El presente trabajo recoge los testimonios relativos al denominado aire de difunto, recopilados durante una investigación de carácter antropológico realizada en Moraña en la década de 1980, durante mis estudios en la Facultad de Psicología de la Universidad de Santiago de Compostela.
En la Moraña de esa época persistía la creencia tradicional de que, tras la muerte, el alma podía permanecer temporalmente en una situación intermedia entre el mundo de los vivos y el ámbito sobrenatural, especialmente cuando el fallecido dejaba asuntos o promesas pendientes.
El tránsito del alma tras la muerte se consideraba un momento especialmente crítico, capaz de afectar a las personas próximas al difunto y de resultar peligroso para determinados individuos, en particular mujeres embarazadas y niños pequeños, considerados más vulnerables.
Era en en estas circunstancis cuando algún niño de la familia comenzaba a mostrar signos de enfermedad. Su estado se deterioraba progresivamente, dejaba de alimentarse, presentaba llanto constante y un debilitamiento general que no remitía pese a la intervención de médicos y a las oraciones de los sacerdotes. Todo ello llevaba a la familia a percibir un riesgo inminente de desenlace fatal.
La familia asociaba el padecimiento del menor con el reciente fallecimiento del pariente que había vivido en la misma casa y, para tratar de revertir la situación, recurría a un rito de carácter tradicional, no admitido por la Iglesia, pero ampliamente practicado en la zona.
El ritual requería la participación de dos personas solteras de la vecindad, un hombre y una mujer, que debían acudir de noche al cementerio llevando al niño y diversas hierbas. Una vez allí, se situaban ante un olivo ubicado a la entrada del camposanto. Colocaban el pie del niño sobre la corteza del árbol y trazaban su contorno con tiza. A continuación, raspaban la superficie hasta obtener la forma del pie. Posteriormente, se dirigían a la iglesia situada junto al cementerio. El acceso y la salida debían realizarse de forma alterna: si se entraba por la puerta, se salía por la ventana, y viceversa.
De nuevo en el cementerio, se dirigían a la tumba del difunto al que se atribuía la causa del mal. Sobre la sepultura se quemaban las hierbas, una prenda del niño y la corteza del olivo con la forma del pie. Pude comprobar personalmente que el olivo conservaba varias marcas con forma de pies infantiles.
Durante el ritual se recitaba la siguiente oración:
Los testimonios recogidos indicaban que, al día siguiente de la realización del ritual, el estado general del niño mostraba una mejoría evidente, se alimentaba con normalidad y comenzaba a restablecerse progresivamente.
El rito descrito para conjurar el aire de difunto en Moraña constituía una práctica integrada en el sistema de creencias local, basada en una concepción ancestral de la muerte y del tránsito que le sigue, así como de las consecuencias y efectos que puede provocar en los vivos, la cual permanecía plenamente vigente en la vida cotidiana de la comunidad.
Las imágenes que ilustran este artículo no corresponden a personas reales, sino que han sido generadas mediante inteligencia artificial bajo la dirección del autor.







Javier Torres:
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