Cuando a principios de los años ochenta realicé un trabajo universitario de antropología en Moraña (Pontevedra), la protagonista de esta historia era ya una mujer de cuarenta años, casada y madre de dos hijos. Conseguí entrevistarla gracias a la gestión de la farmacéutica de Moraña, amiga de mi primo Ramón Torres, médico de Caldas de Reis.
Hablé con María —ese era su nombre— mientras trabajaba en una finca bajo el abrasador sol de agosto, con la cabeza cubierta por una pañoleta y, bajo esta, una hoja de berza. Me observaba con curiosidad mientras yo accionaba mi grabadora y la colocaba sobre el techo de mi automóvil. A su lado, otros paisanos interrumpieron la labor y dejaron sus sachos en el suelo, contemplando la escena con curiosidad y avalando, con la aquiescencia de sus miradas, el relato que aquella campesina tuvo a bien compartir conmigo.
Todos los testigos confirmaban que, cuando María era niña, comenzó a comportarse de una forma tan extraña que provocaba miedo y respeto entre su familia y sus vecinos. Me hizo gracia que la primera prueba que me señalaban acerca de lo anómalo de su conducta fuera que había dejado de contribuir a las labores de su casa para dedicar su trabajo a los vecinos. No ayudaba en casa y, en cambio, cooperaba en los quehaceres ajenos. ¿Existe mayor síntoma de anomalía? Yo sonreía para mis adentros, pero continué escuchando con atención y grabando todo el relato.
Cuando los padres de María iban a la huerta de algún vecino para llevarla de vuelta a casa, la niña huía, pero no caminando como sería de esperar, sino corriendo sobre el alambre de las vallas que separaban las lindes de las fincas, ante el estupor de propios y extraños.
Los padres de María vivían en un permanente desasosiego. Un día, estando en casa, su madre murmuró: «Si soubera que don Pedro está na igrexa, levaba a nena pra ver se el era capaz de librala do demo». María, que entonces no tenía más de siete años, respondió: «Está, está. O cabrón está rezando por min».
La madre palideció y corrió a contarle a su marido lo que acababa de oír. El padre y un tío de María la cogieron cada uno por un brazo e intentaron subir la cuesta que llevaba desde su casa hasta la iglesia. Tardaron cerca de una hora en recorrer los escasos metros que los separaban de la ermita, pues aquellos dos recios labriegos no eran capaces de arrastrar a la niña, que se resistía con una fuerza que les parecía sobrehumana a ser llevada hasta el lugar sagrado.
La niña acabó por desfallecer y cayó al suelo. De su boca salía espuma mientras respondía: «En bolo quente, en bolo quente» («En pan recién hecho»).
Concluida la ceremonia, la niña volvió a comportarse como una rapaciña de su edad. Nunca más mostró la rebeldía de antaño, ni volvió a trabajar en tierras ajenas ni presentó ningún otro síntoma de posesión. Creció con normalidad, se casó y fue madre. Y cuarenta años después, yo la entrevistaba en aquella finca de Moraña.
La mitología gallega estaba repleta de relatos como este, y durante siglos estas creencias fueron frecuentes y asumidas como reales.





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