La creencia en el mal de ollo aparece en numerosas culturas. En Galicia, la tradición popular establece que está causado por la envidia de una persona, que puede recurrir a una meiga o a alguien con “forza na vista” para causar daño a quien envidia, a sus allegados, a su ganado o a sus cultivos.
Según esta creencia, las personas con este poder maligno son capaces de provocar daños a quien miran, aunque en muchos casos no tengan intención de hacerlo. Se considera que poseen esa facultad y que no siempre pueden controlarla, por lo que suelen ocultar la mirada tras gafas y dirigirla hacia el suelo, evitando mirar directamente a los demás.
En el caso de los animales, se señala que una vaca puede dejar de producir leche de un día para otro o no alimentar a su cría. Asimismo, se atribuye al mal de ollo la pérdida de cosechas de vino, millo u otros productos agrícolas.
Para protegerse o revertir sus efectos se emplean distintos recursos, como el uso de agua bendita y de amuletos, exvotos, sacrificios y rituales. También se recurre a meigas o a sacerdotes para eliminar el maleficio, e incluso existían prácticas destinadas a devolverlo a la meiga que lo causó.
Se consideraba que los niños eran especialmente vulnerables a las perturbaciones que producían las miradas de estas meigas y, para protegerlos, se les ataban amuletos en las muñecas, como el asta del escarabajo vacaloura o una pequeña mano con el pulgar entre los dedos índice y anular, y también se les colgaba al cuello una bolsa con un ajo. Para resguardar la casa de los maleficios se colocaba una escoba detrás de la puerta y una llave bajo el colchón, y para mantener a salvo a los animales se fumigaban las cuadras quemando cuerno de cabra, hierbas y hojas de laurel.
Realizando trabajos de campo tuve ocasión de conocer a dos mujeres a las que se atribuía “forza na vista”. A una de ellas la entrevisté en Moraña, mientras realizaba ua investigación de antropología durante mis estudios de Psicología en la Universidad de Santiago de Compostela. Era una mujer de unos sesenta años, de mirada esquiva, oculta tras gafas de gruesos cristales, que se negó a responder a mis preguntas sobre su supuesto poder. Caminaba por una corredoira advirtiendo a los niños que se apartaran y no la miraran, mientras ella giraba la cabeza para evitar fijarse en ellos. En concreto, esta mujer había tenido serios problemas porque la acusaban de haber mirado a la vaca de un vecino, lo que había provocado que dejara de dar leche.
A la otra mujer la conocí bastante tiempo antes en Boiro. Era una meiga que vivía con sus dos hermanas en una pequeña casa de piedra en la que tenían un pequeño bar. Estas mujeres eran conocidas como las “cabecas”, y una de ellas llevaba unas gafas de gruesos cristales y evitaba en todo momento dirigir la mirada a los niños, ya que tenía “forza na vista” y podía hacerles daño.
Tanto la mujer de Moraña como la de Boiro tenían muy mala consideración en el pueblo, por lo que tenían que andar con mucho cuidado, ya que eran acusadas de cualquier daño que pudieran sufrir personas o animales, lo que limitaba su relación con la comunidad. Pero esos mismos vecinos que marginaban, odiaban y temían a estas mujeres acudían a ellas para que dirigieran una mala ollada a otros vecinos a los que envidiaban por diversos motivos.
La autosugestión de quienes creían en el mal de ojo les llevaba a enfermar o a atribuir a este fenómeno las desgracias que podían acontecerles y, de este modo, acababa teniendo un efecto real.
Las imágenes que ilustran este artículo no corresponden a personas reales, sino que han sido generadas mediante inteligencia artificial bajo la dirección del autor.


Excelente post. Pobrecillas todas. La gente teme lo que no entiende. Especialmente entrañable tu dia de pesca. Me quedé con ganas de más. Muvhas gracias y saludos
ResponderEliminar