividida en tres habitaciones que se corresponderían con el horno, la
cámara con dos asientos labrados en la roca y la antecámara.
Estrabón se refiere a los baños iniciáticos: “De algunos de los pueblos que viven en las inmediaciones del Duero se dice que viven a la manera espartana, ungiéndose dos veces con grasas y bañándose de sudor obtenido con piedras candentes, bañándose en agua fría y tomando una vez al día alimentos puros y simples”. Junto con los celtíberos y lusitanos, los vettones fueron los que más resistencia
ofrecieron a los invasores romanos. Estrabón los describe como hombres que sólo
conocían dos actividades: estar sentados o combatiendo. Su armamento constaba de una lanza larga con punta de hierro y otra de
menor tamaño que arrojaban a los enemigos, ambas provistas de regatones de
hierro en el extremo inferior, lo cual las dotaba de mayor firmeza. Esta
panoplia es común en el ajuar bélico de los pueblos indoeuropeos pero sin duda
muestra los rasgos característicos del armamento ibero de la primera Edad del
Hierro. El resto del equipamiento lo constituían cascos de bronce, la falcata,
la caetra o escudo circular y petos decorados como elementos
de prestigio. Durante la segunda mitad del siglo IV a. C pasaron adoptar las
espadas de antenas reproducidas por los artesanos locales.
Por
lo que se refiere a las tácticas de combate, a principios de la Edad
de Hierro se basaban en la infantería ligera especializada en el
combate cuerpo a cuerpo, apoyada por un pequeño contingente de
caballería. Sin embargo, con la llegada de los cartagineses y
romanos, celtíberos y vettones formaron cuerpos de caballería
extremadamente eficientes.
En cuanto a sus prácticas y costumbres, sabemos que celebraban acuerdos de
hospitalidad, banquetes, pruebas iniciáticas, alianzas, vínculos bélicos y
luchas de campeones, entre otras. Apiano describe uno de estos “combates de campeones”, en el que un
guerrero a caballo retaba a sus contrincantes a un combate singular: “Con frecuencia, un cierto bárbaro salía
cabalgando a la zona que mediaba entre ambos contendientes, adornado con
espléndida armadura, y retaba a combate singular a aquel de los romanos que
aceptara y, como nadie le hacía caso, burlándose de ellos y ejecutando una
danza triunfal se retiraba”.
Los vettones realizaban sacrificios de animales y hombres y solían amputar una mano a sus prisioneros. Sus dioses principales fueron Ataecina y Endovélico, así como Toga e Iluberda, de los cuales se han encontrado numerosas referencias en territorio vettón.
Los contactos culturales entre vettones y galaicos eran variados y quedan evidenciados tanto en el culto a divinidades de origen indoeuropeo como Bandua, Coso o Navia, como en similitudes entre la onomástica de los vettones y la de los galaicos del S, así como la conservación de la "P" inicial, lo que ha sido interpretado como una muestra de la existencia de una lengua indoeuropea común.
Bibliografía:
Teónimos y pueblos
indígenas hispanos: los vettones. Juan Carlos Olivares Pedreño.
La sauna de Ulaca:
saunas y baños iniciáticos en el mundo céltico. Martín Almagro-Gorbea; Jesús R.
Álvarez Sanchís.
El oppidum vettón de
Ulaca y su necrópolis. Jesús R. Álvarez Sanchís, Carlos Marín, Álvaro Falquina,
Gonzalo Ruiz Zapatero.
Organización y
desarrollo socio-políticos en la Meseta Occidental prerromana: los vettones.
Eduardo Sánchez Moreno.
¿Guerreros o bandoleros?
Las formas de combate de los pueblos de la Meseta Occidental a partir del
armamento de los yacimientos abulenses. David Sánchez Nicolás, Crisitna María
Mateos Leal.
Etnicidad y arqueología:
tras la identidad de los vettones. Gonzalo Ruiz Zapatero, Jesús R. Álvarez
Sanchís.
Ritual
funerario en Vettonia. Una aproximación a la muerte en la Submeseta
norte durante la Edad del Hierro. César Sánchez Domínguez.
Las fotografías de este artículo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.
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