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sábado, 4 de febrero de 2012

El mal de ojo en la tradición gallega: creencias y prácticas en el medio rural.

La creencia en el mal de ollo aparece en numerosas culturas. En Galicia, la tradición popular establece que está causado por la envidia de una persona, que puede recurrir a una meiga o a alguien con “forza na vista” para causar daño a quien envidia, a sus allegados, a su ganado o a sus cultivos.

Según esta creencia, las personas con este poder maligno son capaces de provocar daños a quien miran, aunque en muchos casos no tengan intención de hacerlo. Se considera que poseen esa facultad y que no siempre pueden controlarla, por lo que suelen ocultar la mirada tras gafas y dirigirla hacia el suelo, evitando mirar directamente a los demás.

Las personas afectadas reciben el nombre de aollados. Se considera especialmente vulnerables a las mujeres, embarazadas o no, a los niños y a los novios. Los síntomas que se les atribuyen incluyen tristeza inmotivada, llanto, dolor de cabeza, abatimiento, desgana, pérdida de apetito e insomnio. También se dice que quien lo padece tropieza con frecuencia, sufre caídas, comete errores en sus tareas o permanece enferma durante largos periodos sin que se encuentre causa médica.

En el caso de los animales, se señala que una vaca puede dejar de producir leche de un día para otro o no alimentar a su cría. Asimismo, se atribuye al mal de ollo la pérdida de cosechas de vino, millo u otros productos agrícolas.

Para protegerse o revertir sus efectos se emplean distintos recursos, como el uso de agua bendita y de amuletos, exvotos, sacrificios y rituales. También se recurre a meigas o a sacerdotes para eliminar el maleficio, e incluso existían prácticas destinadas a devolverlo a la meiga que lo causó.

Se consideraba que los niños eran especialmente vulnerables a las perturbaciones que producían las miradas de estas meigas y, para protegerlos, se les ataban amuletos en las muñecas, como el asta del escarabajo vacaloura o una pequeña mano con el pulgar entre los dedos índice y anular, y también se les colgaba al cuello una bolsa con un ajo. Para resguardar la casa de los maleficios se colocaba una escoba detrás de la puerta y una llave bajo el colchón, y para mantener a salvo a los animales se fumigaban las cuadras quemando cuerno de cabra, hierbas y hojas de laurel.

Realizando trabajos de campo tuve ocasión de conocer a dos mujeres a las que se atribuía “forza na vista”. A una de ellas la entrevisté en Moraña, mientras realizaba ua investigación de antropología durante mis estudios de Psicología en la Universidad de Santiago de Compostela. Era una mujer de unos sesenta años, de mirada esquiva, oculta tras gafas de gruesos cristales, que se negó a responder a mis preguntas sobre su supuesto poder. Caminaba por una corredoira advirtiendo a los niños que se apartaran y no la miraran, mientras ella giraba la cabeza para evitar fijarse en ellos. En concreto, esta mujer había tenido serios problemas porque la acusaban de haber mirado a la vaca de un vecino, lo que había provocado que dejara de dar leche.

A la otra mujer la conocí bastante tiempo antes en Boiro. Era una meiga que vivía con sus dos hermanas en una pequeña casa de piedra en la que tenían un pequeño bar. Estas mujeres eran conocidas como las “cabecas”, y una de ellas llevaba unas gafas de gruesos cristales y evitaba en todo momento dirigir la mirada a los niños, ya que tenía “forza na vista” y podía hacerles daño.

Tanto la mujer de Moraña como la de Boiro tenían muy mala consideración en el pueblo, por lo que tenían que andar con mucho cuidado, ya que eran acusadas de cualquier daño que pudieran sufrir personas o animales, lo que limitaba su relación con la comunidad. Pero esos mismos vecinos que marginaban, odiaban y temían a estas mujeres acudían a ellas para que dirigieran una mala ollada a otros vecinos a los que envidiaban por diversos motivos. 

La autosugestión de quienes creían en el mal de ojo les llevaba a enfermar o a atribuir a este fenómeno las desgracias que podían acontecerles y, de este modo, acababa teniendo un efecto real.


Las imágenes que ilustran este artículo no corresponden a personas reales, sino que han sido generadas mediante inteligencia artificial bajo la dirección del autor.

viernes, 22 de agosto de 2008

El aire de difunto: creencias y ritos de la tradición gallega en torno a la muerte.

El presente trabajo recoge los testimonios relativos al denominado aire de difunto, recopilados durante una investigación de carácter antropológico realizada en Moraña en la década de 1980, durante mis estudios en la Facultad de Psicología de la Universidad de Santiago de Compostela.

En la Moraña de esa época persistía la creencia tradicional de que, tras la muerte, el alma podía permanecer temporalmente en una situación intermedia entre el mundo de los vivos y el ámbito sobrenatural, especialmente cuando el fallecido dejaba asuntos o promesas pendientes.

El tránsito del alma tras la muerte se consideraba un momento especialmente crítico, capaz de afectar a las personas próximas al difunto y de resultar peligroso para determinados individuos, en particular mujeres embarazadas y niños pequeños, considerados más vulnerables.

Tras la inhumación del difunto podían producirse una serie de manifestaciones interpretadas como señal de que el tránsito no se había completado. Entre ellas, se mencionaban sonidos en el interior de la vivienda, especialmente durante la noche, como pasos o como si se arrastraran muebles en la estancia que había ocupado el fallecido, lo que generaba inquietud en la familia.

