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sábado, 20 de junio de 2026

Castro de Viladonga (Castro de Rei)

 

El castro de Viladonga se alza sobre una colina a unos 535 metros de altitud en el municipio de Castro de Rei, a unos 23 kilómetros al noroeste de Lugo. Desde ese punto elevado en el valle inicial del río Miño se domina visualmente gran parte de la planicie oeste de la Terra Chá y las sierras de Monciro, Pradairo y Meira.

Muralla y puerta este.

Las excavaciones

Las excavaciones en Viladonga comenzaron en 1971 bajo la dirección de Manuel Chamoso Lamas. Durante los años siguientes, y hasta 1978, se sacaron a la luz la mayor parte de las estructuras actualmente visibles en el recinto central. Estas primeras campañas carecieron, en muchos casos, de registros detallados sobre la profundidad y el contexto exacto de los hallazgos, lo que ha dificultado posteriormente la interpretación de la gran cantidad de materiales arqueológicos recuperados.

Recreación digital del castro de Viladonga (IA).

A partir de 1982, Felipe Arias Vilas asumió la dirección de los trabajos y bajo su dirección se realizaron nuevas campañas de excavación en 1988, 1989, 1990, 1992 y 1996, además de los trabajos anuales de limpieza y consolidación. A partir de la segunda mitad de los años noventa, las excavaciones fueron encargadas también a empresas de arqueología, como Terra Arqueos, que trabajaron en zonas todavía no intervenidas. Más recientemente, en 2016, se llevó a cabo una nueva campaña en el tramo sudoeste de la calle principal del recinto central.

Reconstrucción digital del castro de Viladonga (IA).

El Castro de Viladonga fue declarado oficialmente Bien de Interés Cultural (BIC) por la Xunta de Galicia en el año 2009. La delimitación del monumento abarca una superficie de 96.270 m², mientras que su entorno de protección se extiende sobre un área de 993.494 m², garantizando la preservación tanto del yacimiento como de su contexto paisajístico y arqueológico inmediato.

Estructura y organización del asentamiento

El asentamiento cuenta con un complejo sistema defensivo compuesto por parapetos y fosos, que rodean el poblado de forma concéntrica y protegen dos grandes áreas de expansión de aproximadamente 40.000 metros cuadrados en total. Las estructuras defensivas visibles fueron levantadas principalmente con mampostería de esquisto.

Muralla y puerta este.

El sistema defensivo principal está constituido por un terraplén de tierra que alcanza entre doce y catorce metros de desnivel respecto al foso y que delimita un recinto interior protegido por estructuras murarias de pizarra. A sus pies se desarrolla un foso perimetral que rodea prácticamente todo el asentamiento, con la excepción del sector occidental, donde se localiza el antecastro.

Puerta oeste.

En los flancos noreste y suroeste se repite hasta en tres ocasiones la secuencia formada por muralla y foso, mientras que en el sector meridional la fuerte pendiente natural del terreno fue aprovechada para articular una serie de recintos escalonados que descienden hacia las zonas más bajas del entorno.

La acrópolis se localiza en el recinto central del castro y constituye el sector mejor conservado y de mayor densidad de ocupación del asentamiento. Este espacio, delimitado por una muralla de tierra reforzada interiormente mediante un paramento pétreo, encierra una superficie aproximada de 10.000 m². Su planta presenta una configuración cuadrangular con esquinas redondeadas y unas dimensiones de 95 × 100 metros en sus ejes principales.

En la acrópolis se concentraban la mayor parte de las estructuras habitacionales: viviendas de planta circular y rectangular, posibles almacenes o talleres, espacios de uso comunitario y dos calles principales que se cruzan aproximadamente en dirección norte-sur y este-oeste, además de un camino interior paralelo a la muralla.

Muralla y aljibe.

Las dos zonas de expansión se desarrollaron fuera del perímetro amurallado principal, lo que indica que el poblado creció con el tiempo superando sus límites originales.

Todos estos edificios estaban construidos con pizarra o piedra esquistosa y, en ocasiones, incorporaban grandes cantos rodados en los cimientos y en los ángulos de las estructuras.

Las construcciones de planta circular o con paredes curvas se cubrían con techumbres vegetales de paja o césped, mientras que las edificaciones cuadrangulares con muros rectos utilizaban tejas de tradición romana (tégulas e ímbrices), muy abundantes entre los materiales recuperados en el yacimiento.

Cronología del castro de Viladonga

El estudio de los materiales cerámicos recuperados durante las excavaciones ha permitido establecer una secuencia de ocupación diferenciada para las distintas áreas del castro. El sector noreste del recinto central parece tener los niveles más antiguos, quizás del siglo I de nuestra era. Los materiales allí recuperados incluyen tipos altoimperiales junto a otros más tardíos, lo que sugiere una ocupación prolongada que podría abarcar desde el siglo I hasta el V.

Una de las cuestiones que más debate ha generado entre los investigadores es la de cuándo comenzó a habitarse Viladonga. Desde los primeros trabajos se barajó la posibilidad de que el castro tuviera una ocupación anterior a la conquista del noroeste peninsular por parte de Roma. Esta hipótesis se apoyaba en la aparición, en las zonas más profundas del yacimiento, de materiales cerámicos de aspecto antiguo y de algunos restos estructurales muy deteriorados que parecían previos a las construcciones principales. Las dataciones radiocarbónicas obtenidas en la campaña de 1988-1989, realizadas sobre carbones asociados a los sistemas defensivos del lado este del castro, apuntan a una actividad en el lugar desde al menos el primer tercio del siglo I antes de Cristo.

Lo que parece claro es que la fase de máximo desarrollo del asentamiento corresponde a la época bajoimperial, entre finales del siglo II y el siglo V d. C., es decir, durante la etapa galaico-romana tardía. Es entonces cuando el castro alcanzó su mayor extensión, con la ocupación de las zonas de expansión situadas fuera del recinto amurallado principal, y cuando los restos arqueológicos muestran una presencia más clara de elementos romanos junto a las tradiciones locales.

Materiales arqueológicos recuperados

El repertorio material documentado es muy amplio y heterogéneo, predominando las cerámicas indígenas y romanas. También se han recuperados materiales quedos permiten identificar distintas actividades relacionadas con la agricultura cerealista y en la producción doméstica de tejidos.

Fusayolas de piedra y barro.
El registro arqueológico incluye también piezas relacionadas con la caballería, armamento, herramientas manufacturadas en piedra, bronce e hierro, además de tableros y elementos de juego.
Tabula latrunculata.

Entre los materiales más destacados del yacimiento figuran varias joyas, como una arracada y dos torques de oro.

Arracada de Viladonga.

Uno de los torques de Viladonga fue descubierto en 1911 y se conserva en el Museo Provincial de Lugo.

El segundo apareció durante la campaña de excavaciones arqueológicas desarrollada en 1972.

Otra de las piezas recuperadas en la campaña de 1972 es un singular hacha de talón con cuatro anillas laterales. Presenta un rebaje de sección cuadrangular a la altura de las anillas, mientras que el filo se encuentra fracturado en uno de sus extremos. Su composición metálica, basada en una aleación de cobre y estaño, probablemente incorporó también una proporción significativa de plomo, circunstancia que podría explicar su elevado peso, estimado en 635 gramos.

También se documentaron una cucharilla, fragmentos de teja con sellos y un ponderal con inscripciones griegas. La presencia de estos testimonios epigráficos debe interpretarse dentro de un contexto general en el que funcionarios, comerciantes, militares, esclavos y libertos procedentes de regiones orientales difundieron la lengua griega y determinadas prácticas culturales por numerosos territorios del Imperio.

Aplique de bronce con cabeza humana.

El yacimiento ha proporcionado además un conjunto numismático integrado por monedas de oro, plata y bronce fechadas entre los siglos IV y V d. C. 

Tesoritos con monedas de bronce.

Las excavaciones de 2025 sacaron a la luz la primera moneda de la serie denominada caetra hallada en el yacimiento: un as romano con la representación de Augusto en el anverso y una caetra en el reverso.

Sestercio con caetra.

Conclusiones

El Castro de Viladonga es un asentamiento galaico-romano de cronología bajoimperial, con la actividad mejor documentada en los siglos IV y V d. C. Su estudio continúa contribuyendo de forma significativa al conocimiento de cómo vivieron las comunidades del noroeste peninsular durante los primeros siglos de nuestra era, período en que las comunidades castreñas convivieron con la administración y la cultura romana tras la conquista del territorio.

Su arquitectura muestra unidades habitacionales en pizarra con organización funcional interna reconocible y grados variables de complejidad espacial. Los materiales incluyen cerámica de mesa e imitaciones de producciones romanas, vajilla de vidrio, objetos de adorno personal, útiles de trabajo y monedas del siglo IV.

La principal cuestión aún no resuelta es la posible existencia de una fase de ocupación anterior a la conquista romana. Los datos actuales no la confirman ni la descartan de forma definitiva, y su resolución dependerá de futuras excavaciones con metodología estratigráfica rigurosa. Asimismo, el análisis de la diferenciación social interna del asentamiento es una línea de investigación que futuros estudios deberán desarrollar.


AUTORÍA Y TRATAMIENTO DEL MATERIAL GRÁFICO

Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor: en unos casos, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada; en otros, para la recreación hipotética de escenas o personajes basada en los datos disponibles.


BIBLIOGRAFÍA

Arias Vilas, F. (1990): Museo del Castro de Viladonga. Madrid: Ministerio de Cultura.

Arias Vilas, F. (1997): Materiales del Mediterráneo oriental en el Castro de Viladonga (Lugo). En R. Teja y C. González Pérez (eds.), La Hispania de Teodosio. Actas del Congreso Internacional. Segovia-Coca, octubre 1995. Junta de Castilla y León / Universidad SEK, vol. 2, pp. 339-351.

Arias Vilas, F. y Durán Fuentes, Mª C. (1996): Museo do Castro de Viladonga. Castro de Rei - Lugo. Lugo.

Arias Vilas, F., Bastos Bernárdez, D., Durán Fuentes, Mª C. y Varela Arias, E. (2016): Museo del Castro de Viladonga. Xunta de Galicia.

Arias Vilas, F. (2000). Os últimos traballos arqueolóxicos no castro de Viladonga (Castro de Rei, Lugo): 1988–1998. Brigantium, 12, 187–198. Museo do Castro de Viladonga.

Barbazán Domínguez, S., Ramil Rego, E. y Lozano Hermida, H. (2018): La evolución cronológica del Castro de Viladonga (Castro de Rei, Lugo) a través del estudio de su cerámica común romana. BSAA arqueología, LXXXIV, pp. 168-214.

De Hoz, Mª P. (s.f.): Las inscripciones griegas del castro de Viladonga en el contexto del corpus epigráfico griego de la Península Ibérica. Croa. Boletín da Asociación de Amigos do Museo do Castro de Viladonga, pp. 20-27.

Durán Fuentes, Mª C. (2008/2009): Catálogo de las monedas del Castro de Viladonga. Santiago de Compostela: Xunta de Galicia.

Fernández Rodríguez, C. (2002): Análisis de los restos faunísticos recuperados en el Castro de Viladonga (Castro de Rei Lugo). Croa, nº 12, pp. 7-14.

Lage Pillado, M. (2001): Fíbulas anulares romanas del Castro de Viladonga. Croa, nº 11, pp. 29-34.

Llana Rodríguez, C. y Varela Arias, E. (s.f.): Análisis de dos unidades habitacionales del Castro de Viladonga. Croa. Boletín da Asociación de Amigos do Museo do Castro de Viladonga, pp. 9-20.

Tejerizo-García, C., Rodríguez-González, C. y Fernández-Pereiro, M. (2019). ¿Continuidad o discontinuidad en los castros del noroeste? Una revisión de la secuencia del yacimiento de Viladonga (Castro de Rei, Lugo).


domingo, 24 de mayo de 2026

Arracadas galaicas de Bedoya y Viladonga

 

Las arracadas galaico-castreñas son uno de los grupos más especializados y técnicamente complejos de la orfebrería de la Cultura Castreña del noroeste peninsular (Galicia, norte de Portugal y occidente asturiano) y pertenecen al mismo horizonte cultural que los torques, brazaletes, fíbulas y otras producciones metálicas castreñas del noroeste. Sin embargo, la investigación sobre las arracadas es relativamente limitada en comparación con la dedicada a los torques y, por lo tanto, numerosas cuestiones sobre estas piezas siguen siendo hipotéticas.

Este tipo de piezas áureas de suspensión son normalmente interpretadas como pendientes o adornos auriculares. No es posible precisar de manera inequívoca su función exacta, su uso social ni su simbolismo. Se supone que no eran simples adornos, sino joyas de prestigio usadas por las élites locales castreñas y que tal vez se utilizaban en contextos ceremoniales o de autoafirmación frente al poder romano. Tampoco existe una cronología absolutamente aceptada para todos los ejemplares, ya que muchos son hallazgos antiguos y otros carecen de un contexto arqueológico claro. Algunas piezas podrían situarse en la II Edad del Hierro del noroeste peninsular, entre los siglos IV–I a. C., mientras que las arracadas complejas podrían datarse entre el siglo I a. C. y el siglo V d. C.

Los estudios tecnológicos realizados por investigadoras como Alicia Perea y Barbara Armbruster indican que el material empleado en la fabricación de estas piezas era una aleación ternaria de oro, plata y cobre. La plata suele oscilar entre el 10 % y el 25 %, lo que confiere al oro castreño un tono pálido característico. El cobre se añadía intencionadamente para reducir el punto de fusión y facilitar la soldadura.

Se trata de piezas técnicamente muy sofisticadas que combinan tradiciones metalúrgicas atlánticas y mediterráneas y en cuya fabricación se emplearon procedimientos como el laminado, la torsión de hilos, la soldadura, la filigrana y el granulado.

Empleando la técnica de la filigrana, los hilos de oro extremadamente finos se soldaban sobre la lámina base para crear motivos geométricos (eses, espirales). La soldadura se realizaba mediante reacción química (o autocombustión): se utilizaban sales de cobre (como la malaquita) mezcladas con un aglutinante orgánico y, al calentar la pieza, el cobre se reducía y generaba una unión invisible sin necesidad de aportar un metal grueso que emborronara los detalles. En el caso del granulado, las diminutas esferas de oro se soldaban individualmente.

No existe una única clasificación formal de los diversos tipos de arracadas, pero una de las más aceptadas es la de Bieito Pérez Outeiriño, que distingue tres grupos:

Grupo I (arracadas sanguijuela o penanulares): caracterizadas por un cuerpo arriñonado o penanular profusamente decorado con técnicas de filigrana, gránulos y chapas estampadas. Suelen presentar un sistema de suspensión mediante cadenas tipo “bucle dentro de bucle”, una de las técnicas de manufactura orfebre más antiguas, muy utilizada desde la Edad del Hierro hasta el Imperio romano. A diferencia de las cadenas comunes actuales, donde cada eslabón es un anillo simple que se engancha al siguiente, en la técnica “bucle dentro de bucle” cada eslabón individual se dobla sobre sí mismo antes de entrelazarse, generando un tejido continuo, denso y extremadamente flexible que visualmente recuerda a una espiga o a un cordón trenzado. A este grupo pertenecen tanto las famosas arracadas de Bedoya como la pieza hallada en Viladonga.

Grupo II (arracadas con apéndices): piezas que incorporan un arete de forma penanular o penalunar con apéndices inferiores desarrollados, comúnmente triangulares o estrellados, y a menudo con superficies planas.

Grupo III (arracadas laminares o de hilos): se caracterizan por la utilización de estructuras laminares sobre las que se disponen elementos decorativos, o por simular estructuras de hilos mediante técnicas de repujado.

La arracada de Viladonga se encontró en la acrópolis del castro de Castro de Viladonga. Es una pieza maciza de oro de 23,75 g, de 3,5 cm de largo y 3 cm de ancho, con forma de riñón y formada por veinte láminas planas unidas y soldadas, ornamentada con un exquisito trabajo de filigrana y granulado que dibuja motivos geométricos.

Arracada de Viladonga.

Conserva su cadeneta articulada de hilos de oro trenzados que permitía suspenderla, tal vez desde la parte superior de la oreja. En un extremo presenta un pequeño tubo cilíndrico decorado con dos bandas onduladas situado junto a una pequeña argolla ovalada. Está realizada en oro aluvial con una presencia muy significativa de plata y un porcentaje menor de cobre. En cuanto a su tipología, se incluiría dentro del Grupo I como un morfotipo IA (tipo Recouso). Su datación se sitúa entre los siglos II y V d. C.

Las arracadas de Bedoya aparecieron en los años cuarenta en A Chousa, Barca de Arriba, parroquia de San Román de Doniños (Ferrol), y adoptan el nombre de la familia que las donó. Comparten con la de Viladonga la estructura de cuerpo robusto y convexo en forma de sanguijuela, rematado con densas bandas decorativas exentas de los apéndices triangulares que definirían al Grupo II. 

Arracadas de Bedoya (anverso).

Las técnicas orfebres empleadas fueron la fundición, la filigrana y el granulado. Miden 3,3 cm de diámetro exterior y 2,2 cm de diámetro interior, con un espesor mínimo de 0,8 cm y máximo de 1,1 cm, y un peso de 13,5 g de oro de muy alta ley. 

Arracadas de Bedoya (reverso).

Las arracadas de Bedoya pertenecen formalmente a una variante barquiforme dentro del Grupo I y están datadas entre los siglos I a. C. y I d. C.

Los estudios arqueométricos realizados sobre la orfebrería del noroeste peninsular (Perea, 2002; Ladra y Martinón-Torres, 2009) demuestran que tanto la arracada de Viladonga como las piezas del Tesoro de Bedoya están fabricadas a partir de aleaciones ternarias de oro, plata y cobre de origen aluvial. Mientras que las arracadas de Bedoya se caracterizan por una ley de oro muy elevada y escasamente manipulada en talleres, las piezas de Viladonga muestran sutiles variaciones tecnológicas y un control intencionado de los elementos de aleación en sus remates para favorecer los procesos de microsoldadura por difusión física (Ladra y Martinón-Torres, 2009).


AUTORÍA Y TRATAMIENTO DEL MATERIAL GRÁFICO

Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada.



BIBLIOGRAFÍA

ARIAS VILAS, F.; DURÁN FUENTES, Mª C.. Museo do Castro de Viladonga. Castro de Rei - Lugo. Santiago de Compostela: Xunta de Galicia, 1996.

ARMBRUSTER, B. (2000): On Jewelry and Goldsmith’s Art in the Iron Age of the Iberian Peninsula. En: Trabajos de Prehistoria, Vol. 57, Nº 2.

BALSEIRO GARCÍA, A.. El oro prerromano en la provincia de Lugo. Museo Provincial de Lugo. Lugo (m): Diputación Provincial de Lugo, 1994.

PARCERO-OUBIÑA, C; GARCÍA-VUELTA, O; ARMADA, X.L. Contextos y tecnologías de la orfebrería castreña: En torno a una nueva arracada de Punta dos Prados (Espasante, Ortigueira, A Coruña).

PEREA, A. (2002): El tesoro castreño de Bedoya. Catálogo de la Exhibición del Museo de Pontevedra.

PÉREZ OUTEIRIÑO, B. (1982): De ourivesaria castrexa. I. Arracadas. Ourense: Museo Arqueolóxico Provincial de Ourense.

RENAULT, M. y PEREA, A. (1995): Tecnología de la orfebrería castreña del Noroeste peninsular. En: Complutum, Nº 6. (Estudio específico sobre las analíticas de laboratorio del oro).

sábado, 25 de abril de 2026

El casco del castro de Lanhoso (Braga): un casco Montefortino en el NO de la Península Ibérica.

 

El castro de Póvoa de Lanhoso (Braga) se localiza en el Monte do Pilar, a 383 m de altitud, en la vertiente septentrional de la Serra do Carvalho. A finales de los años 30 del siglo XX, durante un desmonte realizado cerca del castro, se encontró a unos 5 m de profundidad un casco de bronce junto con fragmentos de cerámica castreña y una fíbula.

Casco de Lanhoso

El casco de Lanhoso es del tipo Montefortino, uno de los más comunes ya que era el que usaban las legiones romanas durante las Guerras Púnicas (siglos III-II a. C.) y hasta mediados del siglo I d. C. Este modelo de casco tuvo su origen en el norte de Italia en el siglo V a.C. y fue de uso frecuente en toda Europa, con una distribución principalmente mediterránea. En la Península Ibérica han aparecido varias decenas de ejemplares, con una cronología que va del siglo IV al I a. C. Los cascos encontrados han aparecido sobre todo en enterramientos, formando parte del ajuar funerario como elemento de prestigio.

Casco Montefortino: legionario romano y guerrero galaico.

Los distintos subtipos de casco Montefortino se diferencian por la forma del capacete (semiesférica o cónica), el ángulo del guardanuca (inclinado o plano), la decoración (abundante, escasa o nula) y la presencia o no de un botón o espigón en la cresta.

El capacete era la parte principal del casco. Se trataba de una estructura de grosor uniforme que protegía la cabeza y que originalmente era semiesférica, aunque existen variaciones que tienden a formas cónicas. Se fabricaba a partir de una chapa gruesa de bronce, a la que se daba forma mediante martilleado en frío, calentándola varias veces para hacer el material más maleable.

Por debajo del capacete, el casco presenta un borde grueso, generalmente muy decorado, donde se situaban a ambos lados los remaches que sujetaban las carrilleras y el barboquejo, que es la correa que pasa por debajo de la barbilla y mantiene el casco bien ajustado a la cabeza, evitando que se mueva o se caiga.

Las carrilleras son unas placas metálicas situadas a los lados del casco y se fijan mediante una bisagra, que presenta tres o cuatro remaches. Las carrilleras servían para proteger el rostro y los oídos de los golpes laterales, al tiempo que ayudaban a evitar que el casco se desplazara durante el combate.

El guardanuca es la parte que sobresale del capacete por su zona posterior. Puede ser plano o inclinado, y estar decorado o ser liso. En su centro tiene un remache exterior que fija una placa rectangular interior con una anilla a cada lado, que servía como elemento de sujeción del casco a la cabeza.

Por último, el botón o espigón es la protuberancia situada en la parte superior del capacete y puede presentar distintos tamaños y formas (esférico, cilíndrico o cónico), y ser hueco o macizo.

El casco de Lanhoso está datado en la segunda mitad del siglo I a. C. y, cuando fue desenterrado, se encontró entero y en muy buen estado de conservación. Realizado en bronce, presenta un capacete cónico, guardanuca corto e inclinado y un espigón alargado de forma cónica.

Casco de Lanhoso

El casco tiene una altura total de 27,6 cm, de los cuales 5,3 cm corresponden a la longitud del espigón. El diámetro mayor es de 25,4 cm y el menor de 21,3 cm, y su peso es de 1090 g. La diferencia entre ambos diámetros indica que el interior del casco estaba recubierto con cuero, madera u otro material.

El espigón tiene una anilla cerca de su base, a la que se sujetaba una cadena que, por el otro extremo, se unía mediante un remache a las anillas del interior del guardanuca y permitía llevar el casco colgado al hombro. La cadena tiene una longitud de 10,35 cm, un grosor de 0,28 cm y un peso de 120 g.

En cuanto a la decoración, el borde presenta frisos con estrías horizontales y paralelas entre pares de baquetones y dos molduras repujadas. En el frente y el guardanuca confluyen tres frisos estriados horizontales y paralelos entre pares de baquetones, junto con una decoración de triángulos troquelados rellenos de puntos. El espigón presenta en su base tres líneas horizontales paralelas, con la superior enmarcando un reticulado; en su parte media muestra un zigzag formado por una serie de incisiones horizontales paralelas atravesadas por líneas oblicuas; y en la punta presenta una decoración de reticulado.

Este tipo particular de casco Montefortino es característico del noroeste de la Península Ibérica.


AUTORÍA Y TRATAMIENTO DEL MATERIAL GRÁFICO

Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor, para la recreación hipotética de escenas o personajes basada en los datos disponibles.



BIBLIOGRAFÍA

Antonio García y Bellido . El casco de Lanhoso.

Joaquín García-Mauriño Múzquiz. Los cascos de tipo montefortino en la Península Ibérica. Aportacion al estudio del armamento de la IIª edad del hierro.

David Manuel Pérez Maestre. La representación de los cascos romanos de bronce (montefortino y coolus) en los medios audiovisuales.

Magdalena Barril Vicente. Cascos hallados en necrópolis celtibéricas conservados en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

lunes, 13 de abril de 2026

Torques del Castro de Póvoa de Lanhoso (Braga)

 

El castro de Póvoa de Lanhoso (Braga) se localiza en el Monte do Pilar, a 383 m de altitud, en la vertiente septentrional de la Serra do Carvalho. Desde esta posición se domina una extensa área del valle del río Ave, así como los itinerarios naturales que conducen hacia las sierras de Gerês y Cabreira.

Durante los trabajos de excavación realizados en la ladera oriental del asentamiento, al mover unas piedras de gran tamaño se localizó bajo una de ellas un hoyo de tendencia circular, lleno de ceniza, en cuyo interior aparecieron tres torques de varilla de sección circular con remates vasiformes. Uno de ellos se conservaba completo, mientras que los otros dos, bastante fragmentados, pudieron ser reconstruidos.

Torques del Castro de Póvoa de Lanhoso (Braga)

Los torques de Lanhoso tienen un núcleo macizo de cobre, relativamente grueso, rígido y resistente. Sobre este se observa, en la zona central, una decoración de filigrana y granulado que ocupa aproximadamente dos tercios de la varilla. El granulado consiste en la aplicación de pequeñas esferas sobre la superficie y responde a una técnica de tradición orientalizante, inspirada en la orfebrería tartésica. En los torques de Lanhoso, los gránulos cubren casi por completo esta zona central, generando un marcado efecto de horror vacui.

Las tres piezas muestran, a ambos lados de la zona central, una decoración de alambre de oro enrollado. Los extremos rematan en piezas vasiformes de oro con abundante ornamentación.

El torques mejor conservado mide 11,20 cm de diámetro en posición semicerrada y 26 cm de desarrollo total. La varilla tiene un grosor de 0,85 cm y el peso total de la pieza es de 54,80 g. El oro de los remates alcanza una ley del 83,3% (20 quilates), mientras que el material de las esferitas es de una aleación con menor proporción de oro.

La ornamentación consiste en una filigrana de lazos que se asemeja a un motivo vegetal, con los espacios intermedios rellenos por pequeñas esferas. Entre esta zona decorada y las partes cubiertas por alambre de oro enrollado se disponen dos franjas muy estrechas, decoradas con esferitas y espirales sobre fondo granulado. Los remates presentan molduras y círculos perlados en la base, un hilo con decoración en U en el cuerpo y, en el extremo, una doble espiral que alterna con líneas de esferitas.

El segundo torques es muy similar al anterior, con algunas variaciones en la decoración. Tiene un diámetro de 10,9 cm y la varilla alcanza 0,75 cm de grosor. El peso del oro se sitúa entre 25 y 30 g. La zona central de la varilla está ornamentada con series longitudinales de motivos en SSS encadenadas, combinadas con pequeñas esferas. Los remates son muy semejantes a los del torques anterior, aunque su decoración se organiza mediante SSS dispuestas horizontalmente, también encadenadas, con una esferita situada sobre la primera curva de cada S.

El tercer torques es el que presenta peor estado de conservación. Es igual al segundo, diferenciándose únicamente por la presencia de pequeñas esferas en la unión de las SSS que decoran los remates. Su diámetro es de 9,90 cm, la varilla tiene un grosor de 0,6 cm, los remates miden 2,45 cm y el peso del oro se sitúa entre 25 y 30 g.

Los torques de Lanhoso se clasifican tipológicamente en el denominado grupo del norte de Portugal, caracterizado por remates de tipo campanulado y una decoración basada en hilos y gránulos. Las tres piezas contienen una elevada proporción de plata, algo habitual en la orfebrería castreña, ya que el oro empleado procede de depósitos aluviales en los que es frecuente la presencia de plata y estaño. Asimismo, en época romana son comunes las aleaciones con alto contenido en plata en este tipo de piezas, debido a la escasez de oro, que era exportado a Roma, lo que explica la ausencia de torques de oro macizo en ese momento.

El torques es la pieza más representativa de la cultura castreña de la Edad del Hierro. La cantidad de oro empleada en su elaboración indica que sus propietarios pertenecían a grupos de alto rango social, mientras que el reducido diámetro de algunos ejemplares sugiere su posible uso por mujeres.

La mayor parte de los torques hallados en la Península Ibérica proceden de contextos castreños, dentro de un amplio marco cronológico que se extiende desde finales de la Edad del Bronce, a lo largo de la Edad del Hierro y durante buena parte del proceso de romanización. Los únicos ejemplares documentados ajenos a este ámbito cultural son los torques de remates en botón, localizados en Álava, Burgos, Zamora, Ávila, Guadalajara, Soria, Ciudad Real, Jaén, Tarragona y Lisboa, y datados a partir del siglo VI a. C.

A partir del siglo IV a. C. se incorporaron nuevas técnicas de orfebrería procedentes del sur peninsular, como el granulado, la filigrana y el uso de alambres trenzados y de cable, difundidas tanto por vía marítima como a través de la ruta conocida como Vía de la Plata.

Los torques de Lanhoso fueron hallados en el asentamiento castreño, en una zona de construcciones de uso doméstico, dentro de una fosa señalizada con piedras, con cenizas y carbón vegetal en su interior. Estas circunstancias indican la práctica de la cremación por parte de las poblaciones castreñas y el depósito de las cenizas en espacios específicos situados dentro de las viviendas.

Por su valor, los torques de Lanhoso fueron conservados durante un largo periodo y presentan reparaciones y restauraciones antiguas, lo que dificulta establecer con precisión su cronología.



Bibliografía

Lois Ladra Fernandes. Análisis ponderal de los torques castreños.

Florentino López Cuevillas. Las joyas castreñas.

Marcos Martiñón Torres y Loisa Ladra. Orígenes del dorado por amalgama: aportaciones desde la orfebrería protohistórica del noroeste de la Península Ibérica.

Ángela Pérez Rey. Los torques áureos de la Cultura Castreña del noroeste peninsular.

Susana Prieto Molina. Los torques castreños del noroeste de la Península Ibérica.

Carlos Teixeira. Os torques do Castro de Lanhoso.


Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada.


viernes, 3 de abril de 2026

Torques de Foxado (Curtis)

 

El Tesoro de Foxado es un conjunto de orfebrería castreña fechado entre los siglos I a. C. y I d. C., y descubierto por Francisco Vázquez en febrero de 1932 en el interior de una vasija en el Castro de Castelo, situado en la parroquia de Santa María de Foxado (Curtis). Se trata de uno de los hallazgos más importantes de orfebrería de la Edad del Hierro en el noroeste de la península ibérica.

Torques de Foxados

El conjunto estaba formado por cinco torques de oro, uno de plata y dos pequeños fragmentos también de oro. Entre todas las piezas, destaca especialmente uno de los torques por su tamaño, peso y calidad técnica.

Torques de Foxados

Este torques presenta una varilla de sección romboidal y remates bitroncocónicos con dos molduras cóncavas o escocias. Los remates son huecos, con decoración de incisiones y filigrana, y están fijados a la varilla mediante pasadores.

Torques de Foxados

La longitud total de la pieza es de 29 cm y su peso es de 499 gramos, mientras que los remates pesan 48 y 46 gramos respectivamente.

Torques de Foxados

Las demás piezas que forman este conjunto son cinco torques y dos fragmentos de varilla.

Torques de oro con varilla de sección circular y remates huecos en forma de perilla, con un peso de 54,90 g.

Torques de Foxados

Torques de oro con varilla de sección circular decorada con incisiones y filigrana, y remates en forma de perilla. Su peso es de 91 g y el oro es de 18 quilates.

Torques de Foxados

Torques de oro con varilla de sección circular y remates huecos y lisos en forma de perilla. Su peso es de 52,90 g.

Torques de oro con varilla de sección romboidal decorada y remates huecos en forma de perilla. Mide 11,50 × 11,10 cm, el grosor de la varilla es de 0,60 cm, el de los remates 1,70 cm y pesa 61,90 g.

Torques de plata recubierto con lámina y alambre de oro enrollado, del que se conserva un remache en perilla hueco. Su peso es de 158 g.

Fragmentos de varilla de oro con alambre enrollado: uno de ellos con un peso de 43 g y otro, que incorpora una plaquita grabada circular con botón central, con un peso de 10,5 g. 

Torques de Foxados

Los remates de todos estos torques no están soldados a la varilla, sino que se unen a esta mediante un pasador, lo que permitía que se encajaran en el cuello y posteriormente se colocaban los remates.

Junto a estos torques aparecieron treinta y cinco trozos o tortas de una aleación de oro y plata, que probablemente eran utilizados por el orfebre como material para nuevas mezclas metálicas y para las soldaduras.

Los torques de la I Edad del Hierro son todos de oro, con varillas de sección cuadrangular, sin remates voluminosos, carentes de soldaduras y sin decoración o con muy poca, limitada a algunos motivos geométricos realizados por incisión o estampado.

Los torques de la II Edad del Hierro presentan una base de oro y plata y elevados porcentajes de otros metales introducidos voluntariamente para reducir la pureza y abaratar el coste del material. Las varillas son de sección poligonal o circular, presentan remates voluminosos y una ornamentación variada, con granulado y filigrana, sobre todo en las piezas más tardías.

Para la elaboración de los torques de Foxado se empleó una aleación ternaria compuesta por un 79–80 % de oro (19 quilates), un 17 % de plata, un 3,5 % de cobre y un 0,035 % de estaño. La mayor parte del oro empleado en la orfebrería castreña era de origen aluvial, por lo que la presencia de plata y estaño en los sedimentos fluviales era habitual. Sin embargo, la proporción de cobre sugiere que fue añadido a la aleación, posiblemente para aumentar su dureza y abaratar el coste.


Los torques galaicos

El origen del torques suele situarse en el ámbito asirio, si bien su mayor difusión tuvo lugar en el mundo persa. En la Península Ibérica, la producción de estas piezas se remonta a la Edad del Bronce y alcanza su máximo desarrollo durante la Edad del Hierro.

El torques constituye la pieza más característica y conocida de la cultura castreña de la Edad del Hierro. La cantidad de oro empleada en su fabricación indica que sus propietarios formaban parte de grupos de alto rango social, mientras que el reducido diámetro de algunos aros sugiere que pudieron haber sido utilizados por mujeres.

La mayor parte de los torques proceden de contextos castreños, dentro de un amplio marco cronológico que se extiende desde finales de la Edad del Bronce, a lo largo de toda la Edad del Hierro y durante buena parte del proceso de romanización. Los únicos torques documentados en la Península Ibérica que no corresponden a la cultura castreña son los de remates en botón, encontrados en Álava, Burgos, Zamora, Ávila, Guadalajara, Soria, Ciudad Real, Jaén, Tarragona y Lisboa. Estos torques con remates en botón están datados a partir del siglo VI a. C.

Torques con remates en botón.

En los torques galaicos se observa la continuidad de las técnicas tradicionales de la Edad del Bronce, caracterizadas por una decoración muy escasa o limitada a algunos motivos geométricos, junto con la incorporación, a partir del siglo VI a. C., de diseños simples de tradición centroeuropea. Este proceso de transferencia técnica y formal dio lugar, entre aproximadamente el 475 y el 300 a. C., a la consolidación de una orfebrería propia, de elevada calidad técnica y formal, en la que se combinan elementos de tradición galaica y hallstáttica, dando lugar a torques de barra maciza, en ocasiones decorados mediante incisiones y estampados.

A partir del siglo IV a. C. se incorporaron nuevas técnicas de orfebrería procedentes del sur de la Península, como el granulado, la filigrana y el empleo de alambres trenzados y de cable, que llegaron tanto por vía marítima como a través de la ruta que hoy conocemos como Vía de la Plata.

En cuanto a las clasificaciones propuestas para los torques del noroeste peninsular, son múltiples. Una de ellas diferencia entre torques de doble escocia, con cuatro subtipos distintos de remates, torques con remates en perilla y torques con remates vasiformes.

Otra clasificación distingue entre varios grupos: el grupo asturiano, caracterizado por torques de varilla con alambre enrollado y remates en doble escocia; el grupo del norte de Galicia, con torques de varilla de sección cuadrangular, sin decoración y con remates en perilla; el grupo flaviense, con torques de varillas de sección cuadrada o romboidal que adelgazan hacia los extremos para ensancharse nuevamente en los remates, de doble escocia y decorados con motivos de rosácea con glóbulo central; el grupo del norte de Portugal, con remates en forma de campánula y decoración a base de hilos y gránulos; y, por último, el grupo ártabro, caracterizado por torques con alambres enrollados sobre la varilla y remates en perilla.


Bibliografía

Lois Ladra Fernandes. Análisis ponderal de los torques castreños.

Marcos Martiñón Torres y Loisa Ladra. Orígenes del dorado por amalgama: aportaciones desde la orfebrería protohistórica del noroeste de la Península Ibérica.

Ángela Pérez Rey. Los torques áureos de la Cultura Castreña del noroeste peninsular.

Susana Prieto Molina. Los torques castreños del noroeste de la Península Ibérica.


Las fotografías incluidas en este trabajo han sido realizadas por Francisco Javier Torres Goberna ©.

Parte del material gráfico ha sido generado o tratado mediante herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión del autor, para la visualización fiel del registro arqueológico sin adición de información no documentada.