Era en en estas circunstancis cuando algún niño de la familia comenzaba a mostrar signos de enfermedad. Su estado se deterioraba progresivamente, dejaba de alimentarse, presentaba llanto constante y un debilitamiento general que no remitía pese a la intervención de médicos y a las oraciones de los sacerdotes. Todo ello llevaba a la familia a percibir un riesgo inminente de desenlace fatal.

La familia asociaba el padecimiento del menor con el reciente fallecimiento del pariente que había vivido en la misma casa y, para tratar de revertir la situación, recurría a un rito de carácter tradicional, no admitido por la Iglesia, pero ampliamente practicado en la zona.

El ritual requería la participación de dos personas solteras de la vecindad, un hombre y una mujer, que debían acudir de noche al cementerio llevando al niño y diversas hierbas. Una vez allí, se situaban ante un olivo ubicado a la entrada del camposanto. Colocaban el pie del niño sobre la corteza del árbol y trazaban su contorno con tiza. A continuación, raspaban la superficie hasta obtener la forma del pie. Posteriormente, se dirigían a la iglesia situada junto al cementerio. El acceso y la salida debían realizarse de forma alterna: si se entraba por la puerta, se salía por la ventana, y viceversa.

De nuevo en el cementerio, se dirigían a la tumba del difunto al que se atribuía la causa del mal. Sobre la sepultura se quemaban las hierbas, una prenda del niño y la corteza del olivo con la forma del pie. Pude comprobar personalmente que el olivo conservaba varias marcas con forma de pies infantiles.

Durante el ritual se recitaba la siguiente oración:

"Señora María (nombre del difunto),
Sáqueme o aire de morto de este meniño
e déame o de vivo.
Co do morto non me conforto,
Co do vivo dáme suspiro".

Los testimonios recogidos indicaban que, al día siguiente de la realización del ritual, el estado general del niño mostraba una mejoría evidente, se alimentaba con normalidad y comenzaba a restablecerse progresivamente.

El rito descrito para conjurar el aire de difunto en Moraña constituía una práctica integrada en el sistema de creencias local, basada en una concepción ancestral de la muerte y del tránsito que le sigue, así como de las consecuencias y efectos que puede provocar en los vivos, la cual permanecía plenamente vigente en la vida cotidiana de la comunidad.


Las imágenes que ilustran este artículo no corresponden a personas reales, sino que han sido generadas mediante inteligencia artificial bajo la dirección del autor.

Posesión y exorcismo en la tradición gallega: el caso de los Milagros de Amil (Moraña).

A comienzos de la década de 1980 realicé un trabajo universitario de antropología en Moraña (Pontevedra). En ese momento, la protagonista de este relato era una mujer de unos cuarenta años, casada y madre de dos hijos. Pude entrevistarla gracias a la mediación de la farmacéutica de Moraña, amiga de mi primo Ramón Torres, médico de Caldas de Reis.

La entrevista tuvo lugar en una finca, durante una jornada de trabajo agrícola en el mes de agosto. María, la mujer a la que había ido a entrevistar, trabajaba bajo el sol, con la cabeza cubierta por una pañoleta y, bajo esta, una hoja de berza. Mientras se realizaba la grabación, varios vecinos interrumpieron su labor, dejaron los sachos en el suelo y permanecieron observando, mostrando su conformidad con lo que la mujer iba relatando.

El interés por este caso se debía a que María, en su infancia,  había sido una de las endemoniadas exorcizadas por Don Pedro, párroco de la iglesia de los Milagros de Amil, a donde acudían personas que atribuían sus dolencias a los efectos del maligno. Don Pedro era un sacerdote de fuerte carácter, un personaje singular que solía decir que el sacerdote, como figura de autoridad, debía ir siempre montado a caballo para demostrar su superioridad.

Según los testigos, cuando María era niña comenzó a comportarse de una forma que provocaba extrañeza a su familia y sus vecinos. Decían que había dejado de ayudar en su casa y que, en cambio, trabajaba en las fincas de otros vecinos. Cuando sus padres iban a buscarla, la niña huía corriendo sobre los alambres de las vallas que separaban las fincas.

La situación generaba un desasosiego constante en la familia. En una ocasión, estando en casa, la madre dijo: "Si soubese que Don Pedro está na igrexa, leváballe a nenan para ver se é capaz de librala do demo". La niña, que entonces tenía unos siete años, respondió: "Está, está. O cabrón está a rezar por min".

La madre palideció y corrió a contarle a su marido lo que acababa de oír. Este, junto con un tío de la niña, la cogieron por los brazos e intentaron llevarla hasta la iglesia. Tuvieron que arrastrarla cuesta arriba y tardaron cerca de una hora en llegar, ya que la niña se resistía con una fuerza sobrehumana.

Finalmente lograron llegar a la iglesia y, sujetándola firmemente, llamaron a la puerta. Apareció don Pedro y les ordenó que se marcharan y que dejaran a la niña con él. Acto seguido, la agarró por los pelos y la introdujo en el templo. Don Pedro tomó su estola y comenzó a golpearla con ella con tal virulencia que llegó a derribar los bancos de la iglesia mientras gritaba: «¿En qué che o deron, en qué che o deron?».

La niña acabó por desfallecer y cayó al suelo. De su boca salía espuma mientras respondía: «En bolo quente, en bolo quente» («En pan recién hecho»).

Concluida la ceremonia, María volvió a comportarse como una  niña de su edad. Nunca más mostró la rebeldía de antaño, ni volvió a trabajar en tierras ajenas ni presentó ningún otro síntoma de posesión. Creció con normalidad, se casó y fue madre. Y cuarenta años después, yo la entrevistaba en aquella finca de Moraña.



Las imágenes que ilustran este artículo no corresponden a personas reales, sino que han sido generadas mediante inteligencia artificial bajo la dirección del autor